Enredados están los promotores de Discutamos México, por la propuesta, por su significado en los días que corren —guerra civil de baja intensidad en contra de delincuentes que sueñan con adueñarse del poder; escisión en las funciones de la institución presidencial; transición trabada por los intereses de los poderes fácticos; tutelaje político del gobierno de Estados Unidos; injerencia de los organismos financieros internacionales en la economía del país, por citar las angustias más dolorosas— y porque el pasado está lo suficientemente revisado como para que los actores políticos desconozcan por dónde ha de cambiar el modelo del sistema político de la nación.
Abundan novelas y ensayos sobre las imposturas políticas mexicanas. Recordemos algunos títulos: La sombra del caudillo; El Águila y la serpiente; La rebelión de los colgados; Rosa blanca; Posdata; La Revolución traicionada; México ante Dios; México acribillado; México Negro; Crimen de Estado; El llanto del lobo; La noche de Tlatelolco; Ideología de la Revolución Mexicana; Los presidentes; Tiempo mexicano, y la serie de ensayos de Daniel Cosío Villegas sobre las deficiencias de nuestro sistema.
Abundar sobre el tema, entonces, es una pérdida de tiempo. Por el contrario, hay quienes ya trabajan, estudian, investigan la manera en que ha de continuarse la transición, conscientes de que si no se culmina, el futuro de México estaría más cerca de la pobreza endémica que de una reiterada oferta de riqueza a compartir entre todos.
Lo primero que han de entender el presidente constitucional Felipe Calderón y sus promotores culturales e ideológicos —Consuelo Saízar y Jorge Volpi, Alonso Lujambio y Josefina Vázquez Mota— es que ser jefe de Estado, pero no jefe de gobierno, en nada desdora su tarea histórica y en nada desmerece su estatura política. La razón es simple: el Estado permanece, trasciende, supera dificultades, es la esencia y la fuerza de la nación, es ancla de la alteridad que permite y alienta una identidad nacional capaz de insertarse en la globalización y no dejar de ser.
Por el contrario, el gobierno tiene fecha de caducidad, plazo histórico e inclusive judicial. El gobierno se disuelve, como se puede decretar la disolución del Congreso, o como en 1994-1995 se determinó la disolución de la Corte. Será el jefe de gobierno quien dé la cara a la sociedad y a la ley ante el incumplimiento constitucional de sus funciones, de ahí que como lo informara La Jornada, idean ya juristas de la UNAM un Consejo de Estado que apoye y asesore al presidente. ¿Por qué no un Consejo de gobierno? Muy fácil, los presidentes mexicanos, todos, han gustado más de las tareas gubernamentales que de las responsabilidades del Estado; han sido más Nicolás Sarkosy que Charles De Gaulle.
No piensen que los integrantes del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM proceden motu proprio; se dedicaron a esa labor por encargo del Senado —a través del Instituto Belisario Domínguez—, y lo que proponen es “la creación de un Consejo de Estado que a partir de septiembre próximo apoyaría al Presidente de la República en <<su función de jefe de Estado>> y, junto al gabinete, aconsejarle y gestionar lo que tenga que ver con el gobierno a partir de 2012”; por lo que entiendo las cartas están echadas y esa propuesta es del conocimiento de todas las fracciones parlamentarias, pero lo que no queda claro es si ese Consejo de Estado es un instrumento permanente o transitorio, para sólo consolidar una ya urgente transición.
Naturalmente la propuesta de los universitarios no se limita a aconsejar, va mucho más allá, es ambiciosa y permite comprender que el cambio es urgente, tan urgentemente necesario como modificar la percepción que tiene el actual inquilino de Los Pinos de sus funciones, para revaluar las tareas del Jefe de Estado, quien se convertiría en supervisor de las funciones y su cumplimiento, del Jefe de Gobierno.
¿Lo harán?

A reserva de conocer cada una de los páneles o mesas y sus integrantes, si se pudiera generar un debate y una actitud amplificadora de algunas ideas para permear en el inconsiente colectivo, quizás el sentido explorativo más que conmorativo del bi y el centenario tendría, acaso, una motivización. Pero lo que sí es cierto, más allá de un anhelo liberal -y liberales bienintencionados lo suscitan- requerimos debatir, confrontar ideas e idear otras. No nos negemos de entrada a ese plato, y utilicemos las herramientas de la democracia, sobre todo en estos momentos de nebulosidad ideológica, para centrar los grandes problemas nacionales. Digo, ingenuamente, digo.
Comment by HA Palma — January 21, 2010 @ 1:22 pm