La Amarga

Las cocheras panzonas

April 17, 2009

— 12:00 am

Es que de plano, este país y los mexicanos somos una cosa echada a perder. Y no me digas que no lector, porque sí estamos echados a perder, por donde le veas. Para muestra un botón: ahora hasta con las cocheras me voy a meter.

Hace algún tiempo, pensando en que mi amargura podría ser un problema de salud mental, decidí acudir con una psicóloga recomendada por sus miles de títulos y diplomas. En las sesiones, me quejaba amargamente en contra de que casi ningún mexicano está dispuesto a cumplir las leyes por un bien común pero que, eso sí, todos tenemos una opinión sobre la ley -a pesar de que ignoremos totalmente su contenido- o una justificación, razón política o ideológica para violarla. Sea lo que sea, casi nadie se somete al Estado de Derecho en este país.

Un día, saliendo de la casa de mi terapeuta, lo primero que veo es una cochera panzona. ¿Sabes a lo que me refiero? A esas puertas que invaden la banqueta ¡para que el auto quepa completamente en la cochera! ¡por favor, hasta en esto nos lucimos! Total, a mi psicóloga nombrada y renombrada en el mundo de los loqueros, ¡qué diablos le puede importar uno o dos o más peatones que se topan, día con día, con el barandal de su cochera invadiendo la banqueta que es de todos. ¿Por qué carajos tendría ella que comprarse un auto que cupiera en su cochera si puede hacer uso impunemente de la banqueta? Al cabo que ni conoce a los peatones y que sus vecinos no le dicen nada. Chusma, chusma la que camina.

La cochera de mi ex psicóloga no es la única. He visto miles y miles de este tipo de barandales o puertas que protegen la cola de los autos de las personas. ¿Qué es lo que nos pasa a los mexicanos? No tenemos remedio. Y ni nos quejemos de la bola de ineptos que tenemos en el gobierno, porque ellos no son más que una muestra de lo que somos como pueblo mexicano: una cosa echada a perder.

Porquería de publicidad

April 10, 2009

— 12:17 am

Me molesta caminar por las calles de mi ciudad y encontrarme con sellitos  pintados en el suelo, en las banquetas y en las paredes y cuanta columna se deje, de publicidad chafa. Como si no fuera bastante ya con el montón de carteles y papelero pegado y repegado en los postes, bardas, casetas de teléfonos, paradas de autobuses, etcétera, de todo tipo de anunciantes, registrados y no registrados y de politiquería barata y basurienta.

 

Como les decía, pareciera que no nos basta vivir en el cochinero, pues ahora tenemos también que tolerar y soportar la nueva moda barata y sin imaginación de publicidad que les ha dado por hacer ahora a las empresas en bienes que son de todos como si fueran de ellos. Me refiero a la mugrosa publicidad que ya hizo Kenzo y que ahora repite Renault promocionando uno de sus coches compactos, pintando en banquetas y paredes, tal como lo hacen los grafiteros.

 

El Parque México, por ejemplo, recién remodelado hace no más de dos o tres años, ahora presenta en su suelo, sellos pintados de ¡amor a un coche! Es que hasta escribirlo me da náuseas. Haber remodelado y restaurado el parque nos costó a todos. Nos costó en impuestos y le costó a los trabajadores que taladraron esos pisos para dejarlos tan bonitos como quedaron.

 

Y, no sintiéndose satisfecha la Renault con su publicidad vandálica, también promueve en grandes espectaculares la falta de civismo y educación, pues total, México no merece otra cosa sino eso, promocionar que por amor a tu coche lo estaciones invadiendo dos espacios en lugar de ocupar únicamente el que te corresponde.

 

Estas empresas y sus agencias de publicidad seguramente creen que han inventado el hilo negro de la mercadotecnia pero lo único que demuestran es el menosprecio que tienen por nuestro país. ¿Qué diferencia hay entre esta publicidad mediocre y carente de creatividad  y la del graffiti vandálico? Ninguna.

Ya lo sabía

April 3, 2009

— 1:00 am

Ahí estoy, sin falta, hecha bolas entre el montón de personas que con emoción pensábamos que veríamos al Distrito Federal con sus luces apagadas. Y… ¿qué creen? Pues que llego al amontonadero de gente igual de ingenua que yo y lo único que alcanzaba yo a ver es que el zócalo estaba lleno de enormes carpas mugrosas y que un fulanito, en un templete, también enorme, estaba hablando puras incongruencias acerca de la energía y la contaminación en el mundo. Obviamente, su discursillo carecía totalmente de sintaxis y orden, y sobre todo, de contenido. En fin, que su labor era hablar incoherencias y muchas, para esperar la tan sonada hora en la que se apagarían las luces y haríamos todos un desagravio a nuestro planeta por lo mal que lo hemos tratado.

Pero ahí no termina toda mi amargura, queridos lectores. ¡Ah no! Quien haya pensado que era un momento de desagravio al planeta, se equivocó. Cuando por fin se calló el fulanito con diarrea de palabras -igualmente desechables como la mierda-, y después de que Ebrard nos enjaretara otro discursillo casi igual de chafa, que empieza el conteo hacia atrás y ¡zas!, qué emoción, se empezaron a apagar las lucecillas, primero las de los edificios del gobierno del Distrito Federal, luego las del Palacio Nacional y también, aunque sea a medias las luces de la Catedral. En ese momento pensé: mira, al final no estuvo tan mal haber venido. Tan positiva me puse que pensé que quizá pronto dejaría mi blog de La Amarga y me convertiría en La buena onda.

En fin, que en ésas estaba yo de positiva, cuando… ¡no! ¡No puede ser! En ese mismo momento, empezó un resonar de tambores a todo volumen, obviamente de música figuradamente autóctona y de ésa que se supone se oye en Tepoztlán cuando eres gringo y vas a que te den un embarrón de lodo, a través de bocinas que tronaban los oídos de todos los pendejos que acudimos al lugar. ¿Qué de plano no se les ocurre a nuestros gobernantes que, en primer lugar, puede llegar a gustarnos un poco de silencio, y que, en segundo lugar, el apagón valió cacahuate comparado con la energía usada por sus bocinotas?