Elocuentes son las palabras, el tono, el gesto, la mirada, la actitud del presidente Felipe Calderón desde hace al menos dos meses, pero la cereza en el pastel es la fotografía de la primera plana de La Jornada del viernes último. Lo muestra durante la reunión del Consejo Nacional de Seguridad Pública efectuada el jueves 26 de noviembre: hay desencanto y frustración, pero sólo él es responsable.
Reproducción de antiguas cartas —como la enviada por Carlos Castillo Peraza—, referencia de viejas conversaciones, infidencias que indican actitudes y olvidos —como lo narrado en Secuestrados— y secretos descubiertos, dejan en los gobernados la sensación de tener en la presidencia de la República a un desconocido, a un político imposibilitado anímicamente para reconocer errores y omisiones y ser capaz de rectificar. Es el sincretismo entre la infalibilidad papal y la presidencial.
Está bien comprometerse en combatir la delincuencia organizada sin cuartel, en no llegar a los extremos ni ceder en los compromisos, pero lograr el éxito está en el modo de acometer la acción, en el plan como política pública, no en el pronto. Veamos. Nuestra nación, que no es gran productora —al menos no a los niveles de Colombia, Perú, Bolivia, la hidroponia de Estados Unidos— de estupefacientes ni de drogas de diseño, ¿debe combatir el tráfico, el narcomenudeo, o hacer todo lo posible por inhibir, desterrar el consumo, puesto que lo que no se usa, no se vende? Dicen que en 75% se ha incrementado el número de consumidores en México en los últimos tres años. Para acotar, disminuir, desterrar el narcotráfico del suelo patrio, sólo hay que empeñarse en diseñar, implementar y vigilar el cumplimiento de la política pública más difícil: inhibir el consumo. Ni el magisterio nacional, ni las ONG, ni los planes educativos, ni los medios, vamos, nadie ha presentado un programa coherente para evitar que los niños y los jóvenes mexicanos se conviertan en adictos. ¿No será que la adicción es una consecuencia de la globalización y las actuales políticas públicas? ¿Qué determina la causa social, cultural, económica y anímica para que una persona en apariencia normal se convierta en adicta? ¿Si ya la determinaron, saben cómo combatirla?
Combaten el narcotráfico y no inhiben el consumo. Atacan las consecuencias: la violencia en las calles y la inseguridad pública, pero no el origen, porque hay un problema estructural y sistémico en el modelo político y de desarrollo mexicano. Al sustituir la transición con la alternancia fueron incapaces de reformar al Estado, y para combatir a sus enemigos pretenden, aspiran a colar la loza para levantar la torre del bicentenario, cuando ni siquiera han puesto los cimientos.
La seguridad nacional, las reformas exigidas por y para la transición, la transformación de un Estado presidencialista -que ya no lo es- en cualquier otra cosa, pero que dé cauce a la democracia hoy inexistente, es lo primero que ha de definirse para tener éxito en las políticas públicas, en la permanencia de la idea de patria. No se puede combatir la delincuencia del siglo XXI con un arsenal legal del siglo pasado; no se puede reformar al Estado con una base constitucional que no lo sustenta ideológica ni legalmente.
Deben de determinar entonces qué quieren poner en lugar del presidencialismo, primero, y después conceptuar y concebir el andamiaje constitucional y legal del siglo XXI, de la globalización, de las nuevas y modernas exigencias para que México cumpla con su destino.
Es en ese espacio que ha de moverse Felipe Calderón, para que la inseguridad pública no se convierta en su dolor de cabeza, para que las hipótesis de los analistas, los filósofos, los pensadores políticos nos permitan meditar en lo escrito por Juan José Saer: “En épocas anteriores, los gobiernos representaban diferentes sectores sociales y económicos y la ideología que proferían concordaba con esos intereses; en la actualidad, no representan sino que imponen una visión abstracta del mundo que, si pudiese, borraría hasta las objeciones más insignificantes. La fobia a la objeción es el resultado de un apriorismo genérico sobre la naturaleza humana”.
Releída la cita, la conclusión es inevitable: pueda ser que Carlos Castillo Peraza tuviese razón.
