Muchas son las anécdotas que he escuchado sobre la importancia de la Secretaría de Salud en todos los ámbitos de la vida nacional, sobre todo en aquellos en los que la salud pública -en el concepto definido por los ideólogos de la Revolución francesa- definen el carácter de un gobierno, de un régimen, de un momento histórico por el respeto a la legalidad.
Oí de boca del general José Gómez Huerta -lo que después me ratificó Donato Miranda Fonseca- cómo el semental que el gobierno argentino obsequió al presidente Adolfo López Mateos hubo de pasar por inevitable cuarentena antes de ingresar al país, pues México recién daba por concluido el combate a la fiebre aftosa. El general y quien fuese secretario de la presidencia fueron testigos mudos de cómo el presidente de la República se plegó a las exigencias sanitarias de la entonces Secretaría de Salubridad y Asistencia.
Lo anterior viene a cuento por las declaraciones del general secretario de la Defensa Nacional, acerca del momento en que la confrontación armada en contra de los cárteles y sus sicarios ha de concluir, porque a la fiesta de las balas ha de sustituirla la imaginación, la inteligencia, la preparación de los mexicanos para prevenir e inhibir el consumo de las drogas clásicas y de las de diseño, pues quienes están en ese negocio de inmediato sustituyen lo que ya no se vende para tener, siempre, consumidores débiles en voluntad y fáciles para la entrega del dinero.
El combate al narcotráfico ha de modificarse, y para ello es necesario que las políticas públicas diseñadas por el Ejecutivo incluyan ya la participación del doctor José Ángel Córdova Villalobos y, quizá, de especialistas de la UNAM y otras universidades que puedan aportar proyectos, programas y estrategias para la prevención e inhibición en el consumo de estupefacientes de todo tipo.
Es sensata la declaración del secretario de Salud formulada durante la reunión bilateral México-Estados Unidos sobre reducción de consumo de drogas. En Washington el doctor Córdova Villalobos apuntó: “”En México, y eso quiero enfatizarlo de manera amplia, hay un claro consenso para mantener la penalización del cultivo, del tránsito, de la posesión, comercio o del consumo de sustancias identificadas en las convenciones internacionales como peligrosas”, dijo, y subrayó: “estamos convencidos en que la legalización del consumo de drogas es un evento no sólo peligroso y lejano sino inviable en términos prácticos. Las drogas no son peligrosas por ser ilegales, son ilegales porque son peligrosas”.
Es el punto de vista médico, sanitario, que como muestra la anécdota narrada, ha de prevalecer sobre la política y la represión, por lo que propongo, sugiero que a la evaluación presentada por el secretario de Salud en Washington se le acuerpe, se le desarrolle, se le presente a la sociedad a través de los más valiosos e inteligentes de sus hijos, los estudiantes que comentarán con sus padres lo que puede causarles el consumo de estupefacientes.
¿De qué manera? Un selecto grupo de médicos, docentes y especialistas en derecho penal, debiera proceder a conceptuar y redactar para alumnos de primaria y secundaria, un muestrario de lo que pudiera suceder con sus vidas de vencerse a la debilidad del narcoconsumo. Dichas prevenciones deben incluirse en los libros de texto gratuitos y en los que consumen las escuelas de enseñanza particular, para que sean los niños y los adolescentes los portadores del mensaje de salud a sus domicilios, a sus familiares, a sus amigos.
A esta tarea pudiera sumarse la de los Centros de Integración Juvenil, que debe extender sus propuestas a las casas de estudio de nivel medio superior, para que conferencistas preparados en esos Centros de Integración puedan mostrar con toda su crudeza cuáles pueden ser las consecuencias de consumir estupefacientes y entregarse a todo tipo de adicciones.
Deben meditar las autoridades que conforman el gabinete de seguridad, si no ha llegado ya el momento de sustituir las balas por la inteligencia, la violencia por los libros, la sangre derramada por el conocimiento y la prevención, el lavado de dinero por el pleno empleo, la anomia social por la participación.
No se trata de llegar a acuerdos con los barones de la droga, que son ya un poder, sino de cambiar de estrategia para dar a la sociedad un respiro, porque debe fijar su atención en la reforma del Estado, lo mismo que los tres poderes, en lugar de dedicarse a sumar el número de víctimas directas y sus colaterales.
