La Costumbre del Poder

Inseguridad pública, el dolor de cabeza

November 30, 2009

— 12:00 am


Elocuentes son las palabras, el tono, el gesto, la mirada, la actitud del presidente Felipe Calderón desde hace al menos dos meses, pero la cereza en el pastel es la fotografía de la primera plana de La Jornada del viernes último. Lo muestra durante la reunión del Consejo Nacional de Seguridad Pública efectuada el jueves 26 de noviembre: hay desencanto y frustración, pero sólo él es responsable.

Reproducción de antiguas cartas —como la enviada por Carlos Castillo Peraza—, referencia de viejas conversaciones, infidencias que indican actitudes y olvidos —como lo narrado en Secuestrados— y secretos descubiertos, dejan en los gobernados la sensación de tener en la presidencia de la República a un desconocido, a un político imposibilitado anímicamente para reconocer errores y omisiones y ser capaz de rectificar. Es el sincretismo entre la infalibilidad papal y la presidencial.

Está bien comprometerse en combatir la delincuencia organizada sin cuartel, en no llegar a los extremos ni ceder en los compromisos, pero lograr el éxito está en el modo de acometer la acción, en el plan como política pública, no en el pronto. Veamos. Nuestra nación, que no es gran productora —al menos no a los niveles de Colombia, Perú, Bolivia, la hidroponia de Estados Unidos— de estupefacientes ni de drogas de diseño, ¿debe combatir el tráfico, el narcomenudeo, o hacer todo lo posible por inhibir, desterrar el consumo, puesto que lo que no se usa, no se vende? Dicen que en 75% se ha incrementado el número de consumidores en México en los últimos tres años. Para acotar, disminuir, desterrar el narcotráfico del suelo patrio, sólo hay que empeñarse en diseñar, implementar y vigilar el cumplimiento de la política pública más difícil: inhibir el consumo. Ni el magisterio nacional, ni las ONG, ni los planes educativos, ni los medios, vamos, nadie ha presentado un programa coherente para evitar que los niños y los jóvenes mexicanos se conviertan en adictos. ¿No será que la adicción es una consecuencia de la globalización y las actuales políticas públicas? ¿Qué determina la causa social, cultural, económica y anímica para que una persona en apariencia normal se convierta en adicta? ¿Si ya la determinaron, saben cómo combatirla?

Combaten el narcotráfico y no inhiben el consumo. Atacan las consecuencias: la violencia en las calles y la inseguridad pública, pero no el origen, porque hay un problema estructural y sistémico en el modelo político y de desarrollo mexicano. Al sustituir la transición con la alternancia fueron incapaces de reformar al Estado, y para combatir a sus enemigos pretenden, aspiran a colar la loza para levantar la torre del bicentenario, cuando ni siquiera han puesto los cimientos.

La seguridad nacional, las reformas exigidas por y para la transición, la transformación de un Estado presidencialista -que ya no lo es- en cualquier otra cosa, pero que dé cauce a la democracia hoy inexistente, es lo primero que ha de definirse para tener éxito en las políticas públicas, en la permanencia de la idea de patria. No se puede combatir la delincuencia del siglo XXI con un arsenal legal del siglo pasado; no se puede reformar al Estado con una base constitucional que no lo sustenta ideológica ni legalmente.

Deben de determinar entonces qué quieren poner en lugar del presidencialismo, primero, y después conceptuar y concebir el andamiaje constitucional y legal del siglo XXI, de la globalización, de las nuevas y modernas exigencias para que México cumpla con su destino.

Es en ese espacio que ha de moverse Felipe Calderón, para que la inseguridad pública no se convierta en su dolor de cabeza, para que las hipótesis de los analistas, los filósofos, los pensadores políticos nos permitan meditar en lo escrito por Juan José Saer: “En épocas anteriores, los gobiernos representaban diferentes sectores sociales y económicos y la ideología que proferían concordaba con esos intereses; en la actualidad, no representan sino que imponen una visión abstracta del mundo que, si pudiese, borraría hasta las objeciones más insignificantes. La fobia a la objeción es el resultado de un apriorismo genérico sobre la naturaleza humana”.

Releída la cita, la conclusión es inevitable: pueda ser que Carlos Castillo Peraza tuviese razón.

Poder, sincretismo y delincuencia

November 27, 2009

— 12:00 am

El sincretismo es polimorfo y corre en varios sentidos. Resulta ingenuo pensar que sólo se refiere a la religión, a la filosofía o a la asimilación de costumbres diversas que hacen evolucionar o involucionar una idiosincracia. El más antiguo, el que se renueva y permanece, es el establecido entre la divinidad y sus adoradores, entre el hombre y lo sagrado; es decir, entre el poderoso y sus súbditos, o entre el que manda y quien le otorga la merced del poder.

Los dioses descendían del Olimpo a tener comercio carnal con sus criaturas; los hombres de poder siempre han soñado en alcanzar la divinidad, sin siquiera transitar por el pecado de comer el fruto del árbol del bien y del mal. Hefestión le dice a Alejandro que le informe cuándo han de proclamarlo un dios. A los césares les urgía que fuesen considerados divinos, pues sabían que los atributos les habían llegado cuando aprendieron el oficio de mandar.

La simbiosis total llegó —como lo señala con acierto Simone Weil— cuando Constantino hizo del cristianismo una religión de Estado, “.. transformó a Dios en un doble del emperador”, lo que es trágico pues muestra el proceso de secularización del cristianismo, primero, del catolicismo después, y cómo el sincretismo corrió en uno y otro sentido hasta convertir a El Vaticano en un Estado y no en una Iglesia; en un reino de este mundo, y no en uno espiritual, de tal manera que el ser humano se siente superior a todo, porque piensa, cree, está seguro de haber supeditado todo a su voluntad, a su libre arbitrio.

El ser humano, rey supremo de la evolución de las especies, o de la evolución creadora —cualquiera que sea el concepto y objeto de la vida que cada lector prefiera— es un permanente insatisfecho, porque quiere, necesita, está urgido de ser como dios, pues de otra manera no entiende cuál es su función en el mundo.

Es Roger Caillois quien bien lo explica en El hombre y lo sagrado: “Dos abismos lo limitan, dos vértigos atraen al hombre, cuando la comodidad y la seguridad ya no le satisfacen, cuando le pesa la segura y prudente sumisión a la regla. Comprende entonces que ésta sólo existe allí como una barrera, que no es ella lo sagrado, sino lo que pone fuera de su alcance, lo que conocerá y poseerá el que la haya rebasado y roto. Una vez franqueado el límite, no hay retorno posible. Es preciso andar sin descanso por la vía de la santidad o de la condenación, a las que unen bruscamente imprevisibles encrucijadas… El pacto con el infierno entraña una consagración, como la gracia divina. Quienes lo concluyen, quienes han sido colmados por él, están igualmente separados para siempre del destino común, y turban con el prestigio de su suerte el sueño de los tímidos y de los satisfechos a quienes no tentó ningún abismo”.

Para el hombre que oficia el poder —espiritual o material— la encrucijada se le presenta de inmediato: servirse del mal para hacer el bien. ¿Es válido? Recuerdo con claridad las críticas recibidas por la madre Teresa de Calcuta al momento de su visita a Augusto Pinochet. La foto carece de importancia, lo trascendente, de seguro, fue el monto de la aportación dada por el dictador para el mantenimiento de los leprosarios y los asilos administrados por la orden religiosa de esa santa mujer.

Mucho se ha escrito sobre las narcolimosnas; los párrocos, los sacerdotes de a pie, no tienen  ninguna obligación de saber de dónde procede el dinero que encuentran en los cepillos o en los cepos, como tampoco pueden rechazarlo si un conocido delincuente se los entrega en propia mano. El óbolo no adormece la conciencia, y el dinero no compra el perdón.

Para quienes ofician el poder político no es ni más ni menos difícil, pero ¿quién soporta, en su sano juicio, que los gobernados mueran de hambre o de enfermedades curables? Quizá sea más fácil concertar desde la secularización, porque no se tienen que inventar coartadas como la Teología de la Liberación.

Patente de corso

November 26, 2009

— 12:00 am

El poder siempre se ha servido de los delincuentes y de la disidencia, incluso para condenar a los inocentes, como lo hizo Pilatos al hacer uso de Barrabas cuando de sacudirse a los sacerdotes judíos se trató. En otra esfera, pero con la misma intención, Mary Renault nos refiere, en Fuego en el paraíso, que Alejandro leía Costumbres persas, de Heródoto, en donde aprendió que “… los servicios del transgresor siempre deben compararse con sus delitos, y sólo si éstos son mayores que los primeros debe castigársele”.

En la misma línea de servicio a la sociedad y siempre, sí… siempre, aunque se dude, con el firme propósito de consolidar a la nación y de fortalecer al Estado, Isabel I y otros monarcas europeos extendieron patentes de corso, para defender a pueblo y gobierno de los enemigos de la nación, ya fuere como una acción de guerra aunque no se perteneciese a las fuerzas armadas, o como un permiso especial para servirse de actos prohibidos a los demás. En un sentido amplio, hoy disfrutan de la patente de corso no escrita las policías de todas las naciones, por aquello del uso y aplicación de la violencia legítima como atributo del Estado; también los amigos de los gobernantes, que se enriquecen en contra de los intereses del propio Estado.

Seamos sensatos, ¿de qué otra manera operan los traficantes de armas, de personas, los cabilderos, los entrepreneurs de todo tipo y laya que se mueven en las esferas del poder? ¿Cómo puede producirse el estupefaciente en un país donde poco o nada se consume, y venderse a precios estratosféricos a diez o quince mil kilómetros de distancia? ¿Cómo los capitales pueden moverse sin fronteras? ¿Por qué hay delitos permanentes, inextinguibles, que dejarán de existir sólo cuando el hombre desaparezca de la tierra? Por las patentes de corso.

Es en este contexto que hemos de preguntarnos, para intentar comprender, sobre las razones que motivaron a Felipe Calderón Hinojosa, presidente constitucional, a sustituir su programa de empleo y reactivación económica por el combate a la delincuencia organizada, cuando con las desventajas que se tienen —en armamento, en recursos económicos y humanos, en ausencia de un proyecto de nación—, enfrentarse a los cárteles es como dedicarse a torear coches en ejes viales: no deja fama ni dinero.

La redacción de EjeCentral aportó antier las cifras de los ejecutados en lo que va del año, un total de 19 muertes violentas diarias; cifras que, sin embargo, no especifican nacionalidad, aunque es un secreto a voces que los sicarios usados por los barones de la droga son de Centro y Sud América. Cifras que determinan la obsesión del presidente Calderón, hecha pública en su visita a Tamaulipas y también durante el acto de inauguración del Centro de Inteligencia de la Policía Federal; cifras que son muestra del combate al tráfico de estupefacientes, pero de ninguna manera señalan que se combata el consumo, que crece todos los días y es veneno para la generación que ha de resolver los problemas del futuro inmediato.

En la obra ya citada de Mary Renault, la autora refiere a Demóstenes y a Aristóteles, quienes se aprestaron a formar parte del grupo de mentores de Alejandro, y estaban conscientes de que “las dos últimas generaciones habían visto como cada forma de gobierno se convertía en su propia perversión: la aristocracia devino oligarquía; la democracia, demagogia, y su propia familia (la de Alejandro) caía en los extremos de la tiranía. En progresión matemática, de acuerdo con el número de individuos que compartían el mal, se incrementaba el peso muerto en contra de las reformas… cambiar una oligarquía que se distinguiese por su poder y su crueldad era destructivo para el alma; para sustituir la demagogia era preciso convertirse en demagogo y destruir la propia mente… para reformar una monarquía sólo se necesitaba educar a un hombre”.

Hemos de darnos de santos que por lo pronto haya corsarios dispuestos a combatir a los piratas y a los filibusteros; debemos considerarnos afortunados si no se pasan al enemigo.

Estado de Derecho y nota roja

November 25, 2009

— 12:00 am

No hay vuelta de hoja. La historia contemporánea de México habrá que rastrearla en la nota roja, porque es en esas crónicas, reportajes o narraciones donde se descubrirán los motivos escondidos o transparentes que determinaron ciertas decisiones de algunos políticos. Los casos paradigmáticos de los últimos 15 o 20 años serán: los feminicidios de Ciudad Juárez, los secuestros de Silvia Vargas Escalera y Fernando Martí, el militarizado combate a los cárteles de la droga, Atenco, Oaxaca, Mario Marín, Zhenly Ye Gon y la impunidad con la que se mueven en el escenario nacional algunos de los actores de dichos eventos.

Siempre tuve la certeza de que Abdel Latif Sharif Sharif era inocente de los crímenes que le imputaron, en sentido contrario al que los hombres de poder sancionan a sus subordinados: “castígalos por lo que en verdad hicieron, no por lo que dicen que hicieron”.

Fue en 2004 cuando Ramón Márquez publicó en Proceso la verdad de la injusticia cometida con El Egipcio: “Durante el proceso penal, los detectives descubrieron que Sharif había tenido una cita con Elizabeth Castro García –17 años–, violada y muerta en agosto. Su abogado dijo que <<las pruebas médicas probaron que no había ocurrido la violación, pero, aun así, las autoridades decidieron mantenerlo en prisión>>, y adujo que la descripción del cuerpo de Elizabeth no concordaba con el de la mujer encontrada. La familia de la chica fallecida no estuvo dispuesta a una exhumación, pero jamás explicó sus razones. Poco después, Elizabeth se presentó ante la policía para comprobar que estaba viva. Fue exhumado el cuerpo identificado como suyo; en realidad, se trataba de Silvia Rivera Salas, adolescente que, según la policía, murió en marzo apuñalada por dos hombres. Pero no cedió: fuera como fuera, el egipcio también estaba relacionado con ese homicidio.”

Hasta la fecha no hay desmentido. Arturo Chávez Chávez, hoy responsable de la procuración de justicia a nivel federal, ha sabido guardar silencio, de la misma manera que permanecieron callados quienes tuvieron la obligación política de consignar a Abdel Latif Sharif Sharif, y convencer a la madre de Elizabeth Castro García de cobrar un seguro de vida por el cadáver de una mujer que no era el de su hija. No debe extrañarnos entonces que la Corte Interamericana de Derechos Humanos haya asumido la responsabilidad de hacer observaciones al gobierno mexicano por el descuido con el que ha procedido en el caso de algunas de las muertas de Juárez.

Claro que de El Egipcio ni quien se acuerde. Murió de pulmonía en la cárcel, incomunicado y asediado por la autoridad a la que le urgía silenciarlo, pues el único asesinato que se le pudo probar fue el de la autopresentada viva Elizabeth Castro García. Cuando en agosto del año 2000 se lo dije al presidente electo Vicente Fox delante de Ricardo Alemán, Estela Livera, Carlos Marín, Jorge Meléndez, Catalina Noriega, Miguel Badillo y Martha Sahagún, entre otros, aseguró que yo mentía, que Francisco Barrio era incapaz de un desaguisado de ese tamaño. Hoy, repito, nadie desmiente a Ramón Márquez.

Llegamos al tema de los barones de la droga, a los que ayer el presidente Felipe Calderón, de gira por Tamaulipas, pidió combatir con mano firme, como una sesgada respuesta al supuesto miedo, temor o angustia que pudiesen sentir los dirigentes de Estados Unidos por la actitud del gobierno mexicano, que es invariable, a pesar de lo afirmado por la empresa de inteligencia estratégica Stratfor, en nota de José Carreño Figueras; información que habremos de analizar junto con algunos de los otros casos paradigmáticos de crimen e impunidad en México.

La historia sin fin

November 24, 2009

— 12:00 am

Si Andrés Manuel López Obrador no cede en sus pretensiones, sus seguidores menos; para colmo, a los observadores y analistas del quehacer político nos confunde, por la multiplicidad de personajes que ha decidido interpretar porque, y esto es necesario dejarlo claro, transparente, incontrovertible, el ya aspirante a la presidencia de la República para 2012 es intérprete, de ninguna manera un personaje, mucho menos el anquilosado y viejo deus ex machina.

Tarde caigo en la cuenta que en lo referente a la exigencia de interpretarse a él mismo, Andrés Manuel aprende pronto, porque supo dejar de ser Nicolás Zúñiga y Miranda para transformarse en el intérprete de Bastian, ese personaje de Michael Ende que no acierta con los referentes que ha de tener para conocer de la realidad. En su afanosa búsqueda por hacerse con el poder, no se percata de que carece de alteridad.

Fue rápido en dar respuesta al llamado de Felipe Calderón, y apenas antier convocó a sus fieles a elaborar un proyecto “legítimo” de nación para “enfrentar a la mafia del poder, enferma de codicia, dispuesta a conspirar contra la paz pública y la estabilidad social”, sin siquiera aceptar, ya no digamos meditar, en lo que su actitud política ha costado a la nación y a la sociedad. ¡Claro que tampoco pensó en establecer analogías entre la mafia federal y la local!, pues 12 años de “agandallarse” poder y privilegios en el Distrito Federal lleva el PRD; años en los que el empresario Carlos Ahumada y el operardor político René Bejarano son muestra de un esquema de pillaje a los ambulantes, a los mercados sobre ruedas, a los policías de a pie, a los ingenuos que ofrecen tiempo, trabajo y aportaciones económicas bajo la promesa de recibir, pronto, una casa. El dinero negro de esta ciudad, por su enorme cantidad, es capaz de propiciar la embriagadora sensación de que se puede obtener el poder total; el presidencial, pues, lo que es desconocer lo que hoy ocurre en México, porque el presidencialismo mexicano dejó de existir antes de que el PRI dejara de mangonear desde Los Pinos.

Diez son los temas que López Obrador propone desarrollar para un nuevo proyecto de nación: Rescatar al Estado; democratizar los medios de comunicación; cambio de modelo económico de desarrollo; combatir las prácticas monopólicas; abolir los privilegios fiscales; ejercer la política como imperativo ético; fortalecer el sector energético; alcanzar la soberanía alimentaria; establecer el Estado de bienestar, y promover una nueva corriente de pensamiento. Nada hay que explique qué significa el último punto, ni que justifique el vergonzoso hecho de Iztapalapa, si no es porque se descubre que Rafael Acosta es su alter ego, es Atreyu, ese personaje de Ende que Andrés Manuel nunca podrá interpretar, porque no sabe, no puede, no tiene las agallas para hacerlo.

Y también es como Wheeler, el de Tu rostro mañana, de Javier Marías, porque en su insania por el poder dispone de tiempo “para ser persuasivo y encerrar más peligro y volverse más ruin que sus enemigos, y desarrollar una capacidad de fabulación superior o más mortífera que la de ellos; para aprovecharse de la mayoría de la gente, que es tonta y frívola y crédula y en la que es fácil prender un fósforo que dé lugar a un incendio, y que éste a su vez se propague como la peor de sus epidemias… y poner muchas veces en marcha el proceso de la negación de todo, de quién eres y de quién has sido, de lo que haces y de lo que has hecho, de lo que pretendes y lo que pretendiste… Le constaba que todo podía ser deformado, torcido, anulado, borrado…”

Desconozco cuál es la relación que hoy mantiene con Enrique González Pedrero, tampoco sé de qué puede hablar con Manuel Camacho Solís y si entiende a Porfirio Muñoz Ledo, pero de una cosa sí estoy seguro, como escribió Martha Anaya de la voz de Jesusa Rodríguez, efectivamente huele a presidente… pero con coca.

Nicolás Zúñiga y Miranda, Bastian, Wheeler, personajes con fisura, sin alteridad que les permita constatar su paso por el mundo real; personajes a los que Andrés Manuel López Obrador ha sabido interpretar en su propio historia sin fin.

Extinción de la inteligencia política

November 23, 2009

— 12:00 am

Reflexión y recuerdo pueden convertirse en armas letales, sobre todo cuando analiza una, o repasa el otro lo que pudo haber sido y no fue, porque a pesar de que el hubiera no existe, el ser humano gusta de acariciar posibilidades. En una compleja teoría de los escenarios, entre lo mejor y lo peor deja correr la ensoñación, como apunta ese sugerente anuncio publicitario del melate: “ya me vi”.

¡Claro que hay una natural, sutil diferencia entre pensamiento y evocación! Es la misma, idéntica a la descrita por Roberto Saviano en Gomorra, cuando a la manera de morir quiere referirse. Pensar y equivocarse es recibir un balazo de grueso calibre en el cerebro; al recordar y dejarse llevar por el ensueño, se recibe el proyectil en el pecho, para que la agonía sea lenta y los esfínteres se aflojen, hasta quedar tendido en medio de la propia mierda.

La imagen de un Porfirio Muñoz Ledo —vista entre exigencias del trabajo en un noticiero televisivo— trastabillante, que parece no poder alcanzar el micrófono de la Cámara de Diputados, urgido, necesitado de asirse a la tribuna para, desesperado, iniciar su alocución porque sabe, intuye, está seguro de que al empezar a hablar se iniciará su transformación, crecerá, será otra vez el mejor tribuno parlamentario mexicano, aunque ni sombra quede de lo que fue capaz de hacer el siglo pasado, pues hoy sólo es un fantasma de la oratoria.

Muñoz Ledo es un fuera de serie. Estuvo troquelado en el pensamiento de la Revolución, sus conceptos de libertad y de Estado son similares a los de Louis Antoine de Saint-Just, su inteligencia concitó odios y envidias, y él mismo se empeñó en convertirse en quimera, porque no acertó a transformarse en lo que quiso, anheló ser.

Recuerdo con nitidez las horas dedicadas a concebir y redactar el discurso —entre muchas otras ocasiones— para las honras fúnebres de Jaime Torres Bodet, con apoyo de Emilio Uranga y al que contribuí con el silencio respetuoso del convidado de piedra, pero con los oídos abiertos, atento, dispuesto a aprender; no puedo olvidar los foros políticos a los que lo acompañé y en los que lo vi recibir breves y concisas instrucciones de Luis Echeverría Álvarez, primero, de José López Portillo después, para luego ir a la tribuna y armar una pieza oratoria que se transformaría, no pocas veces, en las ocho columnas del día siguiente; evoco con agrado para mis hijos y amigos las conversaciones que le escuché con Jesús Reyes Heroles, Víctor Flores Olea, Javier Wimer, Julio Scherer, José Gallásteguí, Emilio Uranga, Oswaldo Díaz Ruanova, entre otros, y cuento con entusiasmo las veces que me confió su recóndito deseo de convertirse en la conciencia de la República, proyecto que el mismo Uranga no pudo lograr.

Pero el aguijón del recuerdo además de alegría inocula tristeza, malos momentos, como aquel en el que pude ratificar lo que un amigo común me dijo: “Porfirio es capaz de sacrificar una amistad por decir una broma a tiempo”, y por agradar a Rafael Rodríguez Castañeda hizo una mala broma sobre mi padre; también llega esa neblina en que se convierte su inteligencia y su cultura cuando antepone su vanidad a toda razón, como la que propició su defenestración del despacho de Educación Pública luego de haber presentado el mejor plan educativo posterior al de Vasconcelos, o ese gesto de ingenuidad para hacer resaltar su honradez ante Luis Echeverría Álvarez, por lo que el entonces gran elector dejó de pensar en él como sucesor.

Se trata de la extinción de la inteligencia política, como lo refiere Javier Marías en Tu rostro mañana, a quien parafraseo: “Todos aplastan, parece mentira que no se sepa ab ovo, poco importa que varíe la causa, la causa pública, o los motivos propagandísticos. Los farsantes y los ingenuos trascendentales los llaman motivos históricos o ideológicos… Parece mentira que se crea aún que hay salvedades, porque no hay ninguna, no a la larga, jamás las ha habido. La inteligencia como salvedad, qué tontería…”

Por ello no convocan los llamados a refundar la nación. No los de José Narro, tampoco los del presidente Calderón, porque no están respaldados por ninguna propuesta inteligente. La de la reforma del Estado no lo es; los dirigentes de hoy carecen de inteligencia política.

¿Tiene razón Joseph Stiglitz?

November 20, 2009

— 12:00 am

Hay que hacer la tarea otra vez, para entender por qué abre la boca Joseph Stiglitz. El Consenso de Washington es un listado de políticas financieras concebido como el único programa económico para facilitar el establecimiento de un gobierno de gobiernos sobre los países latinoamericanos.

El gobierno de gobiernos en que se ha transformado el Consenso de Washington está integrado por el Banco Mundial, el BID, por ejecutivos de la administración estadounidense y designados por la Casa Blanca, el Comité de la Reserva Federal, el Fondo Monetario Internacional, miembros del Congreso interesados en temas latinoamericanos, e investigadores dedicados a la formulación de políticas económicas que aspiran a imponer cambios estructurales en América Latina; desde luego, este Consenso no representa una opinión uniforme. Sus recomendaciones son acuerdos básicos para una reordenación macroeconómica: Disciplina fiscal, modificación de las prioridades del gasto público, reforma impositiva, liberalización de las tasas de interés, tasa de cambio competitiva, liberalización del comercio internacional y de la entrada de inversiones extranjeras directas, privatización, desregulación y derechos de propiedad.

Recordado lo anterior, podemos justificar y exponer nuestro desacuerdo con el laureado Stiglitz, pues se equivoca cuando dice que en México el desempeño de las autoridades hacendarias en el manejo de la crisis ha sido uno de los peores del mundo, porque el país al que critica sólo se ha comportado como alumno modelo del gobierno de gobiernos; es decir, ha cumplido con la normatividad impuesta desde Washington y supervisada por las instituciones financieras internacionales, incluso pasando sobre conceptos históricos e ideológicos que hoy parecen fuera de moda. El saldo inmediato es el incremento en el número de pobres, y la transformación del territorio nacional en campo de experimentación para el combate a la delincuencia organizada y el control político de los recursos económicos de los cárteles.

Stiglitz debió cuestionar, señalar, denunciar los resultados de las políticas financieras impuestas por ese Consenso de Washington que él tanto defiende. Lo cierto, la verdad es que la política económica nacional está mal porque ésta no existe, la que se ejerce, se practica en su lugar, es un diseño de desarrollo no sustentable y únicamente concebido para obtener recursos, nunca para crear riqueza; los recursos están siendo exportados sin provecho para México.

Stiglitz posee una mente brillante, pero domesticada, carece de una inteligencia independiente —me refiero a la domesticación económica— como para comprender lo que como nadie ya nos explicó Franz Fanon en Los condenados de la tierra.

La aplicación a rajatabla de las políticas económicas diseñadas fuera de México, pero para ser aplicadas en el país, no es el único desaguisado perpetrado y cumplido por gobernantes del PRI y el PAN, ya que sobre éstas se impusieron las políticas al sector salud dictadas por el Centro de Control de Enfermedades con sede en Atlanta, Georgia, y por la Organización Mundial de la Salud, radicada en Ginebra, Suiza, cuando llegó el momento de medir el control que se puede establecer sobre sociedades disímbolas al momento de enfrentar pandemias como la de la influenza A(H1N1). Al menos así lo sugiere, lo da a entender el médico Federico Ortiz Quesada, en su libro Código A(H1N1), diario de una pandemia.

México siempre ha sido un obscuro objeto del deseo de políticos zafios y de las naciones bucaneras, sólo recordemos el famoso telegrama Zimmermann, la invasión a Veracruz, la Guerra del 47, la Guerra de los Pasteles. Confiemos en que a pesar de la globalización y lo inmerso que México está en ella, algún político lúcido se dé cuenta de que Joseph Stiglitz sólo vino a leerles la cartilla a las autoridades hacendarias, pero que lo que está en franco proceso de descomposición es el gobierno de gobiernos surgido del Consenso de Washington.


El combate al narco está equivocado

November 19, 2009

— 12:00 am

Para empezar, las cifras de las víctimas del programa medular del gobierno están equivocadas. Reducirlas a los cadáveres es una simplificación torpe, por decir lo menos, porque a los muertos sobreviven viudas, hijos, madres, hermanos, por un lado; por el otro, no veo ninguna estrategia de combate a la adicción, y pronto, quizá más pronto de lo previsto, el número de narcoadictos crecerá geométricamente.

En 1999, hace diez años, una impoluta empresa de sondeos de opinión me mostró los resultados de una encuesta aplicada a alumnos de secundaria; no nada más me preocuparon, sino que a la fecha me hacen reflexionar acerca de le necesidad de determinar el punto donde torció su camino el proyecto educativo mexicano.

Los casi niños, entre los 13 y los 16 años, acuciados por no se cuáles angustias, respondieron en un porcentaje mayor al 50%, que si para solucionar sus problemas necesitaban convertirse en narcotraficantes, así lo harían. Era una encuesta nacional, recuerdo que encargada por el gobierno de Ernesto Zedillo, y aplicada a diez mil personas. Si hoy atestiguamos que por cada sicario detenido o muerto, por cada distinguido miembro de un cártel extraditado, aparecen sustitutos de inmediato, podemos colegir que esos adolescentes hoy hombres, terquearon hasta lograr su objetivo, sin importarles el riesgo.

No debe extrañarnos entonces que en la reciente reunión sobre el tema celebrada el fin de semana anterior, los especialistas coincidieran en advertir, dar la voz de alarma acerca de la inútil estrategia que ha seguido este gobierno para disminuir el poder económico de los cárteles, el número de sus efectivos y su capacidad operativa, lo que hasta el momento es una utopía, porque mientras concentran su esfuerzo en vencer a los productores y distribuidores de drogas tradicionales o de diseño, descuidan el combate a la adicción, y los consumidores crecen como hongos.

Tiene razón Edgardo Buscaglia al subrayar que el gobierno se equivoca, que se requiere de inteligencia e imaginación para derrotar a los cárteles o al menos disminuir su poder, y coincido con él, porque hoy el consumo interno crece, se multiplica. La única manera de disminuir el poder real de los barones de la droga es achicar el consumo a través de la educación, pero el SNTE ni la SEP tienen un programa para ello, cuando las proyecciones de crecimiento del PIB y del empleo auguran que el número de promotores del consumo aumentará, como se incrementará el número de adictos. La evasión es la respuesta lógica de seres poco instruidos y peor educados, débiles, humillados por la crisis de nunca acabar.

Procede de manera equivocada Fernando Gómez Mont al defender el fallido programa medular de este gobierno, porque mucha violencia y mucho sufrimiento se hubiese ahorrado la sociedad, de gastarse todos esos millones de dólares del combate a la delincuencia organizada, en desmontar el SNTE, crear un sindicalismo magisterial responsable y solidario con México, capaz de construir junto con la autoridad un proyecto educativo que hiciese fuerte al país, inmerso en la globalización sin armas intelectuales y educativas.

Nada hay en los programas magisteriales, en el proyecto educativo, en la actividad de las organizaciones no gubernamentales, que fortalezca el espíritu y la voluntad de los mexicanos jóvenes, que como víctimas de la crisis son presa fácil de las adicciones.

Los mexicanos recién llegados al mercado de trabajo se sienten engañados, traicionados por sus padres y su gobierno; a ello pondrán remedio en la drogadicción y en la sujeción a un destino impuesto, o en la rebeldía creativa. Tal parece que los poderes fácticos apuestan a lo primero, a una nación sujeta y estupidizada por el consumo de estupefacientes. Matar sicarios y narcotraficantes no es la solución.

¿Corrupción pecuniaria o corrupción política y ética?

November 18, 2009

— 12:00 am

Señalan las notas periodísticas que México descendió 17 peldaños en el pozo de la corrupción, o al menos es lo que se percibe en el Índice sobre la Percepción de la Corrupción 2009 de Transparencia Internacional. Lo primero que me pregunto es a qué tipo de corrupción se refieren, porque la que facilita que el dinero pase de mano en mano para agilizar trámites, para resolver controversias o zanjar pleitos, para comprar voluntades, evitar infracciones o, de plano, no pisar la cárcel aunque se haya cometido un homicidio, se practica en todos los países en mayor o en menor grado y a veces de manera oficial, pues qué es si no el cabildeo profesionalizado y ejercido por firmas internacionalmente reconocidas. José María Córdoba Montoya, por ejemplo, es un cabildero de talla internacional, y no por ello es corrupto o corruptor. Lo que lo hizo a la nación es otro asunto.

La corrupción medida por Transparencia Internacional es moneda corriente en todo el mundo; la otra, la que no se puede verificar, constatar ni medir es viciosa, de graves consecuencias para los países que la toleran y la auspician, porque corroe la identidad de la nación, disminuye la dignidad de la sociedad y de los gobernantes, humilla en las relaciones internacionales y somete, sí, somete al país a los intereses de los poderes fácticos. Me refiero a la corrupción política, a la que pervierte a la ética.

¿Qué importa desafanarse de un policía de tránsito con una “mordida”, de uno de seguridad pública por supuestas faltas a la moral, con unos cuantos billetes, o darle unos pocos pesos a un burócrata de ventanilla porque se agilizará un trámite o se comprará un permiso? Esta corrupción es un trueque de favores que nada tiene que ver con el propósito de un funcionario público decidido a cambiar el plan de desarrollo urbano para convertirse en un creso, sin importar que la ciudad comprometa su crecimiento y además facilite el que en ella anide la violencia propiciada por la delincuencia organizada.

Me tocó escuchar, de adolescente, el reclamo de Ernesto P. Uruchurtu a Alfonso Corona del Rosal, porque éste último abrió la llave de los desarrollos residenciales y los permisos de construcción, y hoy el Distrito Federal es lo que es gracias al entonces regente capitalino, aspirante a la presidencia y burócrata modelo, que no político inteligente. Ésta es corrupción con irreversibles consecuencias.

Otra y más grave aún, es la que facilita o fuerza —hay de ambos casos— a los funcionarios públicos a torcer el proyecto de nación, a declinar de los ideales patrios y las aspiraciones de llegar al Primer Mundo, para satisfacer necesidades, urgencias de poder íntimas, personales, como fue el caso de los Tratados de Bucareli con los que Álvaro Obregón allanó el camino a su reelección y sometió la voluntad de Plutarco Elías Calles; o esa corrupción idealista, torpe y mundana del cardenal José Garibi Rivera, en sus años de fe conocido como “Pepe Dinamita”, por ser un experto en el manejo de ese explosivo y dinamitador de trenes, sin importar que esa actitud haya creado a los clérigos y prelados mexicanos que hoy padecemos.

O esa corrupción anímica, siempre insatisfecha, que somete al país al dictado del Consenso de Washington; o aquella que convierte a pocos o muchos representantes de la ley en delincuentes, secuestradores, “chivatos” de cárteles o sencillos asesinos con “charola”. O esa que tuerce el Presupuesto de Egresos para satisfacer intereses partidistas y postergar las siempre postergadas necesidades de la sociedad, o la vil y estúpida corrupción que dice, dicta: “si no es mío, no es de nadie”, y lleva los desayunos escolares enteros, sin abrir, a los tiraderos de basura municipales, como lo pude constatar en más de un viaje de reportero; o la que por intereses políticos entrega el SNTE a Elba Esther Gordillo, sin importar su repercusión en el rezago educativo.

Ese es el tipo de corrupción que ha transformado a México en lo que hoy es, no la mordida, no la que se mide. La corrupción que duele es la que sujeta y degrada al país, le disminuye soberanía y facilita que se expulse a mexicanos en busca de mejores oportunidades, porque quienes se van a buscarlas son tanto o más importantes que el Premio Nobel Mario Molina Pasquel.

Rápida disminución del poder presidencial

November 17, 2009

— 12:00 am

La principal característica del presidencialismo mexicano, la fuente incuestionable de su poder y de su fuerza fue su munificencia. Desde 1982 se han dedicado a despojarlo de ella con la venta de los activos del Estado. El presidente de la República dejó de ser el primer empleador del país.

En un contrasentido que asusta, el secretario del despacho de Hacienda, el líder del PRI en el Senado y el propio Felipe Calderón, durante las últimas semanas se dedicaron a achicar todavía más ese menguado poder presidencial, al disminuirle drásticamente el gasto corriente –por aquello de mano generosa, mano poderosa-, y al hacerse público el subejercicio presupuestal, que lleva años y se acrecienta a pasos agigantados.

No nos engañemos, el subejercicio presupuestal es al mismo tiempo un subejercio del poder. No gastar lo etiquetado a programas específicos, es no tener confianza en los proyectos de desarrollo, es carecer de imaginación administrativa y es subvaluarse como responsable de la conducción del país; naturalmente pueden ser otras las causas del no ejercicio cabal del presupuesto, como el miedo a meter la pata, o el que los integrantes del gabinete sean nada más unos timoratos.

Quedarse corto en un país con las carencias que padece México, no hacer buen uso de los recursos fiscales que con tanto sacrificio aporta buena parte de la sociedad, es despreciar la oportunidad para alcanzar la estatura, la dimensión de un estadista.

El contrasentido mayor es la reducción del gasto corriente en tan alta cantidad, y el establecimiento de una obligación al Poder Ejecutivo para que, a más tardar el 15 de marzo, entregue al Congreso un Plan Multianual de Ahorro; es decir, un programa de cómo irá automutilando la pequeña parte del poder que caracterizó al presidencialismo mexicano explicado por Jorge Carpizo.

Escribo que es el contrasentido mayor, porque los francotiradores que se empeñan en hacer del presidente de la República una figura de ornato, son los mismos que en su fuero interno, agazapados como cazadores furtivos, aspiran a ocupar esa maltrecha silla del águila, como si una vez sentados en ella, por ósmosis, adquirieran la fuerza para cambiar el rumbo de los acontecimientos y les fuese fácil recuperar el brillo perdido, la fuerza menguada.

En público dirán que no es cierto, pero los que hoy se empeñan en hacer añicos al presidencialismo mexicano, como los que empezaron desde 1982 su achicamiento, serán los responsables de la inviabilidad de la nación, porque no han tenido la imaginación y la creatividad suficientes para establecer en la norma constitucional el tipo de gobierno que ha de sustituir al que hoy está –mal que bien- en funciones, lo que me hace pensar que son herederos ideológicos de Ernesto Zedillo Ponce de León, empeñado en convertirse en empleado en Estados Unidos, para vivir como estuvo acostumbrado a hacerlo: obedecer en cuanto le tronaran los dedos.

Este pleito por el Presupuesto de Egresos 2010 nos muestra la verdadera dimensión del problema político que se vive en México, con legisladores y burócratas empeñados en disminuir al poder presidencial, pero sin saber cómo, con qué lo van a sustituir, y lo que más preocupa es que parecen no tener ninguna propuesta a mano, por lo que la transición, que nada tiene que ver con la alternancia, todavía tardará mucho, al menos lo que queda de este sexenio y otro. En España Juan Carlos y Adolfo Suárez la condujeron y consolidaron  en unos cuantos años, aquí no hay quien se les parezca.

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