Los mexicanos somos capaces de despotricar en contra de los funcionarios públicos, decir que son unos corruptos e ineficientes, con lo que estoy totalmente de acuerdo, pero jamás decírselos en su cara si los conocemos, si son nuestros vecinos o si son nuestros parientes o amigos.
Basta que seamos uno de ellos o que conozcamos a uno de ellos, para que pensemos que nosotros o nuestros amigos no son esa clase de funcionarios o políticos que tanto aborrecemos. La vara con la que nos medimos a nosotros mismos y a nuestros amigos y conocidos se vuelve muy flexible y se nos olvida que los otros funcionarios o políticos son amigos de otros que también los miden con varas muy flexibles.
No podemos decirle siquiera a un vecino, como los míos, que estacionar su coche en la banqueta es no solo incorrecto y de mal gusto, sino ilegal.
No somos capaces de decirle a nuestros amigos o parientes, si son funcionarios públicos, que si usan su Blackberry para hacer llamadas personales están mal usando nuestro dinero.
Esas críticas las dejamos para el funcionario o político desconocido. En la vida diaria y cotidiana nuestra, no es educado ni políticamente correcto regañar a un amigo porque renta películas piratas, por ejemplo.
Nos quejamos de los políticos cínicos y desvergonzados pero somos iguales en nuestra vida diaria. Nos quejamos de que no hay justicia igual para todos y no somos capaces de reconocer cuando hemos cometido un acto ilegal, o cuando alguno de nuestros conocidos no es otra cosa sino un corrupto.
Como en el bote pateado, un, dos, tres por mí y por todos mis amigos.
