La guerra contra el narcotráfico, en los términos como los planteó el presidente Felipe Calderón, llegó a su fin. El error en el diseño original de la estrategia del secretario de Seguridad Pública Federal, Genaro García Luna, no pudo ser resuelto en tres años y empezó la resaca. En la última reunión del Consejo Nacional de Seguridad, los gobernadores cuestionaron las cifras de la violencia y reclamaron la manera como el gobierno está midiéndola. Pero un gobernador, José Reyes Baeza de Chihuahua, dibujó lo que será la línea de ataque en el próximo futuro. Señor Presidente, le dijo le dijo a Calderón de frente, la violencia comenzó cuando el Ejecutivo declaró la guerra contra el narcotráfico. O sea, la violencia es culpa del gobierno y de nadie más.
La lógica de la guerra contra el narcotráfico, expuesta al Presidente por García Luna al inicio de la administración, era golpear las estructuras financiera y logística de los cárteles. Pegarles en el corazón del negocio, con lo cual se alteraría toda la estructura era el objetivo. Una vez desarticulada, calculaban, sería más fácil acabarlas. La primera fase fue un éxito. Los cárteles resultaron tan afectados en sus ingresos, que dejaron de tener dinero para sus nóminas. El Cártel del Golfo casi desapareció en ese periodo, y tuvo que regresar a extorsión y protección, así como abrir nuevos mercados en el sur de México y Centroamérica para sobrevivir. Los sicarios del Cártel de Tijuana se volvieron sanguinarios secuestradores exprés. El Cártel de Sinaloa, que tenía inventarios para soportar la sequía, se partió en dos.
El Ejército y la Marina salieron a las calles a ser, junto con la Policía Federal, la primera línea de fuego. No era lo que pensaban harían al arrancar el sexenio, pero la propuesta de García Luna, aprobada por Calderón, los metió en una guerra que no buscaban. El desgaste interno y ante la opinión pública tiene inconformes a las Fuerzas Armadas, y algunos altos mandos rayan en las molestias. Un general y un contralmirante, reflejando una línea de pensamiento cada vez más extendida entre sus pares, afirmaron por separado que la estrategia de García Luna ha fracasado. Militares y civiles coinciden. Calderón perdió el consenso.
Dos factores han impedido que el Presidente mantenga respaldo total a su guerra contra el narcotráfico. El primero es que la segunda fase, la participación de las policías municipales –para así retirar a las Fuerzas Armadas de las calles-, nunca comenzó. García Luna ha pujado por una policía nacional, cuyo comando esté integrado bajo él, pero pese a ser una idea persuasiva y quizás positiva, la pérdida de legitimidad del secretario ante la opinión pública ha hecho que tenga muy poco respaldo. El apoyo reiterado de Calderón a esa medida, no ha pasado de ser retórico. García Luna buscó hace casi dos años que los presidentes municipales le permitieran nombrar a sus secretarios de seguridad y articular, de manera informal, a esa policía nacional. Todos lo rechazaron y buscaron que el secretario de la Defensa, Guillermo Galván, se los pusiera. El Ejército ha pagado una alta cuota de sangre al apoyarlos, y varios generales han sido asesinados en cumplimiento a su trabajo.
La estrategia de la guerra contra el narcotráfico se mantiene enfocada a desarticular sus estructuras, detener narcotraficantes, decomisar droga, dinero y propiedades. Hay más de 90 mil detenidos, pero paradójicamente esto subraya el fracaso de una política fincada en la fuerza. Lo que nunca anticiparon, dicen altos funcionarios federales, es que los cárteles se pudieran reorganizar de una manera tan rápida, con alianzas frágiles y volátiles entre viejos enemigos, pero cada vez más violentos y con mejor armamento. Al nunca definir Calderón o García Luna cuál sería una victoria, la guerra declarada se encuentra en una especie de dinámica sinfín.
El argumento de que la espiral de violencia es creciente porque los cárteles están peleando por las rutas de distribución y comercialización de la droga, está agotado. La justificación de que los empresarios fronterizos ya quieren que se retiren las fuerzas federales de sus plazas para que ellos puedan seguir cerrando los ojos mientras los narcotraficantes lucran en esos mercados, es un alegato hoy en día reduccionista. Si el Presidente y el secretario insisten en él, deben producir resultados concretos. Pero en esta guerra, prácticamente no hay empresarios detenidos –en cambio hay un número creciente que o se ha ido del país o ha enviado a su familia al extranjero-, ni tampoco se ha visto la desarticulación contundente –salvo casos de excepción como en Michoacán, y los ex mandos en la SIEDO caídos en la “Operación Limpieza”-, de las redes de protección institucional que afirman que existen.
En esta guerra contra el narcotráfico, que tuvo una primera etapa pero que no ha tenido claridad en las posteriores, la apelación del Presidente para que la apoyen está empezando a caer en terreno árido. No se puede seguir apoyando esta guerra si no define el Presidente lo que entiende por victoria, y si no presenta una visión que vaya más allá de la fuerza para explicar la integralidad de su estrategia. La fuerza debe ser uno de los componentes de la guerra y no su razón de ser. Son varios los ejemplos de derrotas en guerras donde la superioridad militar no fue suficiente, como Francia en Indochina o Estados Unidos en Vietnam. La propaganda sobre los logros en la guerra–mensaje permanente del gobierno- esconde la definición de victoria y construye un búmeran para Calderón. Alemania y Japón tuvieron más prisioneros y decomisaron más armas a los aliados en la Segunda Guerra Mundial, y sin embargo perdieron.
La estrategia de Calderón y García Luna no consideró tampoco la incorporación de los poderes políticos, económicos y sicológicos. Todo se resumió al voluntarismo de la sociedad que acudió al respaldo del gobierno para una guerra éticamente noble, pero políticamente desastrosa. Si quiere más apoyo para el resto del sexenio, tienen que dejar las simulaciones y empezar a dar otro tipo de resultados en el desmantelamiento de las redes de protección de políticos, empresarios, entidades privadas y organizaciones sociales. Si dicen que ahí está la fuerza de los cárteles, que actúen sobre ellas y no sólo que rasuren la punta del iceberg. Les quedan tres años para cambiar su destino político.
