
Charlton Heston
Una historia de dos policías. De un lado de la frontera, está el policía bueno, que cree que su deber es hacer que se cumpla la ley. Se define a sí mismo como un soldado al que no le gusta la guerra, pero que tiene que lucharla porque es su deber para encontrar la justicia. Del otro lado, el policía malo, que en cuanto tiene un sospechoso le siembra evidencias, para hacer más expedito su castigo.
Lo raro es que el policía bueno está del lado mexicano y, además, es Charlton Heston, el villano favorito de Michael Moore. El policía malo es Orson Welles, un gordo decadente, seguro sudoroso y muy efectivo, aunque poco ético, en su combate contra el bajo mundo.
En A Touch of Evil (que, como todos sabemos, en español significa “sed de maldad”), esos son los dos extremos. Me imagino a las anteriores generaciones, dominadas por la ideología priísta-tercermundista, que se sentían muy orgullosas de que Welles pusiera al bueno del lado mexicano.
Hay en esta maldad y bondad en realidad un juego de espejos. Welles es malo porque siembra evidencias, pero mata con sus manos al peor de todos, un personaje siniestro que bien podría ser uno de los desquiciados de las películas de David Lynch. Heston es bueno porque sigue las enredadas leyes y al final no logra combatir la delincuencia.
La película es un cómic, con malos de ojos desorbitados y niños que inyectan droga a la bella esposa del héroe (por cierto, ¿quién es el héroe en esta película?). Las tomas en contrapicada hacen que las escenas se vean más irreales. Los escenarios de México son tan falsos que parecen reales, con sus montones de basura y decadencia.
La persecución final, con Charlton Heston corriendo de un lado para otro para acercar la antena al transmisor que ató a su nuevo aliado, es una de esas escenas que han vuelto famoso a Welles. Como la persecución en el parque de diversiones del Tercer Hombre (y su divertida recreación en Broadway Danny Rose, de Woody Allen), o la de los espejos en La dama de Shanghai (también con homenaje de Woody Allen, en Manhattan Murder Mystery).

Al final de este cómic, las preguntas quedan. ¿El mundo se divide sólo entre buenos y malos? ¿Entre gringos y mexicanos? ¿Cómo distinguimos a unos de otros?







Aunque muchos intelectuales no lo quieran reconocer, Ángeles Mastretta es importante porque encontró las historias de las señoras de clase media en el siglo pasado, víctimas del machismo y encerradas entre gruesas paredes de prejuicios, de las que sólo se podían liberar teniendo un amante en un cuarto arriba de un mercado.
La película Arráncame la vida, de la mejor novela de la Mastretta, le pone ganas: no recuerdo haber visto antes una recreación tan buena de Puebla y la ciudad de México de los años 30 y 40. Pero la historia es débil: ay, pobre de la esposa del cacique poblano, se atreve a rebelarse, ayuda a los pobres y a los perseguidos y lo más que puede hacer contra el machismo de su marido es tener un amante extremadamente refinado y director de orquesta.
Hay quien cree que hubo un complot en los Óscares para no darle el premio a este cuentito decoroso, con anécdotas muy muy locales y maldiciones que siguen causando risa nerviosa entre quienes no se han enterado que hace mucho que el cine de todo el mundo ya puede incluir palabrotas. No entiendo por qué las películas mexicanas deberían preocuparse por ganar el Oscar en lugar de ganarse el alma de México, pero basta ver los cortos de Departures para saber por qué no estuvo siquiera entre las finalistas del premio.



