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Qué divertidos eran los 60´s
¿Quién iba al cine en los años 60 del siglo pasado? Cada película es un desafío, o porque son demasiado alternativas o porque están tan metidas en su época -llenas de colores chillantes- que ahora resultan incomprensibles.

¿Recuerdas La fiesta inolvidable, Vaquero de media noche, El graduado? Alucinantes, alguna vez divertidas, enloquecidas. Uno no sabe si están criticando a los marihuanos o les están cantando una oda. Y es increíble: todas se hicieron entre 1967 y 1969. Quisiera ver que en tres años seguidos se hicieran tantas cosas tan memorables, con un sentido del humor tan extraño y que además atrajeran al público.

Pareciera que todo estaba a punto de derrumbarse por entonces. El respeto a los mayores, por ejemplo, en El graduado. Todos los mayores de 30 años eran absolutamente ridículos, con sus discursos rimbombantes como aquel en el que el papá le receta al hijo su teoría de que el plástico es la industria del futuro. Ser joven era ser bueno, aunque yo la verdad preferiría a Anne Bancroft -haciendo de cuarentona aunque sólo tenía 6 años más que Dustin Hoffman, que hacía de cuasi adolescente- que a Katharine Ross, la inocente e impoluta hija de familia.
Esas tres películas lograban algo: dar la apariencia de escandalizarse con los excesos psicodélicos cuando en realidad les hacían un gran homenaje.
En ese mismo trienio se coló Petulia, una extraña película con Julie Christie, de quien para entonces ya todos estaban enamorados, gracias a su Lara del Dr. Zhivago. Es muy difícil saber de qué se trata o siquiera dictaminar si es buena o mala. Hay un niño mexicano atropellado, un médico recién divorciado que se enamora de Petulia (Christie) y que podría llevarla por el buen camino, como caballero andante, y rescatarla de su raro y guapo marido, de quien sospechamos que la golpea. Pero Petulia es demasiado real y prefiere el sufrimiento a la vida perfecta.
La solución feliz, del príncipe azul que rescata a la princesa, tampoco sería posible. El médico da muestras de ser un berrinchudo de marca. Esos eran los 60, se atrevían a ser complicados, en lugar de filmar películas basadas en los gustos de un focus group de un estudio de mercadotecnia, como ahora parecen hechas la mayoría de las comedias. Y el villano de la película es nada menos que el héroe de cientos de familias clasemedieras, Richard Chamberlain, quien durante años tuvo a hombres y mujeres enamorados, en secreto o abiertamente, de su personaje del Dr. Kildare, el perfecto antípoda del actual Dr. House.
Todos encuerados

Pier Paolo Pasolini
No sé qué habrán dicho de Pasolini en su momento, pero atreverse a no quererlo debe haber sido algo valiente. En aquellos años todos querían Épater la bourgeoisie, y tal vez hubo un momento en que la resistencia a la cultura occidental se convirtió en realidad en la cultura dominante y cualquier manifestación en contra se veía como un atentado imperialista. No es que Pasolini se convierta en cultura dominante (ojalá), pero sí que algunos de sus snobs aficionados no se atrevían a ver que el emperador estaba desnudo.
Ya pasaron las pasiones y no creo que haya muchos además de mí que renten películas de Pasolini. De ver Las mil y una noches saco algunas cosas en claro:
1. Se nos acabó la fantasía. ¿Por qué ahora no nos quedamos con la boca abierta al ver un demonio que mantiene encadenada a una mujer y luego la descuartiza y convierte en mono a su amante?

2. Nos cansamos de ver desnudos. Pasolini era muy valiente, eso dicen, y entonces se atrevió a armar una película cuyo mayor valor era sacar jóvenes en desnudos frontales durante ¿cuánto? ¿15, 20 minutos seguidos?
3. Ya no queremos experimentar. Si algunas cosas de Pasolini se han vuelto viejas, no es culpa de él, sino de nosotros, que sólo queremos ver fórmulas probadas.
Al final, la película es de lo más entretenida. Es menos hermética que Teorema, que hasta la fecha no sé de qué se trata.
El Barón Munchaussen de los pobres
A la mejor ganar tantos Oscares le dio la oportunidad de estar en los cines, pero creo que los mexicanos de todos modos habríamos ido a ver esta película, porque Slumdog Millionaire es como Nosotros los pobres pero con canciones modernas. Horas y horas de “sana diversión” de ver a niños pobres correr de una desgracia a otra. Ya lo dijo Alice Miles, crítica del Times de Londres, esta película hace pornografía de la pobreza (http://www.timesonline.co.uk/tol/comment/columnists/alice_miles/article5511650.ece) y logra que se le considere comedia o una película para sentirse bien, con todo y que en ella una mafia se dedica a mutilar niños para obligarlos a pedir limosna y una madre muere quemada frente a sus hijos.
El protagonista es un nuevo Barón Munchaussen. Su historia es tan real que no queremos creerla. Como el Munchaussen que voló montado en una bala, este Jamal Malik sabe cosas que nadie creería que conoce un pobre, pero las aprendió de una manera diferente a como lo habrían hecho los eruditos que sí ganarían el premio.
Slumdog Millionaire es populista, ni modo. Es una buena fantasía, aunque algo deshilvanada. El libro es en realidad una serie de historias cortas, como Las Mil y una noches, unidas por las preguntas del concurso. Nos recuerda por qué nos encantan las historias con caballeros andantes y dulces doncellas. Como las muchas versiones de Munchaussen (las hay desde 1911 hasta la de Terry Gilliam, en 1988). O como el Gran pez, ese reencuentro con el padre, de Tim Burton.
El Barón Munchaussen de los pobres
A la mejor ganar tantos Oscares le dio la oportunidad de estar en los cines, pero creo que los mexicanos de todos modos habríamos ido a ver esta película, porque Slumdog Millionaire es como Nosotros los pobres pero con canciones modernas. Horas y horas de “sana diversión” de ver a niños pobres correr de una desgracia a otra. Ya lo dijo Alice Miles, crítica del Times de Londres, esta película hace pornografía de la pobreza y logra que se le considere comedia o una película para sentirse bien, con todo y que en ella una mafia se dedica a mutilar niños para obligarlos a pedir limosna y una madre muere quemada frente a sus hijos.

El protagonista es un nuevo Barón Munchaussen. Su historia es tan real que no queremos creerla. Como el Munchaussen que voló montado en una bala, este Jamal Malik sabe cosas que nadie creería que conoce un pobre, pero las aprendió de una manera diferente a como lo habrían hecho los eruditos que sí ganarían el premio.
Slumdog Millionaire es populista, ni modo. Es una buena fantasía, aunque algo deshilvanada. El libro es en realidad una serie de historias cortas, como Las Mil y una noches, unidas por las preguntas del concurso. Nos recuerda por qué nos encantan las historias con caballeros andantes y dulces doncellas. Como las muchas versiones de Munchaussen (las hay desde 1911 hasta la de Terry Gilliam, en 1988). O como el Gran pez, ese reencuentro con el padre, de Tim Burton.
Golpe de estado en Estados Unidos
Dicen que los estadounidenses son tan soberbios que ni expresión tienen para golpe de estado en inglés, y se quedan con el término en francés. Lo que sí tienen es una película viejísima que trata la posibilidad: Siete días en mayo, con Burt Lancaster, Kirk Douglas y Ava Gardner.

Por qué sirve verla:
- Tal vez para dar alguna clase sobre la Constitución estadounidense. A veces suenan a demagogia, pero los discursos del Presidente son como una clase de derecho constitucional. ¿Por qué hay que proteger a la democracia? ¿Por qué los ejércitos deben obedecer?
- Porque los discursos del presidente (representado por Fredric March) seguro inspiraron todos los demás discursos de película, que son acompañados de música patriótica. La mejor parodia de este tipo de arrebatos la hizo Tim Burton en Mars Attacks!

Ava Gardner
- Para ver los ojos de Ava Gardner. Ese mismo año, la Gardner hizo de dueña de un hotel en Puerto Vallarta, en La noche de la iguana. Entonces tenía 42 años y qué bien los aprovechaba Hollywood.
- Para entender cómo se puede utilizar una vieja aventura de un político o un general con una amante. Las cartas -o las conversaciones telefónicas ahora- eran el último proyectil en caso de que el general golpista no quisiera renunciar.
- Porque Kirk Douglas está en su papel de hombre duro, dispuesto a todo con tal de salvar a la patria. Yo digo que quiero ser Brad Pitt, pero no habría estado mal ser Espartaco y papá de Michael Douglas.
¿Qué hace el policía bueno del lado mexicano?

Charlton Heston
Una historia de dos policías. De un lado de la frontera, está el policía bueno, que cree que su deber es hacer que se cumpla la ley. Se define a sí mismo como un soldado al que no le gusta la guerra, pero que tiene que lucharla porque es su deber para encontrar la justicia. Del otro lado, el policía malo, que en cuanto tiene un sospechoso le siembra evidencias, para hacer más expedito su castigo.
Lo raro es que el policía bueno está del lado mexicano y, además, es Charlton Heston, el villano favorito de Michael Moore. El policía malo es Orson Welles, un gordo decadente, seguro sudoroso y muy efectivo, aunque poco ético, en su combate contra el bajo mundo.
En A Touch of Evil (que, como todos sabemos, en español significa “sed de maldad”), esos son los dos extremos. Me imagino a las anteriores generaciones, dominadas por la ideología priísta-tercermundista, que se sentían muy orgullosas de que Welles pusiera al bueno del lado mexicano.
Hay en esta maldad y bondad en realidad un juego de espejos. Welles es malo porque siembra evidencias, pero mata con sus manos al peor de todos, un personaje siniestro que bien podría ser uno de los desquiciados de las películas de David Lynch. Heston es bueno porque sigue las enredadas leyes y al final no logra combatir la delincuencia.
La película es un cómic, con malos de ojos desorbitados y niños que inyectan droga a la bella esposa del héroe (por cierto, ¿quién es el héroe en esta película?). Las tomas en contrapicada hacen que las escenas se vean más irreales. Los escenarios de México son tan falsos que parecen reales, con sus montones de basura y decadencia.
La persecución final, con Charlton Heston corriendo de un lado para otro para acercar la antena al transmisor que ató a su nuevo aliado, es una de esas escenas que han vuelto famoso a Welles. Como la persecución en el parque de diversiones del Tercer Hombre (y su divertida recreación en Broadway Danny Rose, de Woody Allen), o la de los espejos en La dama de Shanghai (también con homenaje de Woody Allen, en Manhattan Murder Mystery).

Al final de este cómic, las preguntas quedan. ¿El mundo se divide sólo entre buenos y malos? ¿Entre gringos y mexicanos? ¿Cómo distinguimos a unos de otros?
¿A qué hora se murió la izquierda?
¡Oh, sí! ¡Cómo se benefició el movimiento comunista de que ese campesino flaco se cortara la oreja para dársela al patrón! ¡Uf! Qué discursos tan aburridos, dignos de líder sindical mexicano, se avientan los revolucionarios italianos de este panfleto de Bertolucci.
¡Cómo cambian las cosas! Hace una eternidad, fui al cine a ver 1900 de Bernardo Bertolucci y me pareció la octava maravilla. Hoy, después de la caída del muro de Berlín (y de Wall Street), al verla en dvd me pareció que tanta ideología era de bostezo.

Portada Dvd
Lo que no pierde esta película es la fuerza de sus imágenes. 1900 es una serie de cuentos cortos pegados a fuerza con una débil historia -la relación entre dos niños nacidos el mismo día, uno caricatura de rico y el otro caricatura de pobre-. Bertolucci sabe contar historias con una sola pincelada, y aún así se da el lujo de hacer películas de varias horas. Algunos ejemplos: el chicle pegado en el barandal de El último tango en París (o ¡la mantequilla!), el gran balón amarillo y los soldados en el Templo Prohibido de El último emperador, las moscas cerca de los ojos de El cielo protector.
Cuatro imágenes de 1900, que hacen que uno aguante los discursos.
1. El niño Olmo sobre la mesa. Estos romanos están majaretas, diría Obelix. A sus descendientes tampoco hay quién los entienda con sus imágenes raras. ¿Alguien me puede explicar qué tiene que ver el animal marino del final de La Dolce Vita? Bueno, pero esa es otra historia. Tampoco se entiende mucho qué hace este niño caminando sobre la mesa de la familia pobre. Sospecho que es para decir que así está recibiendo la gran herencia familiar, que es el espíritu de lucha y de resistencia contra el opresor. (¡Arriba, parias de la tierra… en pie, famélica legión!).
2. La ciega insoportable. Dominique Sanda es la niña aburrida en medio de los pobres tan auténticos. Qué falsa y frívola suena la liberación de una mujer que sabe manejar frente a la lucha por la liberación del pueblo.

3. Depardieu y Robert De Niro en la misma cama. Y, según la versión del dvd al que tengas acceso, enseñando todas sus protuberancias. ¿Se habrán mostrado tan desnudos otros dos actores tan famosos en alguna película? Ni siquiera en Calígula.

4. Iba a decir que la escena del gato amarrado, que representa, según el malo malo, a los comunistas, pero hoy en tiempos de corrección política no se trata de elogiar el maltrato a los animales. Así que diré que Sutherland cada vez que sale. Este fascista es el peor de la historia del cine. Punto.
Pobre señora rica
Aunque muchos intelectuales no lo quieran reconocer, Ángeles Mastretta es importante porque encontró las historias de las señoras de clase media en el siglo pasado, víctimas del machismo y encerradas entre gruesas paredes de prejuicios, de las que sólo se podían liberar teniendo un amante en un cuarto arriba de un mercado.
Estas señoras mexicanas no tenían vidas tan trágicas como sus (múltiples) empleadas domésticas ni estaban sumidas en tradiciones tan inamovibles como las que han permitido tan buenas historias en la India, con mujeres que entran a una modernidad que no tiene espacio para ellas, como en el Dios de las pequeñas cosas (de Arundhati Roy) o en la mucho más cursi La ceremonia (de Mira Nair). Así que escribir sus historias dejaba, ¿cómo decirlo?, un buen nicho de mercado para literatura light.

Ángeles Mastretta
Bien por la Mastretta, que nos contó la historia de nuestras tías, abuelas o mamás. Y ya. No soy crítico literario, pero sospecho que Mastretta no es una de las grandes plumas de la literatura latinoamericana. Tampoco creo que sea tan odiosa como dicen esos escritores académico-nerds que se creen la salvación de la generación nacida a finales de los años 60.
La película Arráncame la vida, de la mejor novela de la Mastretta, le pone ganas: no recuerdo haber visto antes una recreación tan buena de Puebla y la ciudad de México de los años 30 y 40. Pero la historia es débil: ay, pobre de la esposa del cacique poblano, se atreve a rebelarse, ayuda a los pobres y a los perseguidos y lo más que puede hacer contra el machismo de su marido es tener un amante extremadamente refinado y director de orquesta.
Hay quien cree que hubo un complot en los Óscares para no darle el premio a este cuentito decoroso, con anécdotas muy muy locales y maldiciones que siguen causando risa nerviosa entre quienes no se han enterado que hace mucho que el cine de todo el mundo ya puede incluir palabrotas. No entiendo por qué las películas mexicanas deberían preocuparse por ganar el Oscar en lugar de ganarse el alma de México, pero basta ver los cortos de Departures para saber por qué no estuvo siquiera entre las finalistas del premio.
El infierno se llama México
¿Te imaginas andar por la sierra mexicana con un grupo de burros en los que cargas tu oro? En cualquier momento saldrán unos bandidos a llevárselos, atraídos tal vez por tus botas nuevas. Ese es el México de John Huston: un paraíso perpetuo habitado por buenos salvajes y salvajes a secas por el que se pasean gringos e ingleses que no entienden nada y que de alguna manera están pagando sus pecados de vidas pasadas.
México parece un paraíso. En Bajo el volcán, con Albert Finney, los pájaros nunca se callan para recordar cómo era la primavera en Cuernavaca (la película fue filmada en Yautepec, pero da igual). En La noche de la Iguana dos jóvenes descamisados pasean con sus maracas y guitarras y llevan la fiesta a todas partes. En El tesoro de la Sierra Madre, hay una exuberancia irresistible en la selva (se supone que es Hidalgo, pero en realidad es Michoacán).

Cartelón Original
Parece un paraíso pero claramente no lo es. Los mejores actores mexicanos de los 80 llevan al ex cónsul inglés a terminar de hundirse en el pecado en Bajo el volcán. Los jóvenes descamisados muelen a patadas al gringo que se quiere hacer el galán, al son (creo que) de la cucaracha. Richard Burton busca la redención en Puerto Vallarta (el cuento original es en Acapulco, pero ya se ve cómo son estas adaptaciones), y encuentra el infierno vigilado por el animal más bello (eso dicen de Ava Gardner), con las tentaciones de la juventud y de la mosquita muerta que representaba Deborah Kerr. Mientras tanto, la fuerza del trópico, o sea la iguana, espera desatarse de sus débiles amarras.
El personaje de Humphrey Bogart, de El Tesoro, encuentra al diablo que hay en él, a pesar de que dijo que la ambición no podría cambiarlo. Bogart es buenísimo, pero es mucho mejor cuando hace de malo. Y aquí es el malo malo.
Me habría gustado que hubiera un aniversario redondo que celebrar para tener un pretexto para recordar a John Huston y su relación con México. Los 45 años de La noche de la Iguana tal vez no sean un motivo tan poderoso. ¿Qué tal aprovechar todo ese ruido que hacen los medios últimamente, cuando hablan y hablan (supongo que por capricho) de la violencia de México? ¿Será posible que este paraíso de ángeles inocentes en traje de mariachi sea en verdad un infierno?













