El último día del periodo ordinario en el Congreso, el Presidente envió al Senado una iniciativa de reforma política cuyo propósito fundamental es fortalecer el presidencialismo vertical y autoritario en su forma más pura.
1. Cierre del año.
El cierre del año nos sorprende, otra vez, con acciones fulgurantes. Concluye finalmente el peor año en varias décadas en términos de desempeño político, económico y social para un gobierno federal. Quizá por ello la alusión a lo bueno que es que, al fin, haya terminado o bien, que 2009 haya sido el año en que los mexicanos hemos vivido en peligro, en palabras del presidente Felipe Calderón.
Para el gobierno, podrá haber sido un año horrible, pero para la gente, fue terrorífico. Todo fue en picada, mucho más allá de lo que pudiera haber sido proyectado o previsto. Para empezar, la economía se desplomó, pues el indicador general del crecimiento económico en los cálculos más optimistas, descenderá -7%, quizá llegue al -8%. Pero en las actividades industrial y comercial, que son finalmente las que generan más empleo, la caída es del orden del -20%, que significan casi un millón de empleos menos, aún cuando las cifras que el IMSS reporta hablan de unos 430 mil empleos netos perdidos.
En lo que respecta al renglón social, el impacto demoledor de la caída económica se percibe en el incremento en los niveles de pobreza observados. Seis millones de mexicanos más cayeron en situación de pobreza, revelando la compresión extrema a que están sometidas las clases medias, y en su participación en Copenhague el presidente de la República habló ya del 50% de la población en condición de pobreza. El resultado neto de una década perdida es, precisamente, el haber retrocedido en el nivel general de bienestar de la sociedad. Muy pronto estaremos conociendo que el ingreso per cápita se redujo, de unos 9 mil dólares en 2008, a, quizá, unos 6 mil dólares al cierre del año.
Por ende, tenía que ser, el gobierno federal y el partido en el gobierno perdieron las elecciones intermedias de una manera apabullante. El nivel de popularidad del titular del Ejecutivo Federal también se corrió a la baja, ubicándose en el orden del 50% que reportan las casas encuestadoras, si bien la evaluación de su gobierno está en el lindero del 20%. Lo que sucede es que se tiene un presidente más conocido que eficaz, como decía Roy Campos hace algunos meses, “un presidente popular con un gobierno a la baja”.
Es en base a esta popularidad que se desvanece, que el titular del Ejecutivo Federal decidió emprender una cruzada, en su momento de mayor debilidad, para, dijo, ahora sí ir a fondo e intentar lo imposible. Tal y como decía Daniel “el rojo” en la alborada de la rebelión de mayo de 1968 en Paris, en su célebre grito para “ser realistas y pedir lo imposible”.
Así, el Ejecutivo Federal le recetó a la población un alza generalizada de impuestos: más Impuesto sobre la Renta (pasó del 28 al 30%); mayor Impuesto al Valor Agregado (irá del 15 al 16% y del 10 al 11% en las fronteras); mayores impuestos a cerveza, tabacos labrados y bebidas alcohólicas; nuevos impuestos a telefonía móvil y fija, excepto Internet; precios deslizables para gasolina, luz, agua y gas en 2010.
En materia presupuestal, en un hábil juego de chantaje y zanahorias, el Ejecutivo Federal logró lo imposible, que es sostener el incoherente altísimo nivel del gasto corriente y la dilapidación de los ingresos petroleros. Con tantos nuevos pobres, el gobierno federal decidió aplicar más recursos a los programas sociales para no permitir que se mueran de hambre, coincidiendo con la estrategia para movilizar votantes el superdomingo electoral de julio de 2010, en que habrán de renovarse 12 gubernaturas. Aparentemente, los Estados tendrán más recursos en participaciones federales, con el pequeño detalle de que tales recursos podrían ser ministrados a destiempo, como suele suceder con los calendarios del ejercicio presupuestal.
2. Iniciativa presidencial para una reforma política presidencialista.
Para cerrar con broche de oro, el último día del periodo ordinario en el Congreso, el Presidente envió al Senado una iniciativa de reforma política cuyo propósito fundamental es fortalecer el presidencialismo vertical y autoritario en su forma más pura. De aprobarse ésta, ahora sí, todos los mexicanos viviríamos permanentemente en peligro extremo, pues dependería del arbitrio y el humor del presidente en turno el sesgo que tomaran las cosas. Hay ejemplos a la vista, Hugo Chávez es uno de ellos, con un presidencialismo en Venezuela construido a modo.
En América Latina y en los países ex soviéticos, se ha dado una discusión sobre la mejor construcción institucional disponible. Es una discusión entre lo que se conoce como “decisionismo”, en el sentido de que lo importante es que exista un gobernante capaz de tomar decisiones, frente a lo que se ha llamado el “deliberacionismo”, que es lo propio de un Congreso, de una representación política que debe debatir cuestiones, dirimir problemas y pactar acuerdos, en donde lo relevante es construir decisiones que cuenten con consenso y apoyo legislativo.
El decisionismo al extremo es Hugo Chávez, quien mejor prescindió del Congreso y lo subordinó creando milicias y desmontando toda la estructura política venezolana, además de depauperar a las clases medias y ahora existe prácticamente un solo tomador de decisiones, eso que en otros tiempos llamamos un dictador.
Eso es lo que podría configurarse en México, de aprobarse una reforma política decisionista. La segunda vuelta electoral sólo construye una ilusión de mayoría, al sumar segundas preferencias a la primera intención del voto, construyendo una mayoría ficticia. Se pretende corregir este efecto con otra medida peor, que es el realizar una segunda vuelta corriendo las elecciones legislativas a la misma fecha, para que la elección presidencial ejerciera un efecto de arrastre y construyera una mayoría legislativa. Pero esto es sólo un supuesto, nada garantiza que así sucediera, o más bien, también podría suceder que no obstante la segunda vuelta, no se construyera una mayoría legislativa, dado que las circunscripciones electorales son diferentes. En la elección nacional, impactan las apariencias y la información disponible es más imperfecta que en los distritos locales, donde pesan más los candidatos y la información y conocimiento del elector es más precisa.
Luego, tras modificar la regla de mayoría que le puede permitir a un presidente autoritario simplemente prescindir de la oposición y gobernar a su antojo, se plantean poderes excepcionales adicionales, en lo que podía ser considerado como hacer constitucionales los poderes de facto que otrora poseían los presidentes de la llamada era imperial o del partido hegemónico. Imaginemos qué haría un presidente con poderes de veto y reconducción presupuestal y en la Ley de Ingresos, prácticamente aplicaría los impuestos que se le ocurrieran, además de que jamás estaría obligado a rendir cuentas. Más aún, si obtuviera el poder de publicar parcialmente aquellas leyes cuyas observaciones, realizadas por él, no hubiesen sido superadas, es decir, aprobadas en el Congreso. El sumo legislador sería, por supuesto, el Presidente.
3. Más poderes de excepción.
Si a ello se le añade una concepción de la iniciativa preferente, en donde el presidente de la República tendría derecho a presentar dos iniciativas de ley al inicio de cada periodo ordinario de sesiones con obligación de ser dictaminadas y votadas en el mismo periodo, pero si por alguna razón no sucediera esto, se consideraría afirmativa ficta y, en el caso de las reformas constitucionales, deberían ser sometidas a referendo general. Tal aberración, el pensar y proponer que pudiera existir la afirmativa ficta en reformas legales, sólo es posible en el absurdo. No sería muy difícil imaginar una serie de triquiñuelas y maniobras para propiciar la situación que se plantea como si nunca fuera a presentarse, para lograr que pasaran sobre el Congreso medidas polémicas o arbitrarias.
En estricto sentido, se olvida que la vida política moderna, que iniciara más o menos a partir de la Revolución Inglesa de 1650, cuando el Parlamento sometió al Rey a la rendición de cuentas y la aprobación anual de los impuestos y el presupuesto, se origina con el planteamiento central de someter al Ejecutivo al control constitucional, la responsabilidad política y la rendición de cuentas. “No más impuestos sin representación” quería decir que la representación nacional tenía que conocer y aprobar las cosas, no sólo conocer lo que el rey, mandante absoluto, decidía hacer. Después, la división de poderes establecería, precisamente, el sistema de pesos y contrapesos mediante los cuales el Ejecutivo aplica las leyes, el Legislativo delibera y redacta leyes, pero además ejerce el control constitucional, y el Judicial imparte justicia.
Los planteamientos decisionistas son, en realidad, una regresión. Lo que se requiere, conforme al desarrollo político e institucional moderno, es establecer una funcionalidad apropiada entre los poderes del gobierno, porque el argumento de que el problema de México es que no se toman decisiones, es incorrecto. En realidad, lo que no se toman son decisiones correctas, y la solución no puede ser el facultar a quien toma malas decisiones para seguirlas tomando. Las mejores decisiones surgen después de haber deliberado y discutido las opciones, lo cual puede ser tan rápido y eficiente como lo sean los instrumentos disponibles para ello. Si el Presidente quiere tomar más decisiones y ser más eficiente, ¿por qué no propuso dotarse de voz en el Congreso, para acudir y deliberar, presentar iniciativas, promoverlas y defenderlas? ¿Por qué no propone una reforma presupuestaria, para que los ciudadanos sepan en qué piensa gastar los impuestos que le va a aplicar? ¿Por qué no se somete a la rendición de cuentas, estableciendo anualmente qué es lo que piensa hacer para cumplir sus promesas y compromisos ante los gobernados a efecto de que pueda ser evaluado?
4. La forma es fondo.
Políticamente, decía don Jesús Reyes Heroles, la forma es fondo. Si viendo el fondo, es posible percibir que se ha planteado una reforma imposible, viendo la forma, esta presunción se confirma. En términos de técnica legislativa, hay varios principios que ayudan a la dictaminación y deliberación de las iniciativas. Uno de ellos, fundamental, es que las iniciativas se presenten en tiempo y forma. ¿Cómo se quiere que se apruebe una reforma que se presenta el último día de sesiones del periodo ordinario? ¿Una reforma que, por su trascendencia, requiere de un proceso de maduración largo?
Lo segundo, es que la iniciativa recoja en la exposición de motivos los argumentos que permitan sustanciar la o las propuestas de cambio. En la exposición de motivos de la iniciativa enviada por el presidente, no existe una sola alusión a un precedente de la máxima importancia en el inmediato pasado, como es la Ley para la Reforma del Estado, a cuyo amparo se constituyó la Comisión Ejecutiva de Negociación y Construcción de Acuerdos (la CENCA, que sí se menciona al paso en un renglón de la referida exposición de motivos), se planteó una agenda de diálogo, los partidos presentaron sus propuestas para la reforma del Estado, los ciudadanos y expertos realizaron sus aportaciones y mediante el método establecido de diálogo, acercamiento de las posiciones y construcción de los acuerdos, se presentaron iniciativas completas como para haber reformado la Constitución y la legislación secundaria en materia electoral, en la reforma del Poder Judicial y en las bases para la rendición de cuentas. Más aún, todos y cada uno de los temas abordados, fueron presentados en el marco regulatorio de la Ley para la Reforma del Estado.
En estas ideas abrevó la propuesta de las “ocho erres” que realizara el senador Manlio Fabio Beltrones, la cual, por cierto, tampoco es referida en la iniciativa en comento, no obstante que, por sus omisiones, es la que el presidente pretende combatir. Peor aún, la iniciativa presidencial comete el error, en verdad craso, de presentar una iniciativa con diez apartados disímbolos entre sí, pues uno atañe a la regla de mayoría y es, por ende, de naturaleza electoral; otro, atañe a las atribuciones del Presidente de la República, con lo que es materia de la organización del gobierno; un tercer set de planteamientos alude a ampliar el cauce de la participación ciudadana, que es, nuevamente, una materia electoral; otro tiene que ver con la integración del Congreso, que es materia parlamentaria, y uno más busca impactar en la organización de la vida de los Estados, al proponer la reelección de los munícipes y los legisladores locales; en otro, recorta la vida de los partidos y a los partidos mismos, y uno más atañe a las atribuciones del Poder Judicial. Todo, abigarrado al vapor en una sola iniciativa de reformas constitucionales.
La técnica parlamentaria más depurada sugiere presentar cada uno de los apartados en una iniciativa por separado, pues el proceso de análisis y dictaminación requiere de la participación de los involucrados. Si se recuerda, al amparo de la Ley para la Reforma del Estado se fue avanzando en la construcción de las propuestas tras concitar la participación de los actores relevantes y la sociedad, tal y como preveía la convocatoria de la ley.
Cierto, la forma es fondo. Tal y como fue presentada, la iniciativa de reformas constitucionales fue enviada al Congreso para provocar su rechazo y exponerlo mediáticamente como un poder que se opone a los cambios. En el fondo, los autores intelectuales de esta iniciativa subrayan que, en realidad, de lo que se trata es de discutir las ideas y llevarlas a la próxima elección presidencial como referéndum, buscando que las recogiera el único partido que puede hacerlo, que es el PAN. En la forma y el fondo, lo que se estaría buscando es que el referéndum en la elección presidencial del 2012 fuese el evitar el retorno del PRI a la Presidencia de la República. Tal y como lo fue en el 2000 el sacarlo de Los Pinos y en 2006 el combatir el “peligro para México”.
5. La muerte de un capo.
La muerte del llamado “jefe de jefes”, la cúspide de la familia Beltrán Leyva, Arturo, obliga, por las circunstancias en que se dio, a exigir la captura de las cabezas del cártel beneficiario, que es el que, según la revista Forbes, encabeza Joaquín Guzmán Loera, alias “el Chapo”, a quien también se le ve cotidianamente transitando por Culiacán o Guadalajara sin aparente molestia, y de quien el obispo de Durango, monseñor Héctor González Martínez, dice que todo saben en donde está y dónde vive, en Guanacebí, en pleno “triángulo dorado” de la sierra duranguense.
Sólo la enorme corrupción y complicidad de las autoridades federales y locales puede explicar que uno de los narcotraficantes más buscados por todas las policías, viviera en pleno corazón de la ciudad de Cuernavaca, Morelos, sin que nadie se diera cuenta, supiera o siquiera sospechara algo. A sólo unos metros de la casa del gobernador. En realidad, los expertos en la materia saben que cuando un capo cae, otro lo sustituye de inmediato, porque ellos no son la causa sino el efecto del tráfico de drogas.
La verdadera causa de este fenómeno criminal está en el mercado, en las leyes de la oferta y la demanda. En este caso, la demanda está en los Estados Unidos, el principal centro de consumo donde un kilogramo de cocaína cuesta unos 35 mil dólares, en tanto que en Colombia, ese mismo kilogramo se consigue en 5 mil dólares. Los traficantes, en el traslado, se ganan 30 mil dólares por kilogramo, lo que constituye el más poderoso aliciente para este negocio corruptor y violento. Del otro lado vienen las armas con las que los narcotraficantes se enfrentan al Estado; también del otro lado vienen los dólares con los que se compra a los policías de todas las corporaciones –sean municipales, estatales o federales—así como a los miembros de las fuerzas armadas tras un cierto tiempo de contacto con ellos. Por las fronteras pasa todo, los insumos para procesar la droga, las armas, los dólares y hasta los sicarios, muchos de los cuales son entrenados o reclutados en el extranjero.
Por eso, ahora que ha muerto Arturo Beltrán Leyva, muy pronto otro capo, de su propia organización o de alguna de las adversarias, habrá de tomar su lugar. Si lo hace “el Chapo” Guzmán, crecerá también la sombra de la connivencia de este cártel con las autoridades.
