Ernesto Mendieta, quien asesoró a la familia Martí durante el proceso de negociación del secuestro del joven Fernando Martí, tiene muchas cosas que explicar ante las autoridades y la opinión pública. Mendieta rindió declaración el año pasado como testigo en la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal, pero las nuevas evidencias exigen que aclare quién negoció el pago de rescate, cómo se planeó la entrega del dinero y cuál fue el grado de intervención de la policía, que ayude a conocer la historia oculta de un secuestro que, por múltiples razones, apesta.
Ese misterio arranca cuando el dinero para el rescate de Martí fue llevado por un chofer de plena confianza de su familia, al punto indicado por los secuestradores. El chofer partió de la casa de Fernando en su propio vehículo, con una maleta en donde se encontraba el pago y un teléfono celular para que le fueran dando instrucciones los secuestradores. Le hicieron dar varias vueltas hasta que le indicaron que sobre la avenida División del Norte, a la altura de la Alberca Olímpica, iba a encontrar un auto Spirit abierto. Conforme a las instrucciones, abrió la cajuela, dejó la maleta y regresó a la casa Martí, sin saber qué pasó después.
Según la averiguación previa, la primera comunicación de los secuestradores fue con el empresario Alejandro Martí, y más adelante entró su sobrino como interlocutor. Pero quien negoció con los secuestradores el monto final del rescate y cómo se realizaría el pago, según la investigación, fue Mendieta, quien informó de los términos al padre de la víctima, y que tenía que ser un empleado de confianza quien entregara el rescate.
Aquí empiezan las preguntas. Según personas que vieron la averiguación previa, no existe grabación de la llamada entre Mendieta y los secuestradores, lo que es raro, pues ese tipo de comunicación siempre se graba para hacer posteriormente las pruebas de voz. Hasta donde se sabe, no hay pruebas de voz en la averiguación que permitieran saber si la del secuestrador es la de Sergio Humberto Ortiz Rodríguez, “El Apá”, al que la procuraduría capitalina acusó como el jefe de la banda “La Flor”, que afirma es la responsable del secuestro de Martí.
La siguiente pregunta que se tiene que responder es cuándo se abrió la averiguación previa. Este dato es relevante porque de acuerdo con la ley capitalina, un negociador privado puede actuar en esa categoría siempre y cuando no exista una averiguación previa y la autoridad, por tanto, esté actuando. Si la averiguación se abrió hasta que encuentran el cadáver de Martí, Mendieta actuó dentro de la ley. Pero si fue previo al rescate, Mendieta violó la ley al negociar los términos con los secuestradores.
Una más tiene que ver con lo que sucedió durante el proceso de entrega del rescate. Funcionarios de la procuraduría del Distrito Federal han señalado que participaron desde el principio en el secuestro de Martí -sin que esto signifique que se abriera en automático la averiguación previa-, y que había un operativo de la Policía Judicial que seguía al chofer de la familia, a cargo del entonces jefe de Operaciones de la Fiscalía Antisecuestros, Rafael Tuxpan. Si esto fue así, ¿cómo perdieron al chofer los policías de Tuxpan? ¿Qué hizo Tuxpan o qué dejó de hacer? ¿No sabría él quién tomó el dinero del maletero del Spirit? Tuxpan, por cierto, ya fue retirado del caso Martí.
No es así con quien era su jefe, el ex fiscal Antisecuestros, Jesús Jiménez Granados, quien por la detención de “La Flor” se ganó la jefatura de la Policía Judicial del Distrito Federal, y cuya participación en el caso tiene relación directa con Mendieta. Las relaciones del negociador con el gobierno del Distrito Federal son amplias, no sólo por los contratos multimillonarios por asesoría jurídica y seguridad, sino porque cuando Jiménez Granados era fiscal, recurría a Mendieta en los casos de “alto impacto” para que lo asesorara. La relación era un poco más que profesional: son primos hermanos.
Esta relación, que aparentemente no tiene conexión con el caso Martí, lleva a otra batería de preguntas sin respuesta. El año pasado Mendieta empezó a ver su imagen como consultor enlodada por el caso Martí, por lo que acudió a los medios. En una de esas oportunidades, declaró a la revista Proceso en agosto que el asesinato de Fernando había sido producto de “la mala suerte”, y afirmó no tener la menor duda de que los autores eran policías o ex policías, “por la mecánica de la operación, la información que tienen, los contactos…”, similar al de otros casos investigados por la PGR, dibujando sagazmente el perfil de los supuestos miembros de “La Flor”.
Hoy tiene que aclarar cómo pudo esbozar con tanta precisión a los presuntos jefes de “La Flor” y que su modus operandi era como el de casos que investigaba la PGR, tres semanas antes de que se detuviera a los integrantes de ese grupo. En el mejor de los casos para él, su dicho afecta directamente a su prestigio, pues se comprobó que los responsables no eran policías o ex policías, ni su modus operandi era similar. Más grave para él y los jefes policiacos -hay que preguntárselo-, es si Jiménez Granados le entregó la información de “La Flor” antes de dársela al procurador del Distrito Federal.
Lo que hizo Mendieta en Proceso fue adelantar los generales de la versión de Jiménez Granados y Tuxpan, que hoy está totalmente desacreditada, y puso contra la pared al procurador Miguel Ángel Mancera y al jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard. El papel de Mendieta está en entredicho por todos los vasos comunicantes con los jefes policiales y su rol como negociador, pero como el año pasado, se ha mostrado desafiante al declarar: “Estoy a disposición de la autoridad”. Que Mancera le tome la palabra. Que lo cite. Que empiece a limpiar el hedor que acompaña este crimen que aún estremece.
