La Amarga

¡Esclavos a la vista!

March 27, 2009

— 10:06 am

No nos hagamos tontos. Ahora con el pretexto de la inseguridad en las ciudades mexicanas, donde hay edificios con oficinas y viviendas, la moral y la responsabilidad social se han relajado y no ha importado, ni a las autoridades- ni a la sociedad, que se desarrolle el mercado de esclavos. ¿Esclavos? Sí, aunque no nos guste el nombre, eso es lo que son quienes supuestamente hacen de vigilantes en los edificios. Digo supuestamente porque no cuentan en la mayoría de los casos con algún tipo de preparación para contener al crimen en ninguna de sus formas. Son personas que trabajan generalmente en turnos de 24 por 24 horas, pasando gran parte de su vida entre el medio sueño, y cuya única carta de recomendación es tener la necesidad de un trabajo, aceptando un pseudo empleo a cambio de un pseudo sueldo.

Pseudo vigilantes que son espectadores del bienestar de otros, sentados siempre en el lado contrario, el de la necesidad constante. La pobreza en todo su esplendor.

¡Pobre de México! ¿Qué será de él en unos años más, si su fuerza laboral actual, comprendida por hombres que están en su mejor época, entre los 20 y los 40 años, está “trabajando” sentada en una silla, únicamente esperando el paso de las horas. Y todo por un mísero sueldo.

Las negligentes autoridades hacen caso omiso de algo que obviamente saben: que la mayoría de las empresas que proporcionan “elementos” para vigilancia, no pagan cuotas de seguridad social, no pagan impuestos y muchas veces, no pagan los pseudo sueldos. Los vecinos, complacientes con esta dicha de que no somos iguales y de que gracias a Dios hay pobres, se dan un festín en el río revuelto de contratación de esclavos. Dizque vigilancia a buen precio.

¡Odio los forwards!

March 13, 2009

— 12:00 am

Tengo un ex compañero de Universidad que, tuvo a bien un mal día de estos, obtener mi correo electrónico. A partir de esa fecha, después del primer y único correo dirigido solamente a mí y para saludarme, he recibido de su parte, cientos de correos electrónicos con cuentos o historias supuestamente chistosas y videos supuestamente simpáticos. Además, para acabarla de amolar, nunca falta otro cabeza de jíbaro que siempre contesta diciendo que el mentado correo está buenísimo. Gracias a estos impulsores me aventé el video de Edgar cruzando el riachuelillo ése más de dos veces y teniendo qué sonreír como si me hubieran contado la mejor anécdota de la historia. ¡Qué espanto!

El caso es que estos correos y sus horrendas respuestas son más abundantes que las moscas disfrutando de una caca de cualquier ser vivo que gustes imaginar, querido lector, ya que esto me da lo mismo. Lo que sí me importa es que además siempre vienen con tremendas faltas de ortografía y de sintaxis, y por si hiciera falta algo más, también normalmente son vulgares y atentan principalmente contra la dignidad de las mujeres, aunque también con frecuencia, contra la de los hombres. ¿Qué puede tener esto de simpático?

La gran pregunta es a qué hora trabajan este tipo de personas si como mi querido ex compañero de Universidad, envían casi a diario dos, tres o más correos de este tipo. Esta actitud ociosa y absolutamente digna de un descerebrado supone dos cosas a las que no doy crédito: la primera, que quienes los envían, los disfrutaron obviamente dentro de sus horarios de trabajo-, y la segunda, que estos cabezas de jíbaros deciden compartirlos con sus seres queridos por considerarlos dignos de correr libremente por el espacio virtual para que, nadie, nadie, nadie en el mundo se quede sin la oportunidad de disfrutar algo tan bello, tan gracioso o tan simpático. Guácala. ¿Cabrá en su diminuto cerebro la posibilidad de que haya gente que no disfrute recibir en su bandeja de entrada estos inmundos ejemplares de correos o bien, que atreviéndose a abrirlos con la esperanza de encontrar ahora sí el bueno, no los disfrute ni los considere graciosos ni bellos en lo más mínimo?

Hola pedazos de carne. ¡Respeten al peatón!

March 6, 2009

— 12:00 am

Los automovilistas en México ya no se convierten en el Tribilín desquiciado que salía en las caricaturas. Se suben a su coche y se vuelven ferrocarrileros: creen que el poder de su claxon les da derecho de avanzar, así se acabe de cambiar el semáforo, haya en el camino un trailer de 20 toneladas o… esté atravesando alguien. ¿Atravesando alguien la calle? Pero ¡cómo se atreve ese infeliz de a dos patas!

Si para los pedazos de carne, los peatones no deberían existir en las ciudades; ése sería un mundo mejor. Aunque, que a algún peatón se le ocurra cruzar una calle, no parece ser obstáculo para nadie.

En el DF, donde todos estamos alertas, el supuesto generalizado es que los peatones deben voltear para atrás cuando están cruzando la calle con su semáforo en verde (en el caso de que ese bello foquito exista). Caminar para atrás. Pues, qué malabar, la verdad. ¿Lo has hecho tú, lector, o eres también un pedazo de carne al volante?

La respuesta de estos pedazos de carne es siempre la misma: si me paro a dejar pasar a los peatones me presiona el de atrás y me puede pegar. Claro, si me paro de improviso, pero… a qué tiznada velocidad tengo qué ir para tener qué pararme de improviso; ¡ah no, eso sí que no!, mejor no me paro antes que bajar mi marcha. Por eso lo de ferrocarrileros, o acaso has visto detenerse a un tren para dejar pasar a, ya no digamos un peatón, sino a un coche con otro pedazo de carne adentro. Jamás.

En fin, si eres un pedazo de carne, gordo o gorda, y llegas a la esquina en tu lámina, no debes llegar a una velocidad tal que tengas que frenar de pronto si a una anciana o a una señora con carriola y trillizos se le ocurre la peregrina idea de cruzar. En esos cruces no hay “fue de repente”. Resulta que los peatones están en su derecho. Pero las gordas y gordos al volante no se dan cuenta.

Dicen que no debemos criticar a los gordos y ya pronto inventarán algún eufemismo, como “personas con figuras diferentes”, pero ése es otro tema del que prometo hablaré después. Hoy hablo de las personas con figuras diferentes porque su talla es una prueba de que nunca han caminado y de que suben al coche para ir a comprar gansitos a la tienda, y por tanto, no son relevantes los derechos de los peatones. Pero ¡con la novedad pedazos de carne!, los automovilistas deben dejar pasar al peatón, no por amables, sino porque es su mera y petatera obligación que está establecida en todos los reglamentos de tránsito del mundo.