Hoja Volante

Agua que no has de beber…

February 9, 2010

— 12:00 am

De tiempo en tiempo vale la pena mirar cómo se nos ve desde afuera del país por no mexicanos. Por ejemplo, hace unos días la televisión española transmitió uno de sus programas ‘Españoles en el mundo’ desde México.

En ese programa algunos españoles que se han afincado aquí hablaron de las maravillas del  lugar, del buen trato, de lo simpático que somos, de lo cálido y amorosos que nos gusta ser y todo eso que nos alegra el oído. Sin embargo la mayoría de ellos encontraron un ‘pero’ en la sopa: “la corrupción”. Está aquí o allá, en todos lados, en cualquier momento, de arriba hacia abajo o a la inversa. Eso es México, dijeron.

Claro, en todos lados se cuecen habas y hace poco se han dado casos de corrupción grave en España, como en otros lados del planeta tierra en donde habitan seres humanos que se brincan las trancas para conseguir beneficios fáciles, sin enganche y sin fiador.

Sin embargo es cierto. En alguna medida el país mexicano vive inmerso en un líquido seboso, agrio y maloliente: la corrupción. Una corrupción que va desde las oficinas de muchos funcionarios archimenores hasta muchos de los de pipa y guante.  “Es el aceite que engrasa la máquina nacional” se dice con todo cinismo. “Es la simplificación administrativa”, se dice también a veces con regocijo.

Ocurre lo mismo con el gendarme de la esquina que en las grandes negociaciones entre funcionarios que se benefician con cantidades que los hacen ser ‘don’, luego de ser un simple ‘Pérez’ que llegó a la burocracia sin más abrigo que sus ganas de ‘triunfar en la vida para sacar de pobre a mi familia’, y así.

Por desgracia, muestras de ese pecado nacional están a la vista todos los días y en cada minuto de nuestro ser mexicano sin que se perciba una solución a corto plazo mediante procedimientos de transparencia que involucren no sólo a funcionarios, sino también al ciudadano de a pie, como parte de un proceso de limpia nacional. ¿Quién se ocupará de eso?  Alguna vez don Samuel I. del Villar lo intentó, pero quienes que se sintieron amenazados en sus intereses se le fueron encima como fiera incontrolable…

Todo esto viene al caso porque hay modalidades de esa corrupción. Naturalmente hay la corrupción punible, la que tiene que ver con el enriquecimiento ilícito, esa que, a lo Wilde, tiene miedo de decir su nombre.

De pronto algunos funcionarios, algunos políticos y burócratas de todos los tamaños, ya no viven en “la honrada medianía que proporciona la retribución que la ley les señala”, lo cual, por cierto, también ocurre en muchas otras esferas, incluyendo a algunos periodistas que de pronto aparecen con casas, carros, comidas, viajes y solaces que no corresponden con el sueldo nominal y la torta de queso de puerco del principio de los tiempos.

Esas modalidades de corrupción, digo, están en el caso omiso de responsabilidades. Como ya se ve que ha ocurrido con la tragedia en el Estado de México y el Distrito Federal. Tanto el señor Enrique Peña Nieto como el señor Marcelo Ebrard han pasado todo este tiempo preparándose para la gran confrontación del 2012 en la que ambos, muy probablemente, competirán para ser presidentes del país mexicano.

Han hecho alarde de trabajo cumplido; han hecho fiestas interminables de agasajo a su buen quehacer gubernamental; el señor Peña Nieto no escatima esfuerzos para estar en todos los medios nacionales, en particular en la televisión de las estrellas, en tanto que el señor Ebrard ha presentado al mundo la gran capacidad del mexicano del D.F., por conseguir records Guiness, en roscas de reyes, en árboles de Navidad gigantes con costos estratosféricos provenientes –se dice- de empresas privadas, a las mismas que promociona y a las que pagamos nosotros al adquirir sus productos nacionales o transnacionales, así tenemos aquí costosísimas albercas o pistas de hielo…

Y mientras el señor Peña Nieto nos avisa con la señora cantante Lucero que el Estado de México es el estado en donde todo es felicidad, el señor Ebrard nos bloquea el Zócalo de forma permanente y lo deja abierto cuando así conviene; hace obras de relumbrón y nos dice que él no se equivoca porque él siempre tiene la razón mientras que la ciudad de México es un caos en su tránsito cotidiano, en su sistema de transporte, en la seguridad de quienes aquí vivimos, sucia, maloliente, abandonada a su suerte y… pero…

La naturaleza, que no sabe de política y menos de campañas preelectorales, mostró  el lado nada amable de la verdadera situación para quienes viven en la zona conurbada del Estado de México y el D.F.

En unos cuantos días, el frío, la lluvia y luego, lo peor, el desahogo de los sistemas de drenaje hirieron a una gran cantidad de habitantes en estos lugares, casi todos ellos en colonias de trabajadores.

Por supuesto, arreglar el sistema de drenajes y desazolves no viste de luces a gobierno alguno, pero es necesario hacerlo a riesgo de que ocurra la tragedia de muchos, por culpa de unos cuantos negligentes, olvidadizos y ambiciosos de poder… De poder ¿para qué? ¿Para qué es ese poder? ¿De veras es poder?…

Mientras los mexicanos de hoy ven y callan: pero no olvidan. Es la vuelta de tuerca, la misma que vio Malcom Lowry cuando escribió “Bajo el volcán” mirando a este país  “lento, melancólico, trágico ritmo del mismo México: su tristeza” ¿Eso lo entenderán los señores Enrique Peña Nieto y el señor Marcelo Ebrard?  No lo sé. Nadie lo sabe. jhsantiago@prodigy.net.mx

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