Acabo de adquirir una Blackberry. Me había resistido mucho porque estaba segura que no la necesitaba y, más bien pensaba que eran detestables pues las personas que las usan, se olvidan de la existencia de los demás seres vivos que las rodean. Muchas veces les dije a mis amigos que me molestaba que cuando estábamos juntos yo fuera la única que tuviera ganas de escucharlos y saber de ellos, pues ellos nunca dejaban de atender sus aparatos. Casi todas las veces me mandaron a freír espárragos.
Total que contra todos mis prejuicios un día me animé y fui a adquirir una porque los precios de estos artefactos han bajado desde que salieron por primera vez al mercado. Ahora, a menos de un mes de que yo también poseo uno de esos, estoy intrigada sobre cómo fue que pude vivir sin ella. Simplemente es maravillosa. Y eso que, según me dicen, ni siquiera se parece a lo maravilloso de un iPhone. ¡Dónde vamos a parar con tanto éxtasis en tecnología!
Sin embargo, ahora que la tengo, también me doy cuenta de que estos aparatos, además de adictivos para los usuarios, son altamente peligrosos y mortales.
Tengo una tentación enorme de estar consultando el mugroso aparatejo aun cuando voy manejando, lo que me hace pensar que no soy la única en ese dilema. No sé cuántas Blackberry o iPhone se hayan vendido en este país como tampoco sé cuántos de esos usuarios, también tienen coche. Lo que sí sé es que, hay muchos irresponsables, y que muchos de ellos andan sueltos en sus coches manejando y contestando sus chats, correos, mensajes, llamadas.
Pienso en las tantas veces que soy peatón y me dan escalofríos. Descubro que he estado en peligro muchas, muchísimas veces, tantas como he cruzado la calle pensando equivocadamente que el imbécil que viene manejando va responsablemente viendo hacia adelante y no atendiendo su Blackberry.
