No nos hagamos tontos. Ahora con el pretexto de la inseguridad en las ciudades mexicanas, donde hay edificios con oficinas y viviendas, la moral y la responsabilidad social se han relajado y no ha importado, ni a las autoridades- ni a la sociedad, que se desarrolle el mercado de esclavos. ¿Esclavos? Sí, aunque no nos guste el nombre, eso es lo que son quienes supuestamente hacen de vigilantes en los edificios. Digo supuestamente porque no cuentan en la mayoría de los casos con algún tipo de preparación para contener al crimen en ninguna de sus formas. Son personas que trabajan generalmente en turnos de 24 por 24 horas, pasando gran parte de su vida entre el medio sueño, y cuya única carta de recomendación es tener la necesidad de un trabajo, aceptando un pseudo empleo a cambio de un pseudo sueldo.
Pseudo vigilantes que son espectadores del bienestar de otros, sentados siempre en el lado contrario, el de la necesidad constante. La pobreza en todo su esplendor.
¡Pobre de México! ¿Qué será de él en unos años más, si su fuerza laboral actual, comprendida por hombres que están en su mejor época, entre los 20 y los 40 años, está “trabajando” sentada en una silla, únicamente esperando el paso de las horas. Y todo por un mísero sueldo.
Las negligentes autoridades hacen caso omiso de algo que obviamente saben: que la mayoría de las empresas que proporcionan “elementos” para vigilancia, no pagan cuotas de seguridad social, no pagan impuestos y muchas veces, no pagan los pseudo sueldos. Los vecinos, complacientes con esta dicha de que no somos iguales y de que gracias a Dios hay pobres, se dan un festín en el río revuelto de contratación de esclavos. Dizque vigilancia a buen precio.
