Sociedad y Poder

Primeras lecciones

April 29, 2009

— 12:00 am

El miedo, en sociedad, se nutre de la ignorancia, de lo incontrolable y de lo imprevisible. Por eso ha resultado fundamental que ante la epidemia de influenza se reiteren una vez y muchas más las explicaciones necesarias: cómo actúa el virus, qué síntomas lo evidencian, cuándo hay que ir al médico, qué capacidad curativa tienen los fármacos sugeridos.

El desconocimiento inicial del virus que se estaba enfrentando redobló los temores porque sin haber identificado la cepa era imposible combatirla. Entre el anuncio del gobierno federal para suspender actividades escolares la noche del jueves y la noticia de que se trata de un virus de origen porcino transcurrió casi todo un largo, desconcertante día.

En los días siguientes no han faltado sobresaltos pero a pesar de precauciones inéditas, de la cancelación de buena parte de la vida social y la abolición de formas de afecto que son parte de la idiosincrasia nacional, no hemos tenido más que esperar la evolución de la epidemia. Nuestra ignorancia ha estado acotada por explicaciones reiteradas.

La decisión para suspender actividades y poner en práctica medidas de emergencia sanitaria no debe haber resultado sencilla y allí se puede identificar un acierto del gobierno federal. Lo contrario, podría haber resultado catastrófico. A la administración del presidente Calderón se le pueden formular numerosos reproches. Pero en este caso, hasta donde puede apreciarse, ha tenido decisiones a tiempo y ha informado con claridad.

Las instituciones de salud, aunque limitadas por viejas carencias presupuestales, están actuando de manera organizada. Los médicos en todas ellas actúan con responsabilidad. Los avisos de la autoridad federal llegan a tiempo a los ciudadanos. Indispensables o no, la gran mayoría se incorporó a la cultura de los tapabocas que al menos dan testimonio insoslayable de la emergencia y su respuesta generalizada. Las decisiones de la autoridad local quizá arrancaron con lentitud pero son evidentes y se cumplen a pesar de los costos que impliquen como ayer cuando el gobierno del DF dispuso la suspensión del servicio en los restaurantes.

Nada de eso debiera sorprendernos, pero en un contexto de frecuente ineficacia de las instituciones públicas, de distanciamiento entre el poder político y la sociedad, de insuficiente coordinación entre gobiernos federal y locales y sobre todo de inagotable politización de cualquier asunto, la respuesta ante la epidemia ha resultado meritoria.

El gobierno federal informa y la sociedad, en términos generales, atiende y entiende. Los dirigentes políticos –ni modo, con excepciones– evitan la ideologización vulgar y se cuidan de achacar culpas o reprochar deslices en el comportamiento de las autoridades. Ayer los senadores, muchos de ellos con cubrebocas, desahogaron parte de sus muchos asuntos pendientes –entre ellos la ley de salarios máximos para los funcionarios– sin caer en la tentación de reprochar a sus adversarios políticos la propagación de la influenza. Los medios de comunicación, salvo unos cuantos, han eludido el tremendismo y ofrecen información a pasto, modifican sus formatos para atender dudas de la gente, cumplen con sus obligaciones de servicio público.

Con todo y el miedo que carga a cuestas y sin librarse de él, las instituciones políticas y la sociedad encontraron una causa común y actúan, cada cual en sus respectivos ámbitos, para alcanzarla. Detener la epidemia, salvarnos de la enfermedad, atender los casos ya declarados y evitar el contagio, se convirtieron en prioridades cohesionadoras de un empeño pocas veces visto. En el transcurso de estos días extraños la demagogia y el convenencierismo de los políticos, las animadversiones que suelen encrespar el espacio público y el desprecio de los medios por sus públicos quedaron desplazados por esa causa común que es la atención a la emergencia.

El Estado funciona, a pesar de los precipitados agoreros que diagnosticaron su agonía. Más aún, los ciudadanos queremos un Estado que funcione. Y nadie, o casi nadie, se inconforma con ello. Y es que aun cuando tengamos información capaz de atajar nuestra ignorancia ante la epidemia, necesitamos instituciones para dominar lo que de otra forma sería incontrolable. Esos, información y gestión gubernamentales, han sido recursos para circunscribir al miedo. Aún hay factores que hoy sabemos imprevisibles. El temor no desaparece. Pero estamos logrando entenderlo.

ALACENA: Besos, ni siquiera en tele.

La emergencia sanitaria llegó a las telenovelas. Los productores de Mañana es para siempre, que se transmite en Televisa, anunciaron que restringirán las escenas en donde haya contacto físico entre los protagonistas y evitarán las escenas con besos. Pero no es para evitar que, ante los arrumacos que se prodigan los personajes de esa serie, los televidentes quieran imitarlos. El propósito es proteger a los actores de posibles contagios entre ellos mismos.

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Influenza

April 27, 2009

— 12:00 am

Sorpresa -  desconcierto – miedo – desconfianza: esa ha sido la ruta del ánimo público ante la epidemia de influenza, en una espiral que conduce de regreso al sobresalto.

Una vez que se ha confirmado la gravedad de esta emergencia, nos parapetamos en la intoxicación informativa. De un día para otro nos improvisamos expertos en cepas virales, tipos de influenza, prácticas de inmunización y hasta en historia de las pandemias.

Alertas, datos, sugerencias y exhortaciones, pululan en los medios de comunicación como confirmación de la emergencia pero en una saturación que abruma y atolondra. Después de todo, lo que realmente sabemos es poco.

Dentro de su evidente elementalidad, las recomendaciones básicas han sido ampliamente propagadas. No siempre es fácil ponerlas en práctica porque se contraponen con costumbres sociales harto arraigadas. Estamos tan habituados a saludar estrechándonos las manos, a expresar no sólo afecto sino hasta la más sencilla muestra de reconocimiento con un abrazo -y cuando se trata del sexo opuesto con un fugaz pero tronante beso en la mejilla- que nos resulta difícil crear la nueva distancia que imponen el tapabocas, la precaución, el miedo. Y ¿qué sería del ritual de los políticos sin esos abrazos acompañados de palmadas en la espalda aunque no manifiesten simpatía sino únicamente una complicidad más allá de banderías y convicciones?

El miedo. A esta situación nos ha traído la influenza y de ella recelaban los gobiernos federal y de la ciudad de México porque es antesala de la suspicacia y, eventualmente, del descontrol social. El jueves pasado, 23 de abril, por la tarde, al presidente Calderón le llevó varias horas tomar la decisión de suspender las clases en todas las escuelas. A ningún político le gusta anunciar malas noticias y en estos casos es cuando se opta entre la responsabilidad y la popularidad.

La misma evaluación hizo el gobierno de la ciudad de México aunque con mayor indecisión: desde dos días antes las noticias acerca del brote de influenza habían llamado la atención de algunos medios, especialmente del diario Reforma. Pero nadie quería arriesgarse a reconocer la gravedad de la epidemia. El desconcierto del gobierno de Marcelo Ebrard fue tal que, como ya se ha comentado, el viernes por la mañana, cuando todas las escuelas de todos los niveles educativos en la ciudad de México tenían que estar cerradas, el secretario de Educación del gobierno capitalino ignoraba que había suspensión de clases.

La desinformación de Axel Didriksson es un dato algo más que anecdótico. Aunque desde comienzos de la semana tenía información acerca de la epidemia que se extendía por encima de los controles sanitarios habituales, el gobierno del Distrito Federal no quiso admitir que se trataba de una emergencia fundamental. Tanto así que Ebrard no reunió a su gabinete para preparar un plan de contingencia. Marginado de ese asunto, el responsable de la educación en la ciudad de México hizo evidente, en su desconocimiento, la improvisación del gobierno del que forma parte.

Por eso parecen al menos precipitados los juicios que culpan al gobierno federal por haberse pasmado ante la emergencia. El titular de portada de Proceso (“La influenza. Un país vulnerable. Un gobierno incompetente”) no tiene sustento al menos en el contenido de su edición más reciente en donde se reseñan las primeras horas después de la cancelación de clases.

Habrá tiempo y seguramente elementos para evaluar el desempeño de Calderón y su administración ante esta nueva desventura. Hasta donde hoy puede saberse, las dimensiones de la epidemia se conocieron hasta el miércoles o el jueves, cuando las autoridades sanitarias supieron que se trataba de un virus distinto a los habituales. Solamente entonces la Organización Mundial de la Salud se manifestó abiertamente preocupada, en un comunicado difundido el viernes y en el que acentuaba el carácter trasnacional de la epidemia de la cual ya se habían conocido brotes en Estados Unidos.

El estrechamiento de fronteras y distancias, junto con sus ventajas, propicia la propagación del contagio. Vivimos, informaba ayer domingo The New York Times en su versión electrónica, en un planeta cada vez más pequeño. Ayer también, se informaba de posibles casos de gripe porcina en España y quizá en otros países de Europa. La epidemia es más veloz, pero las posibilidades de enterarnos de ella y tratar de acotarla también pueden marchar más rápido.

Casi al terminar este texto, entrada ya la noche del domingo, recibo un correo en donde junto a varios consejos prácticos para resguardarnos del virus se anota: “No hay mejor estrategia que la defensa. ¡Ah!, y cuiden mucho sus emociones, no caigan en el miedo o en la tristeza, son factores que hacen que el sistema inmune se deprima”.

Esa recomendación se refiere al cuerpo humano. Pero podría extenderse a la sociedad y la política: el miedo y la tristeza deprimen al sistema. Evitémoslos, sin ilusorios optimismos pero eludiendo, además, los desalientos que nos paralizan.

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Gordillo, de Jonguitud a las hummers

April 23, 2009

— 10:54 pm

Raúl Trejo Delarbre
Tanto sus numerosos adversarios como sus dóciles subordinados, magnifican el poder de Elba Esther Gordillo. Lo mismo hacen, enterados o despistados, sus inconstantes aliados. Esa ha sido una de las claves del poder que ha acumulado durante dos décadas. A la sin duda formidables influencia y capacidad de maniobra que le confiere la representación de los profesores, la “maestra” ha sabido ser exitosa publicista de sí misma. A eso se ha dedicado desde que la noche del 23 de abril de 1989 fue designada secretaria general del SNTE en sustitución del defenestrado Carlos Jonguitud Barrios.
La “maestra”, como suelen decirle aunque su experiencia docente ha sido más bien peregrina, encabeza a la organización más numerosa de la sociedad mexicana. En el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación forma filas quizá más de un millón 200 mil profesores, aunque esa cifra resulta incierta igual que muchos de los datos relacionados con esa organización y su capacidad para movilizarse e influir en la vida pública mexicana.
Nadie sabe con certeza cuántos afiliados tiene el SNTE, ni a cuánto ascienden las cuotas sindicales y las asignaciones y transferencias que los gobiernos federal y estatal le entregan en cumplimiento de compromisos contractuales pero también de pactos informales. En todo caso, esa capacidad financiera y el solo hecho de reunir a centenares de miles de ciudadanos hacen del SNTE una fuerza descomunal, pero también poco apta para la deliberación y la movilización y tan difícil como incierta cuando alguien trata de manejarla.
El sindicato de los maestros se asemeja a un voluminoso, pesado y torpe elefante artrítico. Sus dimensiones asombran, pero le cuesta trabajo moverse e incluso expresarse. Los que se manifiestan a nombre y con frecuencia en suplantación del sindicato y la mayoría de sus integrantes, son los dirigentes tanto nacionales como locales. Y desde luego algunos segmentos del sindicato, empecinadamente contestatarios, destacan por su disposición al estrépito.
El poder de Elba Esther Gordillo radica en la capacidad que ha tenido para articular, en beneficio antes que nada suyo, los intereses políticos de los líderes intermedios del sindicato y los intereses gremiales de importantes segmentos entre los profesores de todo el país. A los líderes seccionales, la presidenta “vitalicia” del SNTE les adjudica pequeñas pero significativas dosis de poder local: la capacidad para decidir licencias, traslados y ascensos de los profesores y antes que nada una parte del control sobre las plazas laborales. La fidelidad así forjada de los líderes en las delegaciones del sindicato, beneficia a los dirigentes seccionales. Y esos dirigentes,  a su vez, respaldan al grupo encabezado por la señora Gordillo y que controla el comité nacional del SNTE.
Incluso con las secciones que discrepan de esa dirigencia nacional, Gordillo ha logrado entendimientos más o menos eficaces y que se apoyan en el manejo de recursos financieros y políticos del sindicato. Así, aunque sus cimientos organizativos son endebles porque una buena cantidad de profesores de base desconfían e incluso abominan del liderazgo de Gordillo, la “maestra” mantiene el control del sindicato gracias a esa pirámide de canonjías.
El control que ejerce sobre el sindicato no sería posible sin el respaldo que Gordillo ha encontrado, durante sucesivas administraciones, en el gobierno federal. Una evaluación sesgada de las elecciones de julio de 2006, llevó al actual presidente y a su equipo a considerar que, en alguna medida, Felipe Calderón le debe a la maestra y al su sindicato los votos que le permitieron ganar la elección presidencial, aunque fuese por un margen incómodamente estrecho.
Poco antes de las votaciones de aquel 2 de julio, Elba Esther Gordillo les aseguró al Calderón y al PAN que movilizaría a los profesores del SNTE para que votaran por ellos. Un año antes había propiciado la creación de Nueva Alianza, el pequeño partido que encabezaron algunos asesores suyos y cuya membresía ha sido respaldada por el sindicato magisterial. Esos eran los profesores que Gordillo aseguró que llevaría a votar por Calderón. Pero varias encuestas han confirmado que, aquel día, la mayor parte de los ciudadanos que votaron por los candidatos de Nueva Alianza para senadores y diputados, en la elección presidencial no votaron por Calderón sino por Andrés Manuel López Obrador y Roberto Madrazo.
Es decir, los votantes de ese partido, que se puede presumir son en buena medida maestros sindicalizados y ciudadanos cercanos a ellos, no siguieron la instrucción de Gordillo para votar por el candidato presidencial del PAN si es que esa indicación realmente existió. La mayoría de esos electores les dio al PRD y al PRI su voto en las urnas presidenciales.
Y no es de extrañar. Las preferencias ideológicas de los maestros se han inclinado, por décadas, a favor de los gobiernos priistas y más recientemente por la opción perredista (que en buena medida es una suerte de priismo restaurado pero que abreva en la misma vertiente política). Haría falta mucho más que una indicación directa de la maestra para que los profesores modificaran esas preferencias. Pero además, por mucha insistencia que invirtiera en ello, en la mayor parte de las casillas ni el poder de la profesora, ni ningún otro, puede manipular el voto de los ciudadanos.
Las elecciones son libres, los mecanismos de coacción que funcionaron en otros tiempos resulta prácticamente imposible ponerlos en práctica y los ciudadanos tienen condiciones y garantías para votar con autonomía. Por mucho que sus líderes o cualquier otro interesado en orientar su voto les ofrezcan, prometan o exijan, en la privacidad de la casilla electoral cualquier ciudadano, y desde luego también los maestros, pueden votar de acuerdo con su propio albedrío.
Sin embargo la señora Gordillo propaló con eficacia la versión de que gracias a ella, Calderón obtuvo los varios centenares de miles de votos que le permitieron ganar la elección presidencial. Las nunca comprobadas pero llamativas versiones de algunos adversarios de la maestra acerca de la alteración de votos y actas que podrían haber realizado los profesores del SNTE designados para ocupar alguna posición en las mesas directivas de las casillas electorales, reforzaron el mito acerca de la capacidad de esa dirigente para influir decisivamente en los resultados electorales.
Con esa imagen de influencia todopoderosa y transpartidaria, Elba Esther Gordillo se ha convertido en un personaje al que distintas fuerzas políticas consideran estorboso o indispensable, pero nunca despreciable. El gobierno federal consideró forzoso el aval de la maestra al establecer las reglas que tendría la creación de nuevas plazas para profesores contratados por la SEP. Esas reglas han constituido el rasgo más discutido de la Alianza por la Calidad en la Educación. Ahora, Gordillo es la piedra insoslayable en los zapatos de Alonso Lujambio.
La fama pública de la señora Gordillo ha estado definida, no obstante, por el abuso de poder y el tráfico de influencias. El año pasado la adquisición de varias docenas de camionetas Hummer, que primero entregó como ostentoso premio a los dirigentes seccionales que le han sido incondicionales y que luego dijo serían sorteadas para obtener fondos con los cuales se pudiera favorecer la reparación de algunas escuelas, mostró la fachada ramplona e inmoderada del liderazgo que ejerce la maestra.
Quizá a quienes como aliados lo mismo que como adversarios suyos magnifican el poder de Gordillo, les convendría tomar en cuenta de dónde surge el poder de esa dirigente política y gremial. Desde luego, las atribuciones formales que le confiere la burocracia sindical a la que encabeza y sobre todo los cuantiosos recursos que maneja, hacen de esa señora un factor de poder insoslayable. Pero como dentro del SNTE no hay democracia auténtica, no se puede considerar que los maestros respalden a su presidenta sindical. Y la influencia política de Gordillo se debe más a las expectativas y temores que ocasiona que a sus posibilidades reales para influir en política electoral.
Hace 20 años ocurrió el golpe de mano que le permitió a Elba Esther Gordillo ocupar la dirigencia nacional del SNTE. No hay que olvidar que no fueron sus capacidades políticas, ni mucho menos su ascendiente entre los maestros, los factores que la llevaron a desplazar al viejo cacique sindical Carlos Jonguitud Barrios el 23 de abril de 1989.
A Elba Esther Gordillo la llevó a la secretaría general del SNTE la decisión política del entonces presidente Carlos Salinas de Gortari. Ni entonces, ni ahora, la actuación de Gordillo estuvo orientada por afán democrático alguno ni mucho menos por el interés de los profesores. Pero más que el respaldo del gobierno, la indolencia de los maestros sindicalizados sigue constituyendo la causa principal para que Elba Esther Gordillo sea dueña del SNTE.

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Los desconfiados no son tantos

April 22, 2009

— 12:00 am

La noticia fue aprovechada, desplegada y exprimida con una mezcla de sensacionalismo rutinario y desplante revanchista: solamente, se dijo, el 4% de los mexicanos cree en los partidos políticos. Numerosos medios compartieron la misma confusión, o quizá leyeron únicamente lo que querían leer.

Se referían a los resultados de la Encuesta Nacional de Cultura Política 2008 que realizó la Secretaría de Gobernación y que ofrece un diagnóstico, completo, confiable y severo, de las convicciones políticas (o ausencia de ellas) de los mexicanos.

En ese ejercicio de medición del estado de ánimo de la sociedad se muestra, ciertamente, una opinión muy exigente acerca de los partidos políticos. Pero en ninguno de sus apartados la encuesta concluye que “apenas 4% confía en los partidos”, como informó el sábado el diario Milenio y repitieron a partir de entonces otros medios, especialmente en la radio.

Pareciera que ese solo dato llenase de regocijo a algunos comentaristas que, de esa manera, creían ver confirmado no el diagnóstico de una sociedad recelosa sino el pronóstico que ellos se han anticipado a formular acerca del divorcio entre la política y los ciudadanos. Esa desafección, como en otras circunstancias y momentos le han llamado algunos analistas sudamericanos a la suspicacia de la gente respecto de los asuntos públicos y sus instituciones, en México ha ocasionado la disminución en los índices de expectativas respecto de la política y los partidos. Pero no tan paupérrimos que solamente 4 de cada 100 mexicanos les tenga confianza.

Lo que inquirió la pregunta hasta ahora más consultada de la encuesta es cuánta confianza le tienen los ciudadanos a los partidos políticos. Y, como suele hacerse en ese tipo de indagaciones, a los entrevistados de les ofrecieron varias opciones. En este caso, se les preguntó si tienen en los partidos “mucha” confianza, “algo”, “poca”, o “nada”.

Quienes respondieron que les tienen “mucha confianza” a los partidos ascendieron al 4% de los interrogados. Ese es el resultado que, malinterpretado, destacaron distintos medios desde el fin de semana.

El 19% contestó que a los partidos les tiene “algo” de confianza. El 36% consideró que les tiene “poca” confianza. Y otro 36% declaró que no tiene confianza alguna en los partidos políticos.

El 5% dijo que no sabe, o no quiso responder.

Así que los ciudadanos que en México le tienen alguna confianza a los partidos, aunque sea poquita, asciende al 58%. O, si se quiere ver el vaso medio vacío, el 72% tiene poca o ninguna confianza en ellos. Esas serían dos maneras, serias ambas, de leer la encuesta. Pero tales porcentajes no son noticia para quienes consideran que solamente son tales las muy malas noticias.

Si se hubiera querido ser estrictos se habría podido decir que el 23% de los ciudadanos les tiene mucha o algo de confianza a los partidos, pero aclarando que un 36% adicional les guarda muy poca (pero ciertamente alguna confianza a los partidos.

Y si la elección tenía que ser por el flanco negativo, el 36% de ciudadanos que no les tiene ni una pizca de confianza ya era suficiente para considerar noticiosa esa reticencia respecto de los partidos.

Pero a varios medios les ganaron las ganas. En la radio del lunes y todavía el martes, no fueron unos cuantos los conductores que se refocilaron con ese parcialmente leído 4% con un tono de “se los dije”. Como si el hecho de que los ciudadanos reconozcan la miseria de los partidos, así en general, fuese para echar a volar las campanas de nuestro entusiasmo cívico.

Hay muchos hallazgos, sin necesidad de forzar sus datos, en la Encuesta Nacional de Cultura Política 2008. Su primera consecuencia, ha sido ese inopinado festejo de una suspicacia que muchos consideran digna de celebración.

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Rector autócrata, medievo en Culiacán

April 20, 2009

— 12:00 am

Ana Luz Ruelas es una de las académicas mexicanas más prestigiadas en el estudio de las telecomunicaciones y la globalización,y desde hace 20 años es profesora en la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS). Ahora, a pesar de los reconocimientos internacionales, del nivel que tiene en el Sistema Nacional de Investigadores y de la estupefacción que su caso está suscitando en universidades dentro y fuera de México, la doctora Ruelas es víctima de una persecución política instigada por el Rector de la UAS.

El pasado 2 de abril,  Ruelas, que es colaboradora en el diario Noroeste, publicó un artículo en donde considera desacertada la decisión de las autoridades de esa Universidad para hacerse cargo de 20 escuelas preparatorias que actualmente dependen de la contribución de los padres de familia. Los argumentos que ofrece son muy claros: las dificultades financieras, que ya son apremiantes en la UAS, se agravarían con el sostenimiento de esos planteles y especialmente de los profesores que enseñan en ellos. Ese proyecto, dijo Ruelas en su artículo aparecido en Noroeste con el título “Quo Vadis, UAS? implicará para la Universidad “añadir de golpe a su nómina a más de 400 profesores y 100 administrativos, generando una carga financiera que provocará que el próximo Rector no pueda cubrir los salarios de activos y jubilados y se dispare su pasivo histórico”.

Esa decisión del actual Rector, Héctor Melesio Cuén Ojeda, resulta especialmente delicada porque su gestión está a punto de terminar. Esta semana comienza el proceso formal para designar a quien lo sucederá, de tal suerte que la decisión acerca de las preparatorias podría ser una carga impuesta a las nuevas autoridades.

En aquel texto, la doctora Ruelas consideró que la absorción de las preparatorias “es una iniciativa política, sin estudios de factibilidad, que puede dañar tanto como lo hicieron las campañas rectorales en el pasado”. Se refería a los tiempos de clientelismo y dilapidación que tanto daño hicieron en la Universidad Autónoma de Sinaloa y que por lo visto no han desaparecido del todo. El problema de las preparatorias, explicó Ruelas, no es de la Universidad Autónoma sino de las autoridades educativas tanto de la Federación como del estado de Sinaloa.

El mismo día que aparecieron esas opiniones, el Consejo Universitario tomó un acuerdo que lo faculta para llamar a cuentas a los miembros de la UAS que critiquen públicamente decisiones de la Universidad. Ese organismo colegiado podría sancionar a los profesores o estudiantes que “abusen” de la libertad de expresión y que perjudiquen a la institución con “difamaciones, calumnias y mentiras”.

No hubo recato alguno para subrayar que la ley mordaza en la Universidad Autónoma de Sinaloa estaba dedicada, antes que nada, a intimidar a la doctora Ruelas. El director de Comunicación Social de la Universidad, Enrique Zazueta, así lo puntualizó. El acuerdo del Consejo, indicó la información periodística con sus declaraciones, “busca poner fin a las voces, que valiéndose del ‘libertinaje’ de la expresión, dañan a la UAS.
‘Lo que el consejo dijo fue ya basta, ya pongamos un alto a estar soportando ese tipo de actitudes, que con mentiras y difamaciones calumnian permanentemente a la institución, y que dañen por lo tanto todo lo que concierne a ella… Específicamente está lo que Ana Luz Ruelas dice ayer (jueves) en la columna del periódico Noroeste, cuando afirma que las 20 preparatorias que se fusionaron por acuerdo del consejo, la universidad incrementará su plantilla en 400 plazas académicas y 100 administrativas, y que tal cuestión traerá como consecuencia el riesgo de pago de salarios, principalmente a jubilados, y tal cuestión es mentira, es calumnia, difamación”.

En vez de refutar los fundados temores de la doctora Ruelas con datos financieros y estimaciones presupuestales sólidas, las autoridades de la UAS emprendieron una persecución retrógrada y medieval. Si en algún espacio en este país la reflexión disidente y la crítica ideológica y política han tenido posibilidades para expresarse y mantenerse, ha sido en las universidades públicas.

Esa intolerancia, junto con una muy estrecha visión de los asuntos a su cargo, han sido emblemáticas de la administración de Cuén Ojeda. El año pasado, el profesor de Química Jesús Ramírez Montes fue despedido de la Preparatoria Central por haber firmado un desplegado en donde se cuestionaban manejos financieros de la administración universitaria. Aquella acusación dañaba “sentimientos, afectos, creencias, decoro, honor, reputación y vida privada del Rector“, indicó el documento de rescisión contractual. El Rector dijo luego que el despido quedaría cancelado. Pero hay otros casos de intolerancia y despotismo en la UAS.

Doctora en Derecho por la UNAM, investigadora visitante en varias universidades estadounidenses y mexicanas, fundadora de la Escuela de Estudios Internacionales y Políticas Públicas en la UAS, Ana Luz Ruelas es autora de libros destacados como La reconversión regulatoria de las telecomunicaciones (Juan Pablos y UAS, 2005). La persecución que tan solo por manifestar su opinión padece en la Universidad a la que ha dedicado dos décadas de trabajo académico ha suscitado reacciones de solidaridad e indignación como la del doctor James Creechan, profesor de sociología en la Universidad de Toronto.

El doctor Creechan es un viejo amigo de la UAS, en donde ha participado en varios programas académicos. Ahora, en vez de textos sobre violencia social y narcotráfico ha escrito una petición a la Canadian Association of University Teachers. Por otra parte, en un mensaje al rector Cuén Ojeda, el profesor Creechan formula un reproche que tendría que avergonzar a los universitarios de Sinaloa:

“Antes de 1968, yo visitaba México muchos veces y tenia deseos de trabajar con Mexicanos para mejorar el mundo. Después de la represión y matanza en contra de los quienes pidieron el derecho de manifestar sus opiniones, yo nunca regresé a México antes de 1996. Después de TLCAN, me pensaba que México ha cambiado y estaban regresando al mundo moderno donde los derechos humanos fueron protegido. Lamentablemente, con los evento en el Consejo Universitario pienso que nada ha cambiado en México. ¿Cómo podría ser diferente de aquel tiempo negro de 68 si alguien no podría decir algo en contra de los que tengan poder? ¿Como podria ser diferente si los maestros y profesores de la juventud no entienden la importancia de expresión libre?”.

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Obama: símbolo, bonhomía, confianza

April 17, 2009

— 12:00 am

Lo primero que destaca en los grandes acontecimientos es el simbolismo. Gestos y desplantes, sonrisas y evasivas, dicen más o al menos con más claridad que los discursos. De la visita de Barack Obama a México se recordarán más la bonhomía que los compromisos, el previsible y ahora constatablemente ostentoso aparato de seguridad, el empeño de Felipe Calderón para ser anfitrión a la altura de su afamado célebre invitado, los asuntos no resueltos más que los acuerdos.

Se recordará a “La bestia“, el intimidante automóvil blindado cuyos desplantes tecnológicos ocuparon abundantes minutos y páginas en la cobertura previa de una visita tan anunciada como breve. En los anales de esta visita, que es relevante por su protagonista muy por encima que por los acuerdos que implica, se recordará la llegada del Air Force One y el paso grácil de su pasajero cuando descendió por las escalinatas.

Amable y afable, Barack Obama llegó investido de la confianza inusitada que su sola figura despierta en todo el mundo. Ganó la elección estadounidense con una entusiasmante si bien harto riesgosa apuesta por la esperanza. Comenzó su gestión en medio de una descomunal crisis económica que trastocó sus prioridades. Ahora tiene que hacer lo posible para reordenar las finanzas antes de enfrentar otros problemas globales. Pero ha debido reconocer las nuevas y crecientes dificultades que implica la vecindad con México y de las cuales -y ese ha sido un reconocimiento adicional- Estados Unidos es corresponsable.

Por eso su presencia en nuestro país ha sido antes que nada emblemática: de una nueva actitud en el tratamiento que Washington asigna a los asuntos con México, de la aceptación de realidades como el narcotráfico y la migración que no pueden enfrentarse si no es de manera conjunta, quizá de una nueva era como el presidente Calderón se empeñó en denominar a las circunstancias actuales.

La cortesía entre ambos presidentes pareció sobrepasar la limitada calidez de las formas diplomáticas. Los elogios mutuos también. Tanto así que entre las primeras reacciones están despachos de prensa como el que envió a su periódico el corresponsal de El País: “Obama hace suya la guerra contra el narcotráfico”. El presidente de Estados Unidos no escatimó frases solidarias con el empeño de México y especialmente del presidente Felipe Calderón para combatir a las pandillas de la droga. Pero a la exigencia mexicana más importante hoy en día en ese terreno que es el control estricto en la venta de armas para que los cárteles delincuenciales no se aprovisionen en las armerías que encuentran apenas cruzan la frontera, Obama no respondió con un compromiso perentorio.

Ese y otros temas tendrán que esperar a que los equilibrios políticos allá, y quizá la capacidad de persuasión acá, maduren para que el combate a los delincuentes de la droga sea auténticamente bilateral. Lo mismo tendrá que suceder en la consolidación del libre comercio, en donde hubo un gesto significativo de Obama cuando condenó las restricciones que han encontrado los tráilers mexicanos para circular en las carreteras estadounidenses.

Quizá lo más importante junto con las formas y desde luego más allá de ellas, es la manifestación aún tímida, quién sabe qué tan seria, de un cambio substancial en las relaciones entre los dos países. Hasta ahora, ha sido costumbre que el gobierno y la sociedad mexicanos tengan una actitud de exigencia y desconfianza respecto de la Casa Blanca. El trato de acá para allá ha sido de recelo, no solamente por los muchos reclamos que tenemos hacia el gobierno estadounidense sino también como expresión de un talante de bronca y queja permanentes.

Ahora en cambio, la avalancha simbólica y desde luego política y mediática que ha significado la llegada de Barack Obama al gobierno estadounidense ha modificado tales actitudes. Por primera vez en muchísimo tiempo, en México la conducta políticamente correcta en ese asunto no es estar en contra, sino a favor del presidente de Estados Unidos.

Es pronto para saber cuánto durará esa simpatía, que antes que nada quiere ser empatía con Obama. Por lo pronto ha sido suficiente para que se le disculpen pequeños yerros. Ayer por la tarde, cuando los dos presidentes ofrecieron una conferencia de prensa en Los Pinos, Obama dijo que su visita a México era previa a “la Cumbre de las Américas en Bahamas” que comienza este viernes. Pero la Cumbre será en Trinidad y Tobago.

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Una agenda para Lujambio (final)

April 15, 2009

— 12:00 am

En los últimos nueve días, desde que Alonso Lujambio fue designado secretario de Educación Pública, no he leído un solo comentario sobre ese tema que no subraye el reto que significa el contrapoder que ejercen el SNTE y su lideresa en la gestión educativa. Hay quienes incluso han encontrado contradictorio el elogio que hizo Lujambio de la dignidad en la política con la promesa que también formuló para que haya continuidad en la política educativa de la actual administración.

El gobierno y su nuevo secretario de Educación tienen que resolver: política digna con cambios que entonces tendrían que ser de fondo, o continuidad que mantenga la injerencia del sindicato y su lideresa.

El lunes pasado iniciamos la descripción de los cinco grandes retos que a nuestro juicio encara Alonso Lujambio. Estos son los dos faltantes.

4. Los profesores y su sindicato. Los maestros son el patrimonio más importante del nuestro y de cualquier sistema educativo. Pero en México se han convertido, al mismo tiempo, en el más oneroso lastre para que tengamos una educación a la altura de las exigencias que imponen el desarrollo cultural y social del nuevo siglo.

La frecuente reticencia para actualizar sus conocimientos -o la exigencia para, a cambio de ello, lograr promociones como si la instrucción constante tuviera solamente propósitos escalafonarios-, la resistencia a la innovación didáctica y tecnológica, el desgano que contagian a sus alumnos, son defectos frecuentes en no pocos profesores.

Se puede reconocer, en su defensa, que los salarios son bajos, las cargas de trabajo abrumadoras y los estímulos infrecuentes. Se puede y se debe advertir que hay notables excepciones y que, desde luego, no todos los maestros padecen esa mezcla de indolencia burocrática y abulia profesional. Son excepciones honrosas que confirman la triste regla de la desidia magisterial.

Sobre todo se puede recordar que en la educación básica, cuando las hay, muchas de las expresiones de iniciativa, empuje y vivacidad entre los profesores suelen tropezarse con esa muralla forjada en el tráfico de privilegios, cimentada en el viejo corporativismo y afianzada en la corrupción que es el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación. Cuando Educación 2001 pregunta qué debe cambiar en la educación nacional lo primero que se me ocurre contestar es “el SNTE”. Si en vez de 5 me hubieran solicitado una respuesta única esa habría sido, sin lugar a dudas, la que hubiera entregado a esta revista.

Tengo la certeza, porque lo conozco y lo he estudiado, porque he examinado la trayectoria de sus dirigentes y sé de las vicisitudes de sus agremiados, de que ese sindicato no sólo se ha convertido en el mayor estorbo para el desarrollo de la educación sino en uno de los más costosos y abrumadores defectos del país. Los profesores, a veces por convenencieros y en otras ocasiones por condescendientes, han permitido la permanencia de un sindicato que para la sociedad mexicana se ha vuelto sinónimo de compraventa de influencias y de abusos ilícitos. No me refiero sólo a una sino a varias de las facciones que lo encabezan. La otrora disidencia democrática se ha mimetizado, en buena medida, al clientelismo y a la demagogia del viejo sindicalismo. Y la dirección nacional actúa más como grupo de presión política que como el liderazgo gremial, con responsabilidad, que los maestros y el país merecen. Elba Esther Gordillo pudo haber sido una dirigente capaz de reconocer y alentar la diversidad y el recambio indispensables en un sindicato de esas dimensiones. En vez de ello, movida por una acaparadora ambición, ha hecho del sindicato un instrumento político y se ha convertido, ella misma, en uno de los personajes más desagradables de la incierta transición política por la que atraviesa nuestro país.

5. Los medios de comunicación. El sistema educativo mexicano no ha reconocido a los medios de masas, especialmente a la televisión y a la radio, como instrumentos indispensables en la enseñanza de y para la sociedad. No pretendemos que esos medios sirvan como apoyo directo a las tareas docentes -aunque, por otro lado, México se sigue debiendo a sí mismo la existencia de un auténtico y ambicioso sistema de enseñanza a distancia, apuntalado en los medios masivos, como los que desde hace décadas existen en la Gran Bretaña y Costa Rica entre otros sitios-. Más allá de los contenidos específicamente curriculares, los medios tendrían que ser puertas siempre abiertas para inculcar valores en y de la sociedad mexicana.

El civismo, por ejemplo, podría aprenderse en sus rudimentos básicos en el salón de clases pero tendría que ser cotidianamente ratificado en los programas de televisión. Como todos sabemos, lo que a diario sucede es exactamente lo contrario. La televisión no sólo tiende a competir con los contenidos que se les imparten a niños y jóvenes en el aula. Además, por lo general induce valores antagónicos a los que pretende arraigar el sistema educativo.

Necesitamos una educación que contemple entre sus escenarios imprescindibles al de los medios de comunicación de masas. Sin embargo el de los medios ha sido relegado por la sociedad, pero también por el Estado mexicanos, como un asunto que compete a empresas privadas o, en su defecto, a iniciativas oficialistas. Ese alejamiento es tal que, en el régimen legal para la radiodifusión, la Secretaría de Educación Pública no tiene una auténtica participación. La regulación de la televisión y la radio corre a cargo de las secretarías de Gobernación y de Comunicaciones y Transportes, como si los contenidos y la influencia de tales medios fuesen únicamente asuntos políticos o técnicos y no con las dimensiones educativas que alcanzan todos los días, a toda hora.

Una agenda para Lujambio

April 13, 2009

— 12:00 am

Hombre culto, conocedor del trabajo académico, con experiencia política y cercanía al grupo en el poder, Alonso Lujambio despacha ahora en la mítica oficina que antes fue ocupada por José Vasconcelos pero también por Fausto Alzati. Su reciente compromiso con la transparencia define una de sus obligaciones iniciales al frente de la Secretaría de Educación Pública. La confianza que le tiene Felipe Calderón permite suponer que tendrá el respaldo suficiente para enfrentar los abundantes cuan añejos rezagos que enfrenta la SEP. Pero el temor del mismo Calderón al poder caciquil que sigue enquistado al frente del sindicato de maestros es fuente, al mismo tiempo, de augurios adversos para la gestión de Lujambio.

Ya se verá. Hace tres años la revista Educación 2001 nos preguntó a varios autores cuáles son los cinco grandes factores que debieran cambiar en la educación nacional. El texto que sigue parte de las respuestas que entregué en aquella ocasión, actualizándolas y ampliándolas. All se encuentra una agenda nada original pero necesaria, precisamente por elemental.

1. Las prioridades de la educación. Por mucho que se dice lo contrario, seguimos teniendo una educación que, al menos en sus etapas básicas, sigue siendo fundamentalmente memorista, reiterativa, monótona y plana. A los niños en Primaria se les sigue requiriendo el aprendizaje de largas listas de nombres, sitios, fechas y fórmulas sin que se les inculque, antes que nada, el entendimiento acerca de la utilidad de esos datos. Se trata de una educación, en palabras de Olac Fuentes Molinar, “que impide a los niños contextualizar el conocimiento que adquieren, por lo que podríamos calificar que en las escuelas con mejor desempeño tenemos estudiantes ‘macheteros’ con muy buena memoria“.

Al conocimiento se le confunde con la acumulación de datos, al discernimiento, con la memoria. El síndrome de los macheteros resulta patéticamente infecundo, pero además pedagógidamente gravoso, en los actuales tiempos de sociedad de la información. Hoy en día los niños y jóvenes se encuentran expuestos a torrentes de datos. Ya no hace falta saber de memoria los nombres de los Niños Héroes, la tabla completa de los elementos químicos o las capitales de los países africanos. Lo que resulta necesario es entender quiénes se dice que fueron los Niños Héroes y en qué contexto histórico se les ubica, para qué sirven los nombres de los elementos químicos y en dónde se encuentran y qué desarrollo social y político han tenido las naciones de África.

A los estudiantes de hoy les resulta indispensable saber discriminar cuál información resulta confiable y, cuál no, de entre los raudales de datos que pueden encontrar en Internet o que les ofrecen los medios de comunicación convencionales. Nuestra enseñanza, en todos los niveles, debería estar primordialmente orientada para pensar y para investigar. Hoy en día nadie aprende, salvo para salir del paso en el examen del día siguiente, una extensa relación de nombres si no comprende cuáles son su significado y utilidad. Y allí se encuentra una de las rémoras de nuestro sistema educativo. Contenidos y mecanismos de enseñanza suelen ser espeluznantemente aburridos. Niños y jóvenes bostezan aun antes de entrar al salón de clases porque saben que se encontrarán con una retahíla de discursos y exigencias a los que no les encuentran sentido. Por supuesto hay excepciones, cuando tienen la fortuna de encontrarse con profesores entusiastas e imaginativos. Pero esos son dos atributos por desgracia escasos en el magisterio de nuestro país -y, en general, en la vida pública mexicana-.

2. La evaluación. Evaluar escuelas, planes de estudio, maestros y al sistema escolar mismo se ha convertido en una moda pero casi nunca los evaluados y los evaluadores se preguntan para qué tendrían que servir esos ejercicios de revisión, cotejo y apreciación. La evaluación, cuando la hay, tiende a ser una rutina y no el momento sobresaliente que podría constituir en la relación entre la escuela y la sociedad.

En la enseñanza básica, la evaluación suele servir fundamentalmente para resolver expedientes de promoción laboral o para nutrir informes burocráticos a los que, por añadidura, la sociedad no suele tener acceso. En las universidades la evaluación por lo general es un mecanismo de autocomplacencia, simulaciones y eventualmente incluso de represalias pero pocas veces constituye una oportunidad para identificar y enmendar insuficiencias de carácter académico.

Para una gran cantidad de funcionarios y profesores universitarios la evaluación, cuando la hay, se ha convertido en monserga admisible sólo porque de ella dependen reconocimientos y financiamientos. A la evaluación no se la reconoce como ejercicio indispensable que tendría que formar parte de la autocrítica que debiera acompañar al desempeño de las tareas universitarias. Hace dos décadas, cuando la UNAM realizó su Congreso Universitario, una de las propuestas que más antipatías suscitó fue, precisamente, la que sugería que hubiera mecanismos de evaluación regulares para estimar el desempeño del personal académico. Y la misma UNAM ha sido una de las pocas universidades relevantes en el país que ha expresado reticencias a la evaluación por parte de instituciones como el CENEVAL.

3. El empleo de nuevas tecnologías. A las computadoras, la Internet y otros recursos que amalgaman la digitalización de los contenidos con su teletransmisión se les ha mitificado de dos maneras en nuestro sistema educativo.

Por una parte hay quienes por ignorancia o temor, o por una suerte de fundamentalismo didáctico, descalifican a esos que no son mas que instrumentos que de la misma manera que facilitan la socialización y la propagación de informaciones, también pueden facilitar la enseñanza. Con frecuencia, profesores de todos los niveles y especialmente con varias décadas de experiencia docente desprecian la utilización de tales recursos a veces simplemente porque nadie les ha enseñado a aprovecharlos y, en otras, porque se sienten tan distantes de ellos que prácticamente llegan a considerar que compiten con su propio trabajo. La ausencia de proyectos de capacitación razonables, razonados y accesibles para los profesores, desde la primaria hasta la Universidad, mantiene a muchos de ellos en la creencia de que esas tecnologías sirven sólo para encauzar el ocio e incluso para propiciar la haraganería de los estudiantes jóvenes y no como herramientas de aprendizaje.

La otra forma de fundamentalismo en este campo es la de quienes, en el extremo opuesto, ensalzan de tal manera a la Internet y a la computadora que llegan a considerar que en ellas y con ellas se resuelven los déficit de nuestro entramado educativo. La expresión más patética, costosa y bochornosa de ese fanatismo tecnofílico ha sido la manera como el presidente Fox y su gobierno promovieron, con propósitos propagandísticos más que didácticos, el proyecto Enciclomedia. Apoyado en una plataforma tecnológica innecesariamente costosa, subordinado al menos en sus inicios a los contenidos que había diseñado la empresa Microsoft, emprendido sin un plan de capacitación para los profesores que hipotéticamente habrían de aprovecharla y cerrada a la diversidad de contenidos que hay en la Internet la Enciclomedia, a pesar de los esfuerzos de sus propagandistas, se está convirtiendo en prematuro y dispendioso elefante blanco de este sexenio.

Las computadoras y la Internet son instrumentos formidables cuando están en manos de profesores y estudiantes con aptitud y calificación para aprovecharlas. En México no hemos contado con un plan nacional para que la sociedad -y en primer lugar los jóvenes, los niños y sus maestros- se beneficien de esa plétora de información y conocimiento. En el terreno de la enseñanza no hemos comenzado a construir una auténtica sociedad de la información. Lo que tenemos, en vez de ella, es una patética sociedad de la simulación. (Concluirá el miércoles).

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Vázquez Mota, las manos atadas

April 6, 2009

— 12:00 am

La renuncia de Josefina Vázquez Mota constituye la más palmaria aceptación del gobierno al fracaso que ha tenido en la gestión de la educación pública. La hasta antier titular de la SEP competirá por una curul en San Lázaro. Posiblemente, se dice ahora, coordinará a los diputados de Acción Nacional aunque no es la única en disputar esa posición.

Sea cual sea el destino de Vázquez Mota ninguna curul, por encumbrada y estratégica que parezca, resulta más importante que el despacho por el que pasaron José Vasconcelos, Narciso Bassols, Jaime Torres Bodet, Agustín Yáñez, Fernando Solana y Jesús Reyes Heroles, que fueron algunos de los secretarios capaces de entender y reivindicar el valor de la educación.

Josefina Vázquez Mota no pudo y todo parece indicar que el estancamiento en la enseñanza que el país ha experimentado en los años recientes no se debió precisamente a ineficiencia o inexperiencia de la ahora ex secretaria sino a que nunca contó con la autoridad necesaria para ello.

Cuando la designó hace 28 meses, al comenzar su gobierno, el presidente Felipe Calderón le entregó a Vázquez Mota la conducción de la SEP pero le ató las manos para reorganizar de manera racional y eficiente a esa enorme institución. La secretaria de Educación tenía instrucciones para no enfrentar el poder, cada vez más aciago y costoso, de Elba Esther Gordillo.

Los desencuentros entre esas damas fueron comidilla de los reporteros gráficos y las columnas políticas. Las muchas ceremonias en donde apenas si se saludaban, indicaron el tamaño de las tensiones entre una secretaria que tenía la obligación de mejorar el panorama educativo pero sin tocar a la lideresa y una dirigente magisterial empeñada en defender privilegios e incluso frecuentes caprichos.

La sumisión que el presidente Calderón ha mantenido respecto de los antojos de Elba Esther Gordillo sigue siendo inexplicable. Por muy afianzada que esté su creencia de que le debe algunos de los votos que le permitieron ganar la elección de 2006 -creencia que es errónea como hemos demostrado en más de una ocasión- Calderón tendría que haber reconocido que mientras más poder le confiere a esa dirigente sindical, más padece y se estruja la situación de la enseñanza pública en México.

Hace menos de dos semanas, en la columna que escribe para el suplemento Campus del diario Milenio, Gilberto Guevara Niebla subrayaba así el daño que la “maestra” Gordillo, con la connivencia o al menos la tolerancia del presidente de la República, le ocasiona a la educación de los niños y jóvenes en este país:

“La lideresa del SNTE es un personaje que no conoce la humildad, de modo que su nuevo poder la ha conducido a asumir actitudes de una prepotencia sin paralelo. Una demostración de esa actitud desmesurada fue la auténtica ‘imposición’ de un nuevo Programa Sectorial a la SEP (cuando ésta ya había dado a conocer el programa oficial). Este nuevo programa cristalizó en el llamado Acuerdo por la Calidad de la Educación (ACE)”.

Cuando fue anunciado en mayo pasado muchos comentaristas, quizá movidos por buenos propósitos o confundidos por la propaganda del gobierno, consideraron que ese Acuerdo era un paso pertinente. En aquella ocasión comentamos que pactar la calidad de la enseñanza con Elba Esther Gordillo equivalía a acordar el combate a la delincuencia con el “Chapo” Guzmán.

El precario desarrollo de ese convenio lamentablemente ha confirmado las expectativas pesimistas. El ya citado Guevara Niebla, director de la revista Educación 2001 y que fue subsecretario de Educación hace dos sexenios, comenta: “El ACE se ha convertido en un dolor de cabeza para la SEP por la sencilla razón de que fue el resultado de una improvisación y de que su ejecución depende en 100 por ciento de la voluntad del SNTE. El caso más visible es el ‘examen de ingreso’ a los nuevos docentes. Aunque el SNTE estuvo en su concepción, el SNTE mismo ha apoyado -cuando así le ha convenido- a docentes que rechazan el examen. Por su parte, la SEP tiene las manos atadas para actuar, dado que la lideresa del SNTE acuerda directamente con el presidente, no con la SEP. Este círculo vicioso no tiene solución a la vista y puede ser que dañe de manera permanente la estructura y el funcionamiento de la educación nacional -a menos que el presidente Calderón decida otra cosa-” .

Ojalá que Calderón hubiera resuelto algo distinto a la ruta de descomposición que lleva la educación a cargo de la SEP. Pero de haber ocurrido así no habría tenido que aceptar o propiciar la renuncia de Josefina Vázquez Mota, sino darle toda la autoridad que cualquier titular de la SEP necesita para enfrentar el cacicazgo de Elba Esther Gordillo y, sin demérito de los derechos de los profesores, conferirle a la enseñanza un curso distinto del que imponen intereses facciosos, inercias gremiales e incluso negocios de los dirigentes gremiales.

Esta columna dejará de publicarse durante el resto de la semana. Aparecerá de nuevo en este sitio el lunes 13 de abril.

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La agenda del nuevo embajador

April 3, 2009

— 1:02 am

Diplomático con experiencia en situaciones de riesgo político, la designación de Carlos Pascual como embajador de Estados Unidos en México ha desatado numerosas especulaciones sobre los nuevos designios de la Casa Blanca respecto de nuestro país. El mensaje es él mismo, se ha dicho en alusión al desempeño que ese funcionario ha tenido como embajador en Ucrania y, más recientemente, asesorando las hasta ahora fallidas estrategias de su país en el Medio Oriente.

El resumen biográfico que acompaña a una de las publicaciones más recientes de Pascual, mientras era vicepresidente y director del Programa de Estudios de Política Exterior en la influyente Brookings Institution de Washington, explica: “recientemente trabajó como asesor principal de la secretaria Rice [se refiere a la hasta hace poco secretaria de Estado, Condoleezza Rice] para lograr que el gobierno estadounidense sea capaz de alcanzar la estabilización y la reconstrucción de áreas del mundo fallidas y acosadas por los conflictos”. Así se le presenta en el documento, de lennoniano título, Irak en 2009. Cómo darle una oportunidad a la paz.

Tan portentosas si no es que sobrecogedoras credenciales podrían llevar a creer que el embajador Pascual es una mezcla de Kissinger y Rambo. Pero una mirada con más detalle a su trabajo y opiniones permite encontrar un pragmatismo mucho más mundano, junto con un conocimiento de la situación latinoamericana menos distante de lo que se ha supuesto hasta ahora.

Numerosos medios de comunicación mexicanos han glosado algunos fragmentos del ensayo Addressing State Failure, algo así como dirigiéndose al estado fallido, publicado en 2005 y en donde Pascual y el también funcionario y analista Stephen D. Krasner consideran que la seguridad estadounidense es vulnerada por regímenes políticos insuficientemente consolidados y en donde la gente puede ser víctima de demagogos y sembradores de odios.

Pero el pensamiento del próximo embajador en México acerca de la situación latinoamericana queda más claro en otro texto, titulado The Geopolitics of Energy: From Security to Survival, “La geopolítica de la energía. De la seguridad a la sobrevivencia” en donde Pascual revisa los escenarios de conflicto que pueden surgir debido a la creciente escasez de fuentes de energía, especialmente petróleo.

El nuevo embajador en México considera preocupante la creciente dependencia que la economía de Estados Unidos padece respecto de la producción petrolera de otros países, entre ellos Venezuela. Y afirma:

“La influencia de Venezuela debe ser entendida en un contexto más amplio de globalización y su impacto en América Latina. La globalización ha ayudado a millones en América Latina a beneficiarse de la tecnología, los mercados y el capital, de tal manera que ha hecho más prósperos a muchos países y a mucha gente. Pero la brecha entre ‘tener’ y ‘no tener’ ha crecido. Aquellos que no lo han conseguido son también crecientemente mejor educados -y resentidos por lo que no tienen. Ese resentimiento es más fuerte entre aquellos que han transitado fuera de la pobreza pero que no encuentran cómo seguir adelante. Así es como se hacen vulnerables al populismo. Cuando tienen oportunidad de votar, muchos de ellos utilizarán las urnas para expresar su frustración”.

Pascual se refiere a Venezuela, pero esas líneas podrían ser leídas en el contexto de varios de nuestros países y desde luego retratan en alguna medida la situación mexicana y la exasperación de nuestra clase media. Añade el nuevo embajador: “Entre Brasil y México, el mensaje populista de Chávez y su respaldo a líderes locales tiene la posibilidad de galvanizar las frustraciones locales”.

“No todos los países latinoamericanos están siguiendo la ruta populista de Chávez -continúa el embajador- pero él está ofreciendo nuevos desafíos a un orden regional asentado en la democracia y los principios de mercado. Para los demócratas en la región, el primer desafío es asegurar que no existe marcha atrás respecto de la democracia por parte de aquellos dirigentes y países que se han sentido amenazados por la frustración popular. Lo segundo, es reformar la gobernanza y las políticas para dar a los que ‘no tienen’ la convicción de que pueden alcanzar un mejor futuro”.

Termina así su apunte sobre las opciones actuales en América Latina: “en tanto los dirigentes latinoamericanos puedan educar a sus pueblos para que sean capaces de beneficiarse de la globalización, en tanto los gobiernos puedan dirigir subsidios a aquellos que necesitan ser incorporados a la sociedad y en tanto Estados Unidos abra sus mercados a las tecnologías, los servicios y los productos, esos factores, juntos, afectarán fundamentalmente las percepciones de democratización en la región, que son fuente de estabilidad y un respiradero para el populismo”.

ALACENA. Adiós, Herr Eriksson

Sven-Göran Eriksson se va de México. El vergonzoso resultado en el partido contra Honduras, la noche del miércoles, precipitó su destitución como técnico de la selección nacional. “Así es el futbol” dijo, triste, al despedirse este jueves al mediodía. Desde varios días antes se mencionaba a Javier Aguirre como la opción para sustituirlo. Inteligente y conocedor del laberinto en el que se metería, el hasta hace poco técnico del Atlético Español sabrá establecer sus condiciones para aceptar esa responsabilidad.

Pero el problema de la selección mexicana no se reduce al entrenador. La concepción toda sobre la que descansa el futbol en este país, supeditado al interés de las televisoras y su proclividad a magnificar cualquier bagatela deportiva, menoscaba el profesionalismo, la competencia, incluso el esfuerzo y el arrojo de los jugadores.

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