May 29, 2009
— 12:00 am
Estoy perdida en la historia de Sammy, Galilea Montijo y Rafael Inclán. ¿Quién de ellos es el discapacitado intelectual? No logro distinguirlo.
En sus asquerosos programas televisivos, ni Galilea, ni la tal Roxana, ni el propio Inclán denotan otra cosa más que la de ser simples seres vivientes a los que nunca les han invertido para convertirlos en personas. Son cuasi animalitos -sin la ternura y hermosura de las criaturas salvajes- que apenas balbucean palabras. Ésa es la constante de los programas de televisión en México. Y vamos de mal en peor, porque ni siquiera le puedo echar toda la culpa a los programas de Televisa, ya que los de Tv Azteca están igual de horrendos.
¿Qué capacidad intelectual puede tener una persona cuyo trabajo es gritar y hacer vulgaridades enfrente de una cámara de televisión para un público que no tiene la capacidad intelectual tampoco de ver otra cosa que no sean esas porquerías? Galilea, con voz nasal como tantos otros conductores de televisión, lo único que denota es su ignorancia extrema. Su incapacidad intelectual.
¿Qué capacidad intelectual tiene Rafael Inclán, como tantos otros actores y personajes del espectáculo de la televisión? Ninguna tampoco. A lo mejor, habría que agradecerle a que pudo, al menos, en lo más recóndito de su cerebro en telarañas, detectar que algo andaba mal con la broma a Sammy. Sin embargo, también como Galilea, lo único que demostró Rafael Inclán es su extrema incapacidad intelectual para defender algo que era evidente a los ojos de cualquier ser pensante: discriminar, denigrar y hacer objeto de burla de otros, a una persona, cualquiera que sea ésta.
El curso que la Comisión de Derechos Humanos pueda darles a este tipo de conductores y actorcillos, no servirá de nada. Será como darles margaritas a los cerdos.
May 22, 2009
— 12:00 am
Me repugna casi hasta el vómito que un partido sea tan irresponsable al proponer que se castigue con la pena de muerte a los delincuentes, en un país donde bien lo saben ellos, no hay administración de justicia sino impunidad.
Basta mencionar que en México, un expresidente puede llegar a ser tan cínico y desvergonzado para decir que la impunidad es necesaria.
Miguel de la Madrid Hurtado estudió derecho en la UNAM y gobernó este país por seis años. Que él, siendo abogado y expresidente, dijera que la impunidad es necesaria, es tan absurdo, solo que tristemente más grave, como que un nutriólogo admire la obesidad o como que un doctor crea que colgar ajos en la entrada de su casa alejará el virus de la influenza.
La poca memoria de la gente, la ignorancia de muchos y la supuesta intelectualidad de algunos hace que este país nomás no camine para adelante. Intelectuales que no dejan que el gobierno haga uso de la fuerza pública para imponer el Estado de Derecho, desmemoriados que no han hecho cuentas de que no ha habido político alguno o hijo de político que esté en la cárcel castigado y sancionado por delitos que hubieran cometido, como el caso de algún político de Baja California acusado de haber matado a un periodista -que como los chistes de cuál fue el colmo, además después fue alcalde-, e ignorantes que no confían en la justicia y aún así, apoyan la pena de muerte porque contradictoriamente piensan que ésta se aplicará al delincuente.
¡Impunidad! sí claro, es necesaria para que los políticos y gobernantes sigan disfrutando de los placeres que les otorga el poder de manera ilícita, por ejemplo, el de darles vida de millonarios como si fueran grandes empresarios y ofenderse cuando se les pregunta de dónde viene su fortuna. Impunidad para venir después de años a decir que sí sabían que Salinas se robó la partida secreta, tal como hicieran Miguel de la Madrid, Luis Téllez y muchos más personajes que quedarán impunes en la historia de este país.
May 15, 2009
— 12:00 am
Hace dos semanas, en medio de la alerta de la influenza porcina -así se llamaba por aquellas épocas-, tuve el antojo de cenar unos deliciosos perros calientes -los llamo así por decencia pero realmente yo siempre digo hot dogs-, así que tomé mi bolsita como la patita que va al mercado con su rebozo de bolitas para comprar los ingredientes necesarios, entre ellos, sí querido lector, salchichas de puercote.
¡Santos cielos huracanados! Ya había yo oído rumorcillos sobre las compras de pánico, pero esto sí que me sorprendió grandemente. Nada más llegar a la sección aburridísima de enlatados, me percaté que no había ni una sola lata de atún oxidada siquiera. Ni qué decir del área de mis antojadísimas salchichas de puercote. Las filas para pagar eran increíblemente largas. Recordé la película que en español se llamó “Cuando el destino nos alcance” donde la gente comía galletas verdes de humanos. Así que, haciendo fila me preguntaba si realmente la gente estaría pensando que terminaríamos comiéndonos los unos a los otros en galletitas de animalitos verdes, y por tanto se me ocurrió mencionar en voz alta que yo realmente había ido por un vil antojo, que no entendía por qué estaban todos comprando víveres como si fuera a caer una bomba nuclear. No lo hubiera hecho jamás, casi me matan a salivazos por los gritotes de las personas que estaban adelante y atrás de mí en la fila. Una señora hasta se atrevió a acercarse a gritarme con todo y su tapabocas. El caso es que cuando yo traté de argumentar algo a mi favor, salió corriendo y se formó en una fila lejana, aunque más larga, por atreverme a hacerlo sin el pedazo de tela en la boca.
Me gustaría encontrarme con esas lindas personas ahora que las cosas han vuelto a la normalidad -tan normales son que Peña Nieto aseguró que por eso sigue usando corbatas valiéndole cacahuate las recomendaciones de las autoridades sanitarias- y preguntarles como pa´ cuando se irán a acabar su alacena del pánico.
May 8, 2009
— 12:00 am
Esas teorías del complot me pueden causar una urticaria con síntomas casi tan espantosos como los de la influenza humana. Y aunque no lo crean no me estoy refiriendo a un político con voz aguda gritando ¡ni qué ocho cuartos! porque segura estoy que él sabe perfectamente que no hubo un complot en el que estuvieran involucrados sus tan odiados panistas, altos miembros de la OMS y un virus diminuto. No me estoy refiriendo a él si no a la gente común y corriente que para todo tiene una teoría de complot. Por supuesto, nuestro político en mención vende siempre las teorías del complot porque sabe que esta gente que cree en ellas pulula más que las cucarachas en una alcantarilla del metro Chapultepec, ¿las has visto? Son realmente asquerosas. En fin, éste no es el tema de hoy.
Me resulta increíble la capacidad de imaginar algo tan complicado como juntar a todas las autoridades, que por cierto nunca se ponen de acuerdo, para amenazar a la población con una historia de un lobo feroz llamado virus diminuto e invisible de la influenza humana.
¿A quién diablos le puede interesar inventarse un virus para paralizar un país entero? Es que la primera pregunta que deben hacerse estas personas con gran imaginación pero poca o nula capacidad de hilar con cierta lógica una cosa y otra, es quién puede beneficiarle este supuesto complot.
El 26% de los encuestados por Gabinete de Comunicación Estratégica cree que se trata de un mito o complot. Este altísimo porcentaje de personas insultan a los familiares de los muertos a causa de ese virus.
May 1, 2009
— 9:47 am
No es que mi amargura llegue a tal extremo que no me dé gusto que Manuel Camacho Solís haya librado la batalla en contra de la influenza, lo que pasa es que no me sorprende que así hubiera sido. Tal como él mismo lo menciona en su carta publicada en un connotado diario, fue atendido en un hospital de primera, con médicos de primera.
¿Qué clase de políticos y funcionarios públicos tiene este país que ellos mismos no se atienden en las instituciones de salud que tanto ensalzan y protegen? ¿Por qué un funcionario o político acude inmediatamente a un hospital privado y consulta a doctores con apellidos rimbombantes?
La respuesta es sencilla: lo hacen así porque no confían en las instituciones públicas de salud. Y si no confían en ellas, lo más natural es que, como mecanismo básico de supervivencia, acudan a un hospital privado tal como lo hizo Manuel Camacho Solís y como lo harán todos y cada uno de nuestros políticos en caso de verse afectados por alguna enfermedad, incluido el rayito de sol que tanto ama al pueblo mexicano pero que por ningún motivo se mezclaría con él haciendo cola en una sala de espera del IMSS.
La clase de políticos que tenemos es de oídos sordos o cerebros pequeños, pues de lo que no se dan cuenta -y deberían porque su profesión es precisamente la de representar los intereses del “pueblo”, como tanto lo pregonan en su discursos con tonada que tanto aborrezco- es que tampoco los gobernados confían en sus instituciones, al menos, no totalmente. Simplemente, lo que diferencia a unos de otros es que los segundos no tienen opción a pesar de su mecanismo de supervivencia, de acudir a un hospital que parezca hotel ni contratar médicos con apellidos extranjeros o con diplomas en el extranjero
Y esto no es exclusivo en materia de salud. Nuestros políticos no llevan a sus hijos a las primarias de número, ni se suben al metro y si, a algunos tienen la graciosa ocurrencia de ir en bicicleta a su oficina, cierran las calles y se rodean de sus miles de guaruras. De esta forma, cómo van nuestros políticos a representar los intereses de su querido pueblo, si del pueblo y del sol entre más lejos mejor.