Varios lectores reaccionaron con virulento encono al comentario que apareció en este espacio a comienzos de la semana pasada, cuando me referí a la muerte del disidente cubano Orlando Zapata. Las apostillas desbordantes de ira son frecuentes en el periodismo en línea, en donde las reacciones de los lectores pueden quedar registradas y junto con ellas sus pareceres y animadversiones. Cuando se abordan temas sensibles y respecto de los cuales hay opiniones contrapuestas, las réplicas suelen estar cargadas mucho más de emociones que de razones. En este caso me llamó la atención el enojo de algunos y el asombro de algunos otros lectores que coincidían en rechazar mi interpretación de la muerte de Orlando Zapata.
Recluido desde hace 7 años por delitos menores, Zapata fue radicalizando su oposición al régimen cubano conforme aumentaban las sentencias en su contra. Albañil, negro y perseguido por el gobierno, mantuvo varias huelgas de hambre para ser reconocido como preso político hasta que en la última de ellas, al cabo de 86 días de ayuno, falleció el 23 de febrero. La precaria oposición al gobierno de la familia Castro ha denunciado que a Zapata las autoridades de la cárcel le llegaron a negar agua para beber, lo cual precipitó su desfallecimiento. Esa circunstancia, las torturas y los golpes que padeció por años, la negativa a satisfacer cualquiera de las modestas exigencias de ese prisionero e incluso la persecución a quienes intentaron asistir a sus funerales, permiten afirmar que a Orlando Zapata lo asesinó el gobierno de Cuba.
Los lectores que están en desacuerdo con esa interpretación se dividen entre quienes consideran que soy “un vocero de la gusanera de Miami” y aquellos que, con más indulgencia, suponen que estoy mal informado. A los primeros, bastaría con mandarlos a freír espárragos (o lo que puedan) porque con las necedades y los insultos es imposible polemizar en el terreno de las ideas. A los otros, le agradezco su comprensión pero me parece que en todo caso no soy el único que considera, a partir de hechos ampliamente conocidos, que Zapata fue víctima de un crimen del Estado cubano.
Las reacciones de esos participativos lectores son sintomáticas del ánimo que prevalece en México acerca de la situación cubana. Durante décadas hemos sabido que en esa isla no hay libertades ciudadanas, a la disidencia se le persigue sin atender a formalidades legales, la prensa libre y la competencia política son prácticamente inexistentes. Apenas desde hace pocos años, gracias a Internet, algunos cubanos que no han querido allanarse al pensamiento único que propaga e impone su gobierno han dejado testimonio de esa situación.
En Cuba, al mismo tiempo, la desigualdad social no adquiere la ofensiva polarización que hay en el resto de América Latina. La gente tiene educación, salud y alimentación aunque sea con grandes privaciones. La revolución ha implicado cambios sociales aunque con regresión o estancamiento de la política.
Para no pocos mexicanos, los méritos sociales del régimen cubano son suficientes para dispensar las prohibiciones políticas. Esa condescendencia se fortalece debido a la simpatía que le hemos tenido a Fidel Castro debido a su enfrentamiento con Estados Unidos. Lo que no hemos querido reconocer, por lo general, es que ese atractivo antiimperialismo es acompañado de un comportamiento autoritario y despótico respecto de la sociedad cubana.
La izquierda mexicana ha sido especialmente esquizofrénica respecto del régimen de la familia Castro. La lucha por los derechos políticos, que es una bandera de las izquierdas en nuestro país, enmudece cuando se trata de Cuba. Los dirigentes reputados como de izquierda suelen exigir, y en buena hora que lo hagan, respeto para la democracia en cada uno de los municipios mexicanos y en cada país del mundo en donde las tensiones políticas ponen en riesgo las libertades de expresión, organización y participación. Pero se cuidan mucho de referirse a Cuba cuando levantan esos, por lo demás, plausibles reclamos.
Tales izquierdas llegan a ser no solamente omisas –o remisas–, sino incluso traicionan sus principios cuando se refieren a episodios como la muerte de Orlando Zapata. La reivindicación de los derechos humanos es condición esencial del pensamiento de izquierdas en cualquier latitud. Las izquierdas mexicanas son muy vigilantes de esas prerrogativas de los ciudadanos. Pero el discurso humanitario, que debiera existir en todas las circunstancias para serlo realmente, queda suspendido a propósito de Cuba.
Un patético cuan vergonzoso ejemplo de moral a medias –es decir, de plena inmoralidad– en este campo, lo acaba de ofrecer la senadora Rosario Ibarra de Piedra. Esa defensora de numerosas causas humanitarias, considera que el gobierno cubano “es honrado y no es asesino”. Y, peor aún, sostiene que en la muerte de Zapata “no hay responsabilidad, ellos quisieron ponerse en huelga de hambre, fue un hecho que le nació de su manera y de su conciencia”. Así nomás.
La senadora Ibarra ha defendido presos políticos, ha estado ella misma en varias huelgas de hambre y sabe que ese es un recurso último de los luchadores sociales no porque tengan vocación martirológica sino porque buscan presionar a sus gobiernos. ¿Qué diría la senadora Ibarra si hubiera fallecido alguno de los participantes en las huelgas de hambre que ella ha patrocinado? Seguramente no declararía, con tanta irresponsabilidad, que se habría tratado de muertes voluntarias.
Junto a la locuacidad de esa izquierda botarate, se puede apreciar también el silencio del gobierno mexicano. Ni la Cancillería, ni el presidente Calderón, han deplorado el deceso de Zapata y mucho menos han condenado las circunstancias que provocaron esa muerte. Otro disidente cubano, Guillermo Fariñas, está en huelga de hambre desde hace 16 días y ha tenido que recibir atención hospitalaria debido a la debilidad extrema que lo está aquejando. Fariñas, que mantiene la huelga de hambre en su casa en Santa Clara, exige la libertad de 26 presos políticos en ese país.
Una auténtica izquierda, exigiría que esas demandas fueran tomadas en serio y auspiciaría la apertura política en Cuba. Un gobierno verdaderamente comprometido con los derechos humanos, habría expresado su malestar por la muerte de Zapata y estaría preocupado por el destino de Fariñas. No son esas las izquierdas ni el gobierno que tenemos en México.
