NO VOY A defender al locutor chiapaneco metido a diputado federal que desde hace una semana ha atraído los reflectores por sus comentarios –él dice que en broma– racistas.
Sí, en cambio, voy a abordar nuestra excelsa hipocresía.
Los medios de comunicación se han cebado sobre el tipo ese en una maniobra llena de disimulo.
Y es que, pese a nuestros avances tecnológicos, no obstante la capilaridad social que hasta hace unos años permitía el ascenso en la pirámide de ingresos, la mayor –aunque no mejor– educación, en muy buena medida todos somos racistas.
El prejuicio racial afecta a todos, en efecto. Lamentablemente, todos prejuzgamos en base a características superficiales. La raza –que históricamente es definida como una población con características biológicas distinguibles–, por ejemplo.
Pero igual, cual señala la ONU en uno de sus tantos documentos que buscan alcanzar un ideal, todas aquellas acciones, conductas, actitudes que tengan por objeto la discriminación, distinción, exclusión o restricción por cuestión de raza o procedencia, para que una persona se desarrolle en condiciones de igualdad de derechos, son actos de racismo y xenofobia.
Sucede que nos formaremos opiniones, a menudo basadas en estereotipos: “Toda la gente de tal y tal raza son…” Podemos llenar los espacios en blanco con expectativas de que ciertas razas son intelectualmente superiores, otras están llenas de avaricia, otra es más artística o atlética, y otra cuenta con miembros más propensos a ser deshonestos, etc. Estas ideas han sido formadas por la sociedad, medios de comunicación, y nuestra propia crianza en el hogar.
Pero también por los políticos.
Un acto de discriminación –y que va en contra de los postulados de Naciones Unidas– ha sido apenas emprendido por la fallida Administración de Felipe Calderón: interponer un juicio de inconstitucionalidad ante la Corte por la ley que en el DF otorga a los homosexuales los mismos derechos de que gozan los heterosexuales.
Los mexicanos somos ladinos. Estamos envenenados por el prejuicio. Más que la mayoría de los pueblos que, hoy por hoy, alientan sobre la faz del planeta. Lo digo como lo veo. Lo digo como lo siento. Lo digo como lo constato día tras día. Bajo el discurso de nuestros valores éticos y cívicos, se fermenta un mundo de aborrecimientos, de fobias, de discriminaciones, de aberraciones sociales sórdidas y mal disimuladas.
Somos profundamente racistas. Lo hemos sido siempre. Afro-fóbicos sobre todo, pero también veladamente antisemitas y hostiles a toda etnia que percibamos como ajena (ignorando con ello el inevitable mestizaje de nuestras propias raíces). Los miramos con desconfianza, luego los segregamos y finalmente los utilizamos. La negritud sigue siendo objeto de sanciones sociales, si no explícitas, sí tácitas.
Somos misóginos. Digamos lo que digamos, nuestra actitud hacia la mujer tiene dos caras, que en el fondo son la misma: la depredación sexual, o bien, el desprecio manifiesto. Nuestro deseo por ellas no es homenaje a la feminidad, es agresión. Desde el podrido machismo de nuestra cultura, consideramos a la mujer como un ser infradesarrollado, primitivo, estúpido. Para el misógino, la mujer será siempre Dalila, Gorgona, Bruja, Medusa.
Somos homofóbicos. Como pequeño ejercicio lingüístico, me propuse hace algunos días levantar un inventario de todos los términos derogatorios que se utilizan para aludir a la homosexualidad, femenina tanto como masculina. Encontré veintiocho sustantivos con sus respectivos epítetos derivados, tomados predominantemente –aunque no exclusivamente– de los imaginarios animal y vegetal. Somos crueles con el homosexual.
Somos xenofóbicos. Nos asusta lo que “viene de afuera”, lo ajeno, lo que no se nos parece. La tal “hospitalidad” del mexicano es una más de esas cualidades de tarjeta postal que nos hemos inventado como fachada “de exportación”. Al extranjero o le tememos (siempre la reticencia del provinciano que no puede ver más allá de su tibio vallecito), o bien, lo explotamos descaradamente. Somos arrastrados con “los de arriba”, y despectivos con “los de abajo”.
Somos sexistas. Que no es lo mismo que “misóginos”. Aquí, el odio y la discriminación se ejercen en ambas direcciones. Por un lado, el apetito-desprecio del hombre hacia la mujer, pero de un tiempo acá también la belicosa actitud de ciertas “brigadas de choque” del feminismo malentendido, que andan cortando pipís a diestra y siniestra.
Nos cebamos en el diputado que fue del PRD y del Verde, para hipócritamente ocultar nuestros propios miedos, resentimientos…
Todo eso que nos hace despreciar al indio sólo por ser indio. O aprovecharnos del indio –ojo Xóchitl Gálvez–, para conseguir prebendas personales.
Discriminamos al pobre, porque es pobre. O al rico porque es rico.
Lo ocultamos y, por tal, cuando se ventila un acto discriminatorio de otro, lo linchamos, cual ha sucedido –en los medios, en las sobremesas— con el tipo ese apodado “Chunko”.
Dicen por ahí que, a final de cuentas, en nuestro país las clases acomodadas son las menos racistas: siempre tienen indios cerca… a su servicio.
Índice Flamígero: El tabasqueño Juan José Rodríguez Pratts suena como prospecto para ir a dirigir al ISSSTE, ahora que su actual titular Miguel Ángel Yunes sea postulador por Felipe Calderón –no por el PAN– como candidato a la gubernatura veracruzana. Anótelo en su agenda. + + + En Hidalgo funciona la payola. Todo indica que la administración que encabeza Miguel Ángel Osorio Chong paga a las radiodifusoras para que programen canciones y canciones “interpretadas” por Francisco Xavier (Berganza), quien contenderá en breve para encabezar la alianza antiPRI por la gubernatura estatal. Se trata de mantenerlo en el imaginario social.

No entiendo porqué asume el señor Rodríguez que condenar las estupideces de dicho diputado son necesariamente un acto de hipocresía. No todos compartimos ese tipo de humor burdo e ignorante, pero pero parece que el autor si. Es igual que el caso del Esteban Arce en Televisa: debe reprobarse y tal vez castigarse civilmente todo acto verbal o real que aliente la discriminación. Un primer paso para acabar con el racismo que el autor describe, que es real, es acabar con la estupidez que se disfraza de humor pero esconde violencia y odio.
Comment by Enrique — February 5, 2010 @ 9:11 am
Estoy de acuerdo con don Francisco y en este comentario mas que nunca, somo una raza que hasta cierto punto no tenemos bien definido en terminos de nacion o comunidad que es lo que queremos y muchas veces ni en terminos individuales, Ojalá y todos pudieramos revizar nuestra historia y asi nos entenderiamos mejor
Comment by JESUS — February 5, 2010 @ 10:56 am
Ahora sí señor periodista, se sacó usted el puñal y nos retrató de cuerpo entero, así somos, aunque duela, moleste o todo lo contrario diría LEA.Vale.
Comment by Ricardo Ruiz A. — February 5, 2010 @ 12:24 pm
Eres el menos objetivo que jamas he leido, y siempre tu “notas” terminan en que la culpa de todo la tiene el FeCal, jajaja, de seguro hasta los gases con premio que te avientas le hechas la culpa, como el diputado era del PRD los hipocritas somos todos los demás, si hubiera sido del PAN entonces lo andarias quemando con leña verde. Y yo no le voy a ningun partido por mi que los agarren a balazos en el baño de algun bar a TODOS.
Comment by ReflectoDonte — February 5, 2010 @ 2:14 pm
“los mexicanos somos ladinos…” una afirmación absoluta.
No todos.
Hablando de estereotipos, etiquetas y demás… Contradictorio, no?
Comment by mar — February 5, 2010 @ 8:31 pm