Parece película policíaca la de Marcial Maciel, de ésas en las que hay enredos de dinero, mujeres e hijos, amantes y muchas identificaciones falsas.
Pero desgraciadamente no es película y no fue solamente un viejo fraudulento y mentiroso. El tal Marcialito ése era aún mucho peor: era un pederasta. Comparado con éste, todos sus demás pecados conocidos hasta el momento, son minucias.
Marcial Maciel debe estar ardiendo en los confines del infierno si las cosas allá no son como aquí, porque aquí casi lo hacen santo.
En 1956 se presentaron las primeras noticias ante el Vaticano sobre las malas conductas de ese hombre con los niños y adolescentes que tenía a su alrededor. Parece increíble que fuera hasta 2006, es decir, 50 años más tarde y una vez que tuvo que morirse su cuate el Papa Juan Pablo II, cuando prosperaron las acusaciones en su contra y llevaron al Papa Benedicto XVI a pedirle que se retirara a una vida de penitencia y oración. Castigo por cierto, muy duro y ejemplar para un pederasta, supongo.
Y ni qué decir de la gran labor que nuestras autoridades hicieron en su contra: nada.
Mugroso viejo horrendo el tal Marcial ése. Qué fácil le resultó todo. Sólo nos debe quedar de consuelo el pensar que él ya está pudriéndose lleno de gusanos no sé qué tantos metros bajo tierra.
No tenemos otro consuelo que ése porque contra él ya no pasó nada gracias a que lo protegieron y encubrieron un montón de hombres poderosos, curas y no curas, que se taparon los oídos y los ojos para no meterse “en lo que no les incumbe”.
Ahora lo único que queda es buscar el castigo para todos esos hombres que no son más que cómplices de sus fechorías. Claro que no debemos hacernos ilusiones, pues si al pederasta lo castigaron con mandarlo a su casa a ver la tele, me imagino que a éstos los pondrán a hacer las palomitas.
P.D. Por cierto, al lado de esta historia de terror, la forma en que el también ya finado ex abad de la Basílica de Guadalupe Guillermo Schulemburg llegó a amasar una fortuna de 15 millones de dólares, no tiene la menor importancia, ¿o sí?
