Para millones de católicos esta es la celebración prima de la religión, el nacimiento de Jesús. Treinta y tres años después fue crucificado en una votación a mano alzada, de manera totalmente arbitraria y aprovechando el juez supremo la excitación de una masa enajenada fácilmente manipulable. No deja de ser caprichosamente paradójico que dos mil nueve años después, sus hijos quieren imponer su voluntad, a como dé lugar, porque no les gusta que la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, haya aprobado el matrimonio de homosexuales y les haya permitido la adopción de sus herederos.
Los lances retóricos han sido tan desafiantes como violentos. “Por las cochinadas y marranadas que hicieron”, dijo Armando Martínez, presidente del Colegio Católico de Abogados al referirse a la iniciativa aprobada por el congreso local, van a tener un “cerco jurídico” para evitar que las parejas de homosexuales puedan cumplir el ordenamiento jurídico que la ley les da derecho. El cardenal Norberto Rivera, por su parte, dijo que la aprobación de la iniciativa era una “arbitrariedad”, que iba contra la voluntad de la inmensa mayoría de los mexicanos.
El derecho a defender sus creencias y valores es legítimo, pero el prelado y el abogado no se quedaron sólo en esa trinchera. Avanzaron. Martínez sugirió que están dispuestos a violar la ley para que no se aplique la ley, mostrando muy poca tolerancia contra quienes son diferentes a él. Rivera cuestionó el valor intrínseco de la democracia al señalar que la ley iba contra la voluntad de la mayoría de los mexicanos, cuando no fue una congregación de enajenados que votaron a mano alzada, sino legisladores que al ser electos por los ciudadanos, recibieron el mandato de la gente para tomar decisiones colectivas en nombre suyo; si la mayoría aprobó la ley, es la mayoría legal de los ciudadanos los que están de acuerdo con la misma.
La intolerancia allana el camino a autoritarismos y fundamentalismos, pero no es ni patrimonio de ellos, ni patrimonio de los católicos. De hecho, en este año que está por concluir termina también una década terriblemente regresiva, donde lo peor de la condición humana emergió alimentada por odios y resentimientos. La bipolaridad se convirtió en polarización, el diálogo fue derrotado por el insulto, y quebró sociedades en México y el mundo.
En términos históricos, 2001 es el año paradigmático. Fundamentalistas musulmanes estrellaron aviones en las Torres Gemelas de Nueva York, en el Pentágono en los suburbios de Washington, y no pudieron llegar a estrellar un cuarto probablemente en el Capitolio, en los actos de terrorismo más dramáticos para la humanidad. Sin embargo, lo que debía haber sido –en la racional occidental- un apoyo solidario para Estados Unidos, se convirtió en una serie claroscuros. Sorprendido, el periódico Boston Globe publicó un ensayo con un titular que preguntaba: “¿Por qué nos odian?”.
Esos atentados terroristas tuvieron respuestas terroristas. El presidente George Bush invadió Afganistán y derrocó al régimen talibán. Luego inventó que el régimen de Saddam Hussein había financiado a quienes los atacaron en 2001 y como además tenían armas de destrucción masiva, le hizo la guerra hasta derrocarlo y matarlo. Ninguna de las acusaciones en las que fincó su agresión resultaron ciertas, pero el mundo perdió su sosiego. El mundo musulmán enfrentado militarmente con occidente fue el efecto inmediato de esa cadena de episodios, transformando para siempre los patrones de conducta y comportamiento de millones de personas.
Sin estar contaminados por esa dicotomía, más en términos ideológicos que teológicos, los mexicanos tuvimos nuestra buena dosis de división nacional y de polarización. Para bailar tango se necesitan dos, y los mexicanos los tuvimos en los entonces presidente Vicente Fox y jefe de Gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador. Fox se empeñó en destruir a López Obrador y lo acosó política y jurídicamente de manera tan obsesiva, que partió a los mexicanos. El enrarecimiento se agudizó durante la campaña presidencial, donde los campos electorales se volvieron campos de batalla.
Fueron los años de los buenos y los malos, donde aquellos a quienes se consideraba voceros de los malos, que era el gobierno, eran linchados en el Zócalo después de juicios a mano alzada. Los buenos se convirtieron en héroes y heroínas, gladiadores contra el Leviatán. La polarización quedó bien arraigada en la cultura, donde todo tiene que pasar hoy en día por el tamiz de López Obrador, a quien odian o aman, reproduciéndose el fenómeno entre otras capas sociales, que siempre traen cargadas sus pistolas retóricas para disparar contra todo aquél que piense distinto. La máxima mexicana se ha potenciado: si no estás conmigo, eres mi enemigo.
Como en el resto del mundo, vivimos aquí la díada del blanco y negro. Ya no son suficientes las leyes, las normas, las costumbres y hasta las indiferencias. Todos deben de tener partido y todos deben jugar del mismo lado, porque si no sucede eso, son los enemigos a quienes hay que destruir. Todavía estamos la mayoría en la destrucción por la vía de la palabra, pero quizás estamos menos lejos de lo que pensamos que esa aniquilación deje de ser retórica. Las sociedades deprimidas son las más fácilmente manipulables, y el discurso del odio el que más las provoca.
Uno quisiera que en estas fechas donde todos los guerreros se toman un respiro, también se dieran espacios para la reflexión y para ver, a la manera de Ortega y Gasset, más alto y más lejos, para alcanzar a mirar a dónde van a llevar el discurso del odio y la polarización, vuelta hoy parte del paisaje nacional. Pero uno sabe que ese propósito es inútil. Los políticos lucran del fenómeno, o están ciegos a lo que produce. Lo único que queda es decir que, cuando menos desde una humilde tribuna, alguien pensó que todo eso que está pasando, aleja cada vez más, un futuro mejor.
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NOTA: Estrictamente Personal volverá a publicarse el lunes 4 de enero de 2010.
