No debe asombrarnos que George W. Bush sostuviese, afirmara que Dios le habló, porque debido a la responsabilidad que él creyó poseer, su referente sólo pudo ser la divinidad; sin embargo, pienso que el padecimiento sufrido por el presidente de Estados Unidos más tuvo que ver con la tontería común que con su supuesta relación con Dios, porque si recordamos las fotografías, sus actitudes después de atragantarse con un pretzel, no queda sino asumir que el huésped principalísimo de la Casa Blanca sólo hizo como que la Virgen le hablaba.
María Zambrano lo explica así: “No en todos los hombres es capaz la conciencia de realizar el largo y paciente trabajo de reunir las posibilidades, los conatos de alma, alrededor de un nuevo proyecto de vida único, de unificar las diversas almas y conatos de alma en una persona, al modo de la diosa Atenea, convirtiendo en cualidades los medios-seres que se agitan en las profundidades del interior de toda vida; de encontrar la ley que sea, al par, proyecto creador.”
Escribe por aproximación María Zambrano. La propuesta consiste en asumir nuestra propia responsabilidad en lo que a nuestro destino, futuro, fracaso o éxito se refiere. Es cuestión de decisiones. Decidir es elegir, o viceversa, y así llegamos al principio de razón, de alma, de vida.
Pero, ¿el exiliado, el trasterrado, el desterrado, el migrante, el ilegal, el chicano, puede ser sujeto de rescate? La teología cristiana, el marianismo, sostienen que sí, como se propone en la Salve, cuando los desterrados hijos de Eva suspiran, ruegan, suplican para que María, madre de Dios, interceda por los suplicantes con el propósito de lograr el cumplimiento de la promesa de trascender esta vida humildemente humana.
El exilio todo lo trastoca. Por lo pronto deja de lado la identidad nacional. El expulsado de su patria padece un esquinazo de su referente, y para aliviarse ha de reconceptuar su propuesta de alteridad. En Los bienaventurados María Zambrano nos propone esta reflexión: “Y mientras tanto aquí mismo se da la soledad. La soledad incompleta del ser a medias logrado, la soledad que gime y se revuelve contra su suerte, exasperándose en su esperanza, cegando la fuente misma de la esperanza por la impaciencia que tampoco le es imputable porque le ha sido negado el horizonte.”
De cualquier manera presiento, atisbo una ausencia porque al limitarse el horizonte, al carecer de él, carecemos de futuro y, definitivamente no puede ser, porque desde el grito primario con el que llamamos al aliento, a la vida, al instante de nacer, todo nos “prepara para ver y ser vistos”, a pesar de la alteridad perdida en cuanto los perseguidos por sus ideas, por su trabajo, por sus denuncias, dejan de ser referentes para aquellos que permanecen en casa mientras los expulsados van al exilio.
Cierto es que también el que anda huido —de su responsabilidad constitucional, o para no caer en la cárcel— encuentra, goza de ciertas compensaciones sólo concebibles cuando se tiene la capacidad de reconceptuar la alteridad y mantener los referentes ideológicos, espirituales, éticos que permiten hablarse de tú a tú con el próximo, aunque el idioma nacional que recibe al exiliado sea diferente al de la madre patria.
Luego, el rescate, la fuerza del ser y el ser a fuerza, porque de otra manera efectivamente el que se queda afuera permanece en vilo —del espacio de la nación y del poder político— y, a poco, puede irse a pique si no tiene un aliento, una mano, una gracia, una merced que lo sostenga, y hablamos con ello de apoyos humanos y divinos, los que permiten comprender que es “el exiliado el que más se asemeja al desconocido, el que llega, a fuerza de apurar su condición, a ser ese desconocido que hay en todo hombre y al que el poeta y el artista no logran sino muy raramente llegar a descubrir”.
Al fin la sorpresa que acota, condena y define el entorno, el quehacer de los actores políticos, de las administraciones públicas, personajes ficticios, imposturas vivas que construyen sus máscaras sobre la realidad tangible, pero con el lenguaje de la ficción, de la no existencia, que en una analogía sin desdoro nos permite colegir la verdadera identidad de quienes se disfrazan para mandar.
Luego, el corrido del “Hijo desobediente”, la terca entereza para combatir lo que no va a desaparecer porque la realidad superó las expectativas de la creación de empleos, del crecimiento económico, e imposibilitó encontrar las condiciones sociales y políticas para continuar la transición, de allí la soledad del que se despoja de su verdadera identidad para esforzarse en gobernar un país sin gobernabilidad.
