Estrictamente Personal

No somos tontos

April 29, 2009

— 1:00 am

 

Las autoridades federales y del Distrito Federal tienen una cosa en común: creen que somos idiotas. En casi seis días de epidemia de influenza, han ejecutado acciones sobre las rodillas, de manera no integral, sin importar que sean medidas radicales o insuficientes, y con una notable incapacidad para transmitir mensajes a la altura de la emergencia. En el camino, aplastaron la Constitución, disputan absurdamente el protagonismo político, e inyectaron pánico a la sociedad, que cuando se entere que no le han estado hablando con toda la verdad, el paso a la indignación será corto.

El detonante fue el jueves 23 de abril a las 16 horas, cuando en la Secretaría de Salud federal recibieron una notificación del gobierno de Canadá sobre cepas de influenza  que habían enviado para su análisis, que daban positivo sobre el virus denominado A-H1N1, que era una mutación del virus de la influenza porcina. A las 19 horas de ese mismo día, llegó la confirmación del Centro para la Prevención y el Control de Enfermedades en Atlanta (CDC), donde de las 18 cepas que revisaron, 17 dieron positivo, con el genotipo que habían encontrado en un paciente en California. El gobierno federal entró en su propio pánico.

A las 21 horas de ese jueves, el secretario de Salud, José Ángel Córdova, anunció la alerta de emergencia contra la influenza y dio a conocer, sin que se hubiera hablado con ninguna autoridad académica fuera de la Secretaría de Educación Pública, que al día siguiente no habría clases en toda la zona metropolitana. Lo que hizo Córdova fue esbozar un estado de excepción, contemplado en el artículo 29 constitucional, pero que no establece provisión para una alerta sanitaria. Además, ignoró al Consejo de Salubridad General, que de acuerdo con la Constitución es la segunda autoridad sanitaria del país después del Presidente.

El viernes 24 el Presidente se convocó al Consejo de Salubridad General. Ahí las autoridades de salud mostraron el mapa de la epidemia y explicaron que no había sido posible determinarla con la información que disponían. La reunión fue ríspida, y a varios incomodó que el subsecretario de Salud Mauricio Hernández les dijera que el virus era tan nuevo como “el sarampión” que trajo a México Hernán Cortés durante la Conquista (en realidad, lo que trajo fue la viruela). Adelantó que expertos de la Organización Mundial de Salud (OMS) estaban por llegar a México para hacer el modelo matemático del virus, y Córdova dijo que no eran dos entidades con casos sospechosos, sino cinco. Hubo  consenso de que en el curso del fin de semana se anunciaría el regreso a clases para el jueves 30 de abril.

El sábado 25, varios participantes en la reunión escucharon a Córdova declarar a la prensa que “ni la mitad” de las entidades del país tenían casos sospechosos del virus, lo que ya contrastaba con la cifra de cinco de la noche anterior. Sorpresa mayor fue cuando el secretario de Educación, Alonso Lujambio, anunció que el regreso a clases sería hasta el jueves 6 de mayo. Con la molestia incubada, el lunes se celebró la siguiente reunión del Consejo de Salubridad, donde Córdova admitió que había  casos sospechosos en las 32 entidades del país.

En esa reunión cuestionaron al responsable del Centro Nacional de Vigilancia Epidemiológica y Control de Enfermedades, Miguel Ángel Lezana, quien no pudo entregar el perfil de los contagiados -edad, sexo, origen-. Tampoco pudo decir en dónde había sido origen del contagio, para que se pudiera estudiar a fondo el virus. Menos aún pudo dar la cifra exacta de contagios, lo que motivó la molestia de los especialistas por la falta de precisión en el dato epidemiológico.

Al desastre declarativo se sumó Javier Lozano, secretario de Trabajo, incapaz de dar una cifra precisa sobre ausentismo laboral -dijo que era entre 1 y 3%, ¿o sea 2%- y de la canciller Patricia Espinosa, que ante el alud de opinión pública mundial negativa sobre México, guardó silencio sobre la liberación de la OMS para que cada país decida si prohíbe viajar a México, y no dijo nada que Estados Unidos ya emitió una alerta para no viajar a México.

El jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, hizo lo suyo. Se puso a competir con el gobierno federal por los espacios de opinión pública, con ruedas de prensa continuas donde no dijo prácticamente nada, y tomando acciones unilaterales y desorganizadas que sólo generaron inconformidad, como  el cierre de los 35 mil restaurantes en la capital federal, inútil si no está concertada con una medida similar en el estado de México. Ebrard parece estar tapando culpas por el descontento en el sector salud capitalino contra su secretario, Armando Ahued, quien ocultó por seis días que tenían un caso de infección mortal de influenza.

Ebrard puso a Ahued a dar entrevistas y dar datos del avance de la enfermedad que antes había ocultado. Pero en las reuniones del Consejo de Salubridad General, es mudo. Lo único que ha hecho es congraciarse con la Secretaría de Salud federal, en la dicotomía hipócrita sobre dónde y cómo reconocen al gobierno federal. En público, Ebrard ignora que existe un Presidente constitucional; en privado pide ayuda. Su disputa es política, lucrando de un problema de salud pública.

En la suma, los dos gobiernos han jugado con la comunicación y la inteligencia emocional de los mexicanos, aprovechando que el miedo afecta todavía más la inteligencia racional. Pero la influenza porcina es más grande que ellos y llegará el momento en que tengan que rendir cuentas a la población a la que han estado manipulando y engañando. Para esto, quizás, no falte mucho.

rrivapalacio@ejecentral.com.mx

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Influenza y negligencia

April 27, 2009

— 12:00 am

¿Por qué una noche, como de la nada, se nos anunció que había un brote de influenza y que se tenían que tomar medidas extraordinarias para evitar una epidemia? ¿Por qué en cuestión de horas se había desatado en el mundo una crisis de salud que puso todas las maquinarias de prevención y emergencias internacionales a funcionar? No hay lógica que explique esa dinámica. Pero algo fundamental que no se ha informado explica la aparente esquizofrenia: la ruta crítica del brote. La crisis no comenzó el jueves 23 de abril, cuando se dio a conocer oficialmente la existencia del brote y se dispusieron acciones radicales de emergencia, sino varias semanas antes. Las medidas preventivas que se tomaron fueron tímidas, cortas, y se puede plantear como hipótesis de trabajo que hubo negligencias, médicas o políticas, que impidieron atacar el problema a tiempo.

La alarma en el gobierno federal se dio el sábado 18 de abril, cuando el Centro Nacional de Vigilancia Epidemiológica, que depende de la Secretaría de Salud federal, reconoció internamente que tenía un brote de neumonía atípica. Dos incidentes la detonaron. El primero fueron varios casos detectados en el Hospital Civil “Aurelio Valdivieso”, en Reforma, Oaxaca, de neumonía atípica. El segundo fue el reporte de un paciente muerto en el Hospital Balbuena, del Distrito Federal, presuntamente de la mortífera gripe aviar. La decisión del gobierno federal y del gobierno del Distrito Federal, fue no sólo callar lo que estaba sucediendo, sino, como sucedió en la capital, ni siquiera tomar las medidas preventivas.

En el caso del gobierno del Distrito Federal, al paciente muerto siguió la infección del doctor que lo trató y que salvó su vida porque le inyectaron una medicina restringida por el gobierno federal en el Instituto Nacional  de Enfermedades Respiratorias (INEAR). La decisión fue silenciar todo, pero el problema creció. Totalmente rebasado, el secretario de Salud del gobierno local, Armando Ahued, iba a dar a conocer que tenían un brote de influenza el jueves 23, pero el gobierno federal tomó la iniciativa porque la crisis ya había estallado en varias partes del país. El gabinete federal ya sabía de cinco mil casos de infección probable de influenza en varias entidades, 313 confirmados, y dotación de vacunas agotada, pero no había actuado con celeridad.

La primera llamada de atención fue el 30 de marzo, cuando ingresó a un hospital de Ottawa, la capital de Canadá, un paciente en coma que siete días antes había regresado de México. Su caso fue colocado en las alertas mundiales de los sistemas de prevención de enfermedades. Aunque en ese momento no se conectó el caso con un eventual brote de la enfermedad, en Veracruz ya se habían registrado acontecimientos dramáticos. Autoridades sanitarias locales reportaron un incremento de 15% de casos de neumonía y bronconeumonía, y el 6 de abril decretaron una emergencia sanitaria en La Gloria, una comunidad en Perote, Veracruz, donde más del 30% de sus tres mil habitantes tenían bronconeumonía. Desde ese momento, sin ninguna evidencia científica, los habitantes de La Gloria aseguraban que todo había comenzado por una contaminación en unas granjas cercanas, que habían contaminado el agua y los alimentos. Las autoridades locales establecieron un cordón sanitario alrededor de la comunidad, cuyos primeros casos se registraron el 10 de marzo.

Los sistemas de monitoreo y alerta transmitieron esa información. Uno de los recipientes fue el Centro para el Control de Enfermedades en Atlanta, que para mediados de abril estaba lidiando con siete casos de influencia porcina en California y Texas, con personas que recién habían regresado de México. En Newmarket, Ontario, a 45 kilómetros de Toronto, un paciente que recién había llegado de México, fue tratado en el Southlake Regional Health Center de enfermedades respiratorias, y su caso fue informado de inmediato al gobierno mexicano. En ese momento, el hospital “Aurelio Valdivieso” era el epicentro de la crisis que venía.

Para el 18 de abril ya habían muerto al menos dos pacientes y 16 trabajadores del hospital tenían problemas respiratorios, lo que había desatado el pánico en la institución. El IMSS entró rápidamente en apoyo y estableció una cuarentena, cerrando la sala de emergencias por 15 días para desinfectarla. La Secretaría de Salud no hizo nada hasta que el Centro Nacional de Prevención Epidemiológica decretó ese sábado la existencia de un brote de influenza. Tenían el recuento de víctimas en la zona metropolitana: dos muertos en el Hospital de la Secretaría de Salud, dos en el INEAR, y uno en el Hospital Ángeles, 120 casos de infectados. Además, el muerto en Balbuena.

Con los antecedentes, no fue sino semanas después de los primeros casos de neumonía atípica en La Gloria, Veracruz, y de la crisis sanitaria en el hospital “Aurelio Valdivieso”, cuando el gobierno federal entendió la magnitud de lo que tenía en las manos. Las autoridades en Veracruz y Oaxaca dieron alerta temprana de lo que sufrían, pero en la Secretaría de Salud no hubo respuesta. En el Distrito Federal, el brote les estalló en las manos y decidieron, probablemente por razones políticas, silenciarlo. De haber actuado con diligencia, ¿se habrían salvado más vidas? La respuesta es retórica. Lo que no debe faltar es el esclarecimiento de responsabilidades y una investigación federal y en el gobierno del Distrito Federal para determinar quiénes son los funcionarios que no actuaron con la competencia debida. En el brote de influenza, sí hay responsables por la respuesta tardía, y quienes provocaron que escalara la crisis, no pueden quedar impunes.

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¡Somos chilangos!

April 26, 2009

— 1:00 am

 

Ahora sí, nos pusieron un espejo. Nosotros que nos sentimos superiores al resto del país, sofisticados, maduros, sabelotodo, educados como nadie y depositarios por mandato de quién sabe quién para prender el faro que debe seguir la nación, estamos sumidos en la sensación de vulnerabilidad, inermes, asustados, apanicados por un maldito puerco que generó la influenza que ¡nos está matando a todos! ¿Un puerco? Sí, un puerco.

Primera imagen: la maravillosa conductora de uno de los programas de radio más escuchados en la ciudad de México, metida de lleno en la dinámica de la paranoia que durante toda la mañana azotó ferozmente la capital federal, decía a sus cientos de miles de radioescuchas que dejaran de comer carne de puerco, que en realidad no sabía si por esa vía se podía contagiar alguien, y que aunque las autoridades decían que comer carne de puerco no representaba riesgo alguno, de cualquier manera, por las dudas y por si acaso, que no lo hicieran. Va. El cuarto poder, convertido en poder supremo.

Nosotros, que nos sentimos perfectamente informados y no como los provincianos del resto del país, cercanos a los centros de toma de decisiones, con capacidad para gritar e  influenciarlos -hay un columnista que todas las semanas escribe cómo los gobiernos le hacen caso y toman las decisiones que les sugiere-, nos enfrentamos de golpe a la realidad.

Segunda imagen: el periodista Carlos Puig entrevista al secretario de Educación del Distrito Federal, Axel Didrikson para que evalúe cómo arrancó el viernes. Didrikson  respondía sobre la calidad de los programas educativos cuando lo interrumpió su entrevistador. No, no, el tema es la suspensión de clases por el brote de influenza, anunciado en una cadena nacional de televisión la noche anterior desde preescolar hasta universidades. “No tengo información”, reconoció. “Hasta donde tiene entendido”, añadió, las preparatorias del Gobierno capitalino sí están abiertas. Touché.

Esta ciudad-capital, orgullosamente beligerante, que arrasó con el gobierno de Miguel de la Madrid en 1985 cuando por 72 horas se encargó la sociedad de las tareas de rescate de las víctimas del terremoto y que tres años después le cobró la factura rompiendo el monopolio del PRI en las elecciones federales y 12 más adelante le entregó al PRD la conducción de su vida política, regresó como ratita asustada al cobijo del gobierno federal. Y panista para colmo.

Tercera imagen: El gobierno de Felipe Calderón, odiado por millones de capitalinos, entró a su rescate. El atribulado secretario de Hacienda, Agustín Carstens, amplióó el plazo para el pago de impuestos. El cuestionado secretario de Trabajo, Javier Lozano, apelóó a los empresarios a tolerar el ausentismo. El secretario de Salud, José Ángel Córdova se convirtió en la voz de la esperanza. El secretario de Educación Alonso Lujambio salió a dar la cara que no pudo dar Didrikson. ¿En qué quedó el rechazo al gobierno espurio?

El miedo seguramente. La cadena nacional del gobierno federal, si quería generar el pánico, lo logró. Esa ecuanimidad que presumimos los chilangos, ese ser tan cool se derritió. Saturación de información, sobrecalentamiento de la sociedad. La gente se quedó en sus casas y se notó no sólo en el tráfico. Quienes pidieron sus compras por teléfono al supermercado, no demoró la hora usual, sino el seis. Escribió Verónica al portal de W Radio: “Estoy entrando en pánico… salí de la oficina para comer y vi tanta gente con cubre bocas que me sentí como en la película Epidemia, salí también de adquirir algún cubre bocas y pasé a 3 farmacias y ya no había”.

Cuarta imagen: Claro que no iba a haber. Los chilangos, en esto nunca fallamos. Aunque los hospitales, los militares y el sistema de transporte público regalaron cubre bocas, fue el negocio del día. Cada cubre bocas cuesta 60 centavos en las farmacias capitalinas, pero en las calles se vendían a los transeúntes a un peso cada uno, que compraban sin chistar. En las esquinas, a los automovilistas, se los ofrecían en cinco pesos cada uno, que también compraban sin cuestionar. Ocho de cada 10 capitalinos estaban usando cubre bocas, dijo el comentarista de radio León Krauze citando una encuesta.

El brote de influenza afectó la vida cotidiana de los chilangos. Hubo jaloneos entre autoridades locales y federales y empresas privadas. Mientras Conaculta anunciaba que cancelaba todas las actividades culturales en recintos federales, Ocesa, la empresa del entretenimiento más importante, ni veía ni oía, y mantenía abiertos sus conciertos con los grupos The Rasmus y Hash. La utilidad, saben, por encima de todo. Pero al final, conciertos no hubo. Los obligaron a cancelar.

Quinta imagen: Más de 550 eventos fueron suspendidos, con avisos previos, y otros más a la carrera. En una competencia programada en la Alberca Olímpica, donde se iban a realizar pruebas preparatorias para las Olimpiadas de Londres, 13 mil personas fueron evacuadas tardíamente, pues los organizadores, ni pensaron que era necesario, ni a los responsables del inmueble les pareció que debían prohibirlo. Por decisión propia, eventos en centros de convenciones fueron cancelados. Pero los antros no cerraron, ni tampoco muchas discotecas. Los cines, vamos, mucho menos. ¡Viva la vida!

Después de todo somos chilangos, y ya sabemos que nos asustamos al principio, pero nos acomodamos rápido. Nos fugamos en los rumores y luego en los reclamos. Ya pedimos, ya nos dieron y ahora escupimos. Al final de cuenta, pues ni siquiera nos enfermamos. Somos cínicos. ¿No? Como decían en otro programa de radio a la medianoche del viernes, era una buena ocasión para irse al Ángel de la Independencia, desnudarse y besarse con todos. “Si vamos a morir, muramos felices”, remató. Tiene usted razón. Corrijamos: somos profundamente cínicos. Sí, claro. Además, cosmopolitas y bananeros, aspiracionistas y rudimentarios, soberbios e ignorantes. De todo y para todos. Después de todo, ¡somos chilangos!

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La molestia del general

April 24, 2009

— 1:00 am

 

El general Guillermo Galván, secretario de la Defensa Nacional, está muy molesto. Por un lado, porque las demoras en resolver las lagunas legales sobre su participación en la lucha contra el crimen organizado, donde realizan funciones que son más propias de la policía, los han hecho pagar altos costos políticos por violaciones a los derechos humanos. Y por el otro,  porque el presidente Felipe Calderón sacrificó en materia presupuestal a las Fuerzas Armadas en beneficio de la Secretaría de Seguridad Pública Federal, e instruyó a la Secretaría de Hacienda para que le recortaran una tercera parte del dinero asignado a ellos en el próximo año fiscal.

Por primera vez en la memoria de muchos políticos, para evitar hoyos más grandes en su presupuesto, el general Galván tuvo que ir al Senado y la Cámara de Diputados a cabildear por más recursos. Que un secretario de la Defensa acudiera personalmente  a gestionar apoyos en forma directa como los legisladores, se interpretó como un abandono por parte del Presidente, y como una medida extraordinaria en busca de apoyo para que el secretario de Hacienda, Agustín Carstens, abriera la tubería del gasto militar. Sus esfuerzos no han sido oídos hasta ahora.

El general Galván habló en privado con legisladores y les dijo cosas terribles. Que a la Fuerza Aérea le atormenta cada vez que tiene que sacar a volar los aviones de combate F-5 porque son tan viejos, que ni siquiera existen todas las piezas de refacciones que se necesitan. Esos F-5, que tuvieron alguna utilidad defensiva disuasoria a fines de los 70 y principio de los 80, ya no sirven para nada. Ni siquiera para desfiles, por el riesgo de que se caigan por fallas mecánicas. Que México no podría enfrentar un conflicto bélico con Guatemala, porque esa guerra, no tenía duda, la perdería por la falta de armamento.

El secretario de la Defensa se quejó ante los legisladores que el armamento del Ejército era inferior a la capacidad de fuego de los narcotraficantes, y que necesitaban urgentemente mejores pertrechos. Inclusive, recordaban en las cámaras, una fuerza de comandos de élite que desfiló el pasado 16 de septiembre, caras pintadas y boinas de tropas especiales, tuvo que ser armada en ese momento con equipo de otras unidades para que pudieran pasar orondas frente al balcón presidencial en el Palacio Nacional. La falta de apoyo gubernamental provocó que esa unidad delta esté hoy en día desintegrada. Por cuanto a los recursos, Carstens pidió 30% menos para la Defensa en el gasto del próximo año. Y que por favor, les mandó decir a los legisladores, dejaran de atender al secretario de la Defensa, pues los incrementos a la Fuerzas Armadas eran atribución  única del presidente Calderón.

Institucional finalmente, la molestia de quienes lo han oído, no es con el Presidente, sino con los secretarios Carstens, y con el secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, a quien consideran que es el consentido de Los Pinos, y al que, dicen  militares y legisladores, le están dando todo el apoyo que a otras áreas de seguridad, pese a poner tropa en la primera línea de fuego como las Fuerzas Armadas, niegan. El alto mando militar, confiaron personas que han escuchado los alegatos de los generales, no está en la lógica de contravenir los deseos del presidente Calderón, pero sostienen, cada vez en voz más alta, que haya congruencia y que los regresen a los cuarteles.

Eso sí que no. El Ejército regresará a los cuarteles, han dicho funcionarios federales, incluido el presidente Calderón y el secretario de Gobernación Fernando Gómez Mont, a s debido tiempo. El vocero de seguridad, Monte Rubido Alejandro, estableció el 2013 como el año que regresarían los soldados a los cuarteles, como un adelanto de la iniciativa de ley que envió el Ejecutivo al Congreso para regular la participación de las Fuerzas Armadas en operaciones que recaen en el ámbito de las fuerzas de seguridad civiles, y empezar a poner bálsamo sobre la espalda del general secretario.

La iniciativa declara la existencia de una “afectación a la seguridad interna”, que no sin requerir la suspensión de las garantías individuales, como prevé el artículo 29 de la Constitución, permita el actuar de las Fuerzas Armadas en caso de sublevación, agresiones directas contra autoridades del Consejo de Seguridad Nacional o directas a las instituciones, y por actos que pongan en peligro el orden, la paz y la seguridad y acciones de extorsión colectiva.

El proyecto es una respuesta directa al llamado del general Galván a debatir la presencia militar en las calles, que fue como una apelación urgente al debate porque el Ejército está acumulando violaciones a los derechos humanos porque sus tropas de élite, entrenadas a matar y a utilizar la fuerza para cumplir sus objetivos, están matando y utilizando la fuerza, lo que significa, según personas que conocen de cómo llegan los presuntos delincuentes a las cárceles, que los están torturando.

El presidente Calderón no está dispuesto, hasta ahora, de quitarle recursos a García Luna para dárselos a la Secretaría de la Defensa, lo que ha expandido la molestia de los militares a los legisladores. Les está dando una cobertura legal para evitar que en el futuro sean juzgados por crímenes contra la población civil, pero no los blinda por la violación de los derechos humanos. Es un avance pero no es suficiente. Las Fuerzas Armadas necesitan dinero para mejorar su capacidad bélica, su capacitación y su poder de fuego, si quieren que sigan enfrentando a los narcotraficantes. Si no se les da ese apoyo político y presupuestal, que los regresen hoy, no dentro de cuatro años, a sus cuarteles.

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Traiciones mortales

April 22, 2009

— 1:00 am

¿Quién informó al cártel de los hermanos Beltrán Leyva a dónde, cuándo, cómo y quiénes trasladarían a Jerónimo Gámez García, su operador financiero, a una cárcel en Tepic? Esa infidencia provocó un espectacular intento de rescate con más de 30 sicarios atacando a fuerzas federales y militares, que aunque al final resultó fallido, dejó en el camino a seis agentes federales y dos funcionarios penitenciarios muertos, toque de queda en la capital nayarita y una sensación de miedo generalizada que afectó la vida cotidiana en la comunidad. Mientras tanto, quien informó a los Beltrán Leyva los detalles del traslado de Gámez García, debe estar durmiendo sin problema, luego de haber desquitado la paga del crimen organizado.

Pero ¿quién fue? La pregunta ha sido elevada desde distintos medios en los últimos días. ¿Quién informó del operativo? Nadie, fuera de las áreas de seguridad del gobierno federal tenía acceso a esa información. Tuvo que haber sido transmitida con tiempo suficiente para que se preparara la operación de rescate con varias decenas de sicarios, porque una acción de esa naturaleza no puede ser improvisada. ¿Quién fue? Altos mandos de la Secretaría de Seguridad Pública Federal se deslindaron desde el domingo, al señalar que la operación y la logística recayó en la PGR. En pocas palabras, lo que dijeron es que si hubo una filtración a los Beltrán Leyva, la fuente más probable se encuentra dentro de la PGR. La dependencia no ha respondido nada ante esa imputación, que lo único que vuelve a dejar claro es la interminable pugna entre las dos áreas civiles que combaten al narcotráfico.

¿Dónde están los traidores? La pregunta ha perseguido al gobierno de Felipe Calderón, que ya tuvo que sufrir la infiltración de todos los cárteles en la Subsecretaría para las Investigaciones contra la Delincuencia Organizada, la famosa SIEDO, que era la que tenía que combatirlos, y obligar a una purga de varios meses. El problema de las filtraciones no es nuevo, y Calderón lo hereda del gobierno de Vicente Fox, en donde parecen haberse anidado varias de las redes de complicidades que han dejado trunca la lucha contra el narcotráfico, y donde las sospechas y desconfianzas entre todas las áreas a las que les encargaron combatir al narco, hacen que muchas veces operen individualmente sin el conocimiento de las demás dependencias por el temor de las traiciones.

Las traiciones no siempre salen de la PGR. Traidores hay en todas las dependencias. La Secretaría de Seguridad Pública Federal ha encontrado mandos superiores al servicio de los cárteles, y dentro de las propias Fuerzas Armadas han descubierto  oficiales de alto rango en la nómina de los narcotraficantes. Hay también casos donde, a decir por las secuelas, han servido inopinadamente a los cárteles, como el del ex procurador general, Rafael Macedo de la Concha, quien detuvo una operación de agentes federales que le pidieron autorización para arrestar a Joaquín “El Chapo” Guzmán, a quien tenían perfectamente localizado, y que se las negó. Les dijo que lo dejaran al Ejército, pero cuando la tropa llegó al rancho tres días después, ya se había ido.

En tres ocasiones más, de acuerdo con lo informado al gabinete de seguridad del ex presidente Fox, estuvieron a punto de capturar a Guzmán. En tres ocasiones, las intervenciones de funcionarios federales, impidieron la captura. Algo similar sucedió cuando el entonces director de la SIEDO, José Luis Santiago Vasconcelos, estaba investigando al coordinador de Giras Presidenciales de Fox, Nahúm Acosta Lugo, cuyo número de teléfono celular estaba registrado en un teléfono encontrado en un decomiso a propiedades de Arturo Beltrán Leyva. La investigación llevaba su curso cuando un funcionario federal le contó  al periodista Francisco Garfias sobre el caso. La publicación causó al final una especie de sabotaje de la investigación, que Santiago Vasconcelos lamentó hasta su muerte. La PGR tuvo que detener prematuramente a Acosta, pero con las pruebas insuficientes que hasta el momento tenían, nunca pudieron mantenerlo en la cárcel.

En este sexenio, Beltrán Leyva estuvo a punto de ser detenido en la casa donde vivía en el Pedregal de San Ángel, al sur de la ciudad de México. Una unidad de élite fue por él, pero cuando llegaron a la residencia, 20 minutos después de haber partido, ya no estaba. Alguien le informó que iban tras él. Sobre la mesa encontraron todavía los alimentos calientes. Ha habido otros casos donde han llegado comandos de fuerzas federales a un operativo donde resulta que los estaban esperando, como consecuencia de alguna infidencia. Dentro del Ejército no confían ni en la Secretaría de Seguridad Pública, ni en la PGR, porque han tenido experiencias donde cuando llegan a detener a un capo, o ya se fugó, o son emboscados. El caso de traición más notorio, por lo público, se dio el año pasado cuando “pusieron” al coordinador de seguridad regional de la Policía Federal, Édgar Millán, quien fue asesinado dentro de una casa a la cual llegó a descansar unas horas por mero accidente, y a donde tenía tiempo de no frecuentar.

El intento de rescate en Tepic -que por lo demás, es un modus operandi de los Beltrán Leyva-, es el recordatorio trágico de una deuda pendiente: los traidores dentro del gobierno federal. Son funcionarios en puestos de mando operativo o de inteligencia que tienen acceso a información sobre operativos que van a ser puestos en marcha, con el tiempo suficiente -horas o minutos, incluso-, para que puedan alertar a sus patrones en el narcotráfico y cambiar el destino de la guerra contra el narcotráfico. Si no se acaba con ellos, la derrota de los cárteles será meramente una ilusión. Si no se erradica la impunidad y se lucha contra la corrupción interna, esa guerra también será inútil.

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El capo mayor

April 20, 2009

— 1:00 am

 

Tan inesperado como contundente, el arzobispo de Durango, Héctor González Martínez, declaró a periodistas que Joaquín “El Chapo” Guzmán, vive en el municipio de Guanaseví, en el noroeste de ese estado. “Todos lo sabemos, menos la autoridad”, subrayó. Fue una frase tan espectacular como extraña. Primero, no acompañó su dicho con una denuncia o con datos más específicos, que permitieran a la PGR abrir una investigación. Segundo, que de acuerdo con informes de inteligencia de Estados Unidos, no es “El Chapo” Guzmán quien vive en Durango, sino Ignacio Coronel, quien se encuentra totalmente fuera del imaginario colectivo en la guerra contra el narcotráfico.

Elusivo y discreto, Coronel es considerado por muchos en las áreas de seguridad, como el principal jefe del narcotráfico en México. Inició sus actividades criminales a mediados de los 80’s transportando cocaína colombiana en Jalisco y Zacatecas, subiendo en el escalafón jerárquico del narcotráfico. A fines de 2002 se convirtió en el operador financiero del Cártel de Sinaloa y el hombre que consolidó las importaciones de los precursores químicos desde el extranjero que se convirtieron en lucrativas drogas sintéticas para el mercado estadounidense.

Su nombre no aparece directamente asociado con las metanfetaminas. Lo están el de “El Chapo” Guzmán, Ismael “El Mayo” Zambada, o Juan José Farías Álvarez, “El Abuelo”, y Uriel Farías Álvarez, “El Paisa”, que figuran en el expediente de Zhenli Ye Gon. Tampoco se le relaciona con los extraños laboratorios químico-farmacéuticos en Guadalajara, que importan pseudoefedrina como nadie y sobre los que se extiende un manto protector de algún sector del gobierno. Pero Coronel está sobre de todos ellos.

No fueron Guzmán ni Zambada los encargados de importar los precursores de las metanfetaminas, sino Coronel, quien de acuerdo con un informe de inteligencia estadounidense, encontró proveedores en China -Ye Gon era uno de los intermediarios-, y abrió la ruta de importación desde la India, a través de vías alternas de contrabando que pasan por Suráfrica, Costa de Marfil, Alemania, Hungría, Polonia, Chile y Argentina, para enviarlos por mar, desde Hong Kong hasta Manzanillo, y por avión, desde Alemania y Argentina, a través del aeropuerto internacional de la ciudad de México. Es cierto, el negocio le pertenecía al Cártel de Sinaloa, pero el cerebro detrás de todo era Coronel. Según el informe de inteligencia, los embarques y contenedores en los que llegan los precursores siempre vienen con pedimentos falsos, que ingresan a México con el apoyo de funcionarios que se encuentran en su nómina, principalmente en las áreas de Aduanas y las policías federales.

La disrupción de rutas y territorios para el transporte de la droga ha detonado la violencia galopante en la guerra contra las drogas, y por el peso de Coronel en el Cártel de Sinaloa, las autoridades lo consideran una de las figuras más peligrosas del narcotráfico en México. Su centro de operaciones, según la inteligencia de Estados Unidos, se extiende por la costa del Pacífico desde Michoacán, hasta Nayarit, Sinaloa, Sonora y Chihuahua, que es la ruta de las metanfetaminas. Desde 2003, señala el mismo informe, movió su eje de operación de Guadalajara a Morelia, Michoacán, en coincidencia con la fractura que se fue dando con “La Familia”, el grupo que armó el Cártel del Golfo en Michoacán para enfrentar la embestida del Cártel de Sinaloa. Pero en 2008, añade, se empezó a ver a su equipo de seguridad personal en la parte sur de Durango.

Coincidencia o no, desde que se movió a esa zona se incrementó la violencia. En el corredor de Gómez Palacio (Durango)/Torreón (Coahuila)-Ciudad Juárez, se han dado más del 70% de las ejecuciones del narcotráfico en el último año, en la lucha por un territorio en disputa entre el Cártel de Sinaloa y el Cártel de Juárez, que se dividieron desde enero del año pasado cuando se fracturó la llamada Federación, y la familia Carrillo Fuentes y los hermanos Beltrán Leyva terminaron peleando contra sus aliados. Un dato en el informe fortalece la hipótesis de su autoría en la violencia en esa zona: el responsable de operaciones militares del Cártel de Sinaloa en Juárez, Manuel Alejandro Aponte Gómez, “El Bravo”, quien era el jefe de seguridad de “El Chapo” Guzmán, trabaja para Coronel desde enero de 2008.

Los estadounidenses buscan afanosamente detener a Coronel, quien les ha penetrado fuertemente en Estados Unidos. Controla la distribución de metanfetaminas en ciudades tan disímbolas como Houston, Texas, y Mobile, Alabama, Nashville, Tennessee y Oklahoma, o en Orlando y Tampa como en Pueblo, Colorado, y Richmond y Shenandoah en Virginia. Tenía súper laboratorios para metanfetaminas en Texas, Oklahoma y Kansas, pero los movió a México para mantener el control de venta y precios, remplazando a pequeños jefes de droga en todo el Medio Oeste y el sur de Estados Unidos.

La eventual detención de Coronel golpearía una vasta red de complicidades dentro del gobierno, a familiares de cuando menos un gobernador panista, a ex funcionarios de la PGR, y un general de tres estrellas. Pero también, su arresto afectaría  la columna vertebral del Cártel de Sinaloa. Al declarar el arzobispo que Guzmán vive en Durango, paradójicamente, pone en alerta a Coronel, quien empacará y se irá antes de que los federales lleguen por él. Es al único, irónicamente, al que le ha hecho un favor este buen hombre de la Iglesia.

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El (futuro) canciller

April 19, 2009

— 1:00 am

 

En el naufragio de la campaña de Felipe Calderón en la primavera de 2006, el entonces candidato hizo unos ajustes de emergencia en su equipo. Entre quienes se integraron fue un joven pero experimentado diplomático que era cónsul en Nueva York, Arturo Sarukhán, a quien prácticamente nadie conocía en el entorno de Calderón. Por sus características de asesor en política exterior lo incorporaron al cuarto de guerra de la campaña, donde habían visto, impotentes, cómo el equipo externo de su adversario Andrés Manuel López Obrador había marchado sobre ellos en todo el mundo.

La prensa extranjera procuraba a López Obrador, quien con 20 puntos de ventaja estaba caminando hacia Los Pinos. El cuerpo diplomático en México veía como un lunático a quien sugiriera que la elección podría cerrarse. Las cancillerías del mundo estaban convencidas de que López Obrador sería el próximo presidente de México, que era lo que sus diplomáticos, corresponsales y los equipos editoriales de los grandes medios, estaban proyectando.

En ese contexto empezó Sarukhán. Antes de Nueva York había sido el jefe de asesores del canciller Jorge Castañeda, y antes encabezó la sección sobre temas del narcotráfico  en la embajada de México en Washington, donde se relacionó con el Capitolio. Como nadie en el equipo de Calderón conocía la materia, lo dejaron actuar. Sarukhán empezó a viajar por el mundo, principalmente en Estados Unidos, hablando con los directores de los medios y mostrándoles, con datos, cómo la elección no estaba tan decantada como les informaban sus corresponsales.

Los medios empezaron a ver el proceso electoral en México de una forma más objetiva, lo que se reflejó en una cobertura más equilibrada y una visión más crítica de López Obrador. En un caso, inclusive, tuvieron que enviar a una periodista para contrarrestar los excesos a los que los había llevado el trabajo parcializado de su corresponsal. En pocas semanas, la estrategia internacional se empató. “Realmente era bueno”, dijo uno de los principales estrategas de Calderón. “No lo conocíamos, pero de todos en aquél cuarto de guerra, fue de los más eficientes”.

Sarukhán se formó en donde históricamente se educó la diplomacia mexicana, El Colegio de México, y cursó historia en la UNAM, donde su padre José Sarukhán, fue rector. Desde joven trabajó las relaciones con Estados Unidos, estudió la maestría en la Universidad Johns Hopkins, que tiene una de las escuelas de estudios estratégicos más sofisticadas del mundo. Colaboró con ex cancilleres de Estados Unidos y viejos embajadores mexicanos, enfocándose a las áreas de seguridad y armamentismo.

Cuando Calderón ganó la elección, él encabezó el equipo de transición en el área internacional y fue su vocero ante el mundo. Pocos dudaban que él sería designado el siguiente canciller, 13 años después de haber ingresado al Servicio Exterior, y 10 días después de haber sido elevado al rango de embajador. Pero en vísperas del anuncio del gabinete, los acomodos de última hora desequilibraron la cuota de género que deseaba Calderón y decidió, dados los hechos, que el lugar donde menos daño político tendría era Relaciones Exteriores. Cuarenta y ocho horas antes del anuncio, hizo viajar de urgencia desde Viena a Patricia Espinosa y le ofreció el despacho a la embajadora.

Para Sarukhán, reveló en aquella época un asesor de Calderón, habría como premio de consolación la Embajada en Washington -que él mismo veía como opción-, y la zanahoria de que en dos años regresaría a México como secretario. Espinosa hizo bien su trabajo hasta el año pasado, cuando Calderón recibió al candidato republicano John McCain y la canciller no hizo nada por traer a México a Barack Obama. Obama necesitaba más a México, por el voto latino, que México a él, razonó equivocadamente. Obama obtuvo el voto latino sin la ayuda de México.

Espinosa tampoco tenía puentes con los demócratas. Fue Sarukhán quien desde la precampaña tejió relaciones con el equipo de Obama, por lo que cuando ganó la Casa Blanca y le urgió a Calderón entrevistarse con él como presidente electo, resolvió el problema. Y cuando empezó la embestida antimexicana en los medios, fue nuevamente él quien salió a los mismos medios a hacer la defensa de su gobierno. Espinosa se paralizó, y cuando en Los Pinos lo obligaron a declarar sobre el tema, fue tan desastrosa su intervención que casi se arrepienten de haberla forzado a saltar en defensa de Calderón.

En la reciente visita de Obama a México, tan pronto pisó suelo nacional y la vio a la escalerilla del avión, el Presidente estadounidense le dio una palmada en la espalda. No quiere decir nada. Ella no representa más allá de la investidura para Washington, ni tampoco entiende lo que está sucediendo en la relación bilateral. Calderón ya se dio cuenta y la salida de Espinosa será cuestión de tiempo. ¿Quién la relevará?

Las señales son claras. Cuando estalló el escándalo del secretario de Comunicaciones, Calderón le ofreció a Luis Téllez ser embajador en Washington. Pero no iba a mover a Sarukhán a otra embajada. Habría sido ridículo. El paso probable era la cancillería. Téllez declinó la oferta, pero la decisión de Calderón debe estar tomada. Sarukhán por Espinosa, quien terminó el ciclo que había vislumbrado Calderón. Nada será seguro hasta que sea un hecho, pero la sorpresa mayúscula sería que nada de esto sucediera. La semana de Obama en México también lo fue la de Sarukhán, y el principio del fin de la secretaria Espinosa.

rrivapalacio@ejecentral.com.mx

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Vecinos muy distantes

April 17, 2009

— 1:00 am

Raymundo Riva Palacio

A bordo del Air Force One, cuando el presidente Barack Obama surcaba los aires rumbo a la ciudad de México, un intercambio dibujó de lo que se trataría la corta visita de menos de 24 horas. Recordando que durante días funcionarios estadounidenses que llegaron a preparar el viaje decían que en esta escala rumbo a Trinidad y Tobago, sólo se trataría de un gesto simbólico de Obama para con su homólogo Felipe Calderón, un periodista preguntó: “¿Habrá algo más concreto más allá de lo simbólico?”. Robert Gibbs, el vocero de la Casa Blanca, respondió: “Creo que los hemos echado a perder en los primeros 80 días de este gobierno, y que cada vez que el avión se eleva a tres mil metros de altura, es para que ustedes tengan cuatro noticias”. Y todos rieron.

El libreto de la visita de Obama a México, anunciado desde hace días en Washington, se cumplió. Habría pláticas generales en materia de economía, formas para enfrentar la crisis económica global, migración, energía, cambio climático -con un acuerdo marco que ya discutido informalmente en vísperas de la toma de posesión del mandatario estadounidense-, y un énfasis en especial en la seguridad, donde el principal mensaje sería sobre el valor del presidente Calderón en la lucha contra las drogas. “El propósito del viaje -subrayó Gibbs-, es para mostrar nuestro apoyo de re-compromiso con un socio comercial valioso y un aliado valioso”. Así fue. La despresurización total. Nada concreto, conforme lo prometido. Nada nuevo, de acuerdo a lo anticipado. Todo simbólico.

Horas antes, Peter Baker, escribió en el diario The New York Times que aunque la forma de Obama era muy diferente a la de su predecesor George Bush, la sustancia era la misma. Incluido, apuntó, todo aquello del falso nuevo discurso sobre el reconocimiento de la responsabilidad compartida en la lucha contra las drogas, inmortalizada en el lenguaje político por la secretaria de Estado, Hillary Clinton, quien a punto de aterrizar en México dijo a la prensa que el apetito de sus compatriotas por las drogas era “insaciable”. Eso se vio como un giro radical en la postura política del gobierno de Estados Unidos, pero Baker recordó que Bush, hace dos años, dijo: “Estados Unidos tiene una responsabilidad en la lucha contra las drogas, porque donde hay demanda, hay suministro”. En castellano puro, la misma gata pero revolcada.

En efecto, la visita de Obama, por más ornamental y coreografiada que parezca, con sus pegajosos sound bites de la entrevista con CNN por la mañana donde llamó “heroica” la gesta de Calderón, y el anuncio que pediría al Senado la ratificación del Tratado contra la manufactura y el comercio ilegal de armas, municiones y explosivos, congelado desde 1998 en el Capitolio, sí muestra las profundas diferencias, conceptuales y políticas entre Obama y Calderón, y el enorme abismo en temas de preocupación mutua y soluciones recíprocas, entre México y Estados Unidos. Su viaje a es un símbolo, cierto, pero muy ominoso de lo que viene. De lo que se dijo públicamente y de lo que no trascendió, está claro: no hay ningún acuerdo en lo sustancial. Parafraseando a Baker, tan sustancial Obama como Bush, tan lejos de Calderón. Detrás de la retórica melosa, la realidad histórica de qué piensa Estados Unidos de México.

El punto central para México, el enorme poder de fuego que tienen los cárteles de las drogas con el armamento más letal comprado en el mercado negro de la industria militar estadounidense y por la corrupción en los cuarteles en Estados Unidos, quedó en donde siempre ha estado. Ni reformas a la ley, ni prohibición de venta para las armas de asalto. Calderón dijo este jueves que esas armas apuntan a los funcionarios mexicanos. La Casa Blanca -porque ni siquiera Obama-, respondió que con el reforzamiento de las leyes existentes, resolverán el problema. Peticiones al vacío. Reclamos soslayados. Obama no avanzó ni un centímetro más al plan de seguridad fronteriza que anunció su secretaria de Seguridad Territorial, Janet Napolitano, hace dos semanas.

Sobre la migración, lo mismo que planteó Obama desde mediados del año pasado. Ningún indocumentado. Legalización parcial a todos aquellos que puedan documentar más de cinco años de residencia, que “salgan de las sombras” paguen multas, impuestos, aprendan inglés y luego veremos. Que México avance en el desarrollo económico para ir eliminando sus plataformas migratorias. Un detonante de ese desarrollo es el Tratado de Libre Comercio, donde hay un diferendo porque Obama canceló la entrada de transportes mexicanos a territorio estadounidense. Tampoco se movió un ápice, ni trajo nada en el portafolio para dibujar una salida. Nuevamente, la Casa Blanca fue la que respondió: no va a haber acuerdo en lo inmediato, ni necesariamente en el futuro, pero algo habrá. O sea, que los mexicanos aguanten, al fin que la forma siempre aplasta al fondo.

La visita de Obama volvió a hacer florecer la chabacanería y el neocolonialismo mexicano, acentuado ahora porque el inquilino de la Casa Blanca es afroamericano. Los capitalinos maravillados por la “impotente” caravana de helicópteros en la comitiva aérea de Obama cuando iba rumbo a Los Pinos, narraron su asombro a la radio, el encanto de este nuevo Presidente. Por eso nos va tan mal, por ser tan políticamente frívolos. Las cuentas de vidrio son lo nuestro. Históricamente el poderoso nos envuelve, nos deslumbra, nos conquista. No nos debe extrañar que en la relación con Estados Unidos, sigamops siendo, irremediablemente, vecinos distantes.

rrivapalacio@ejecentral.com.mx

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Bienvenido, welcome

April 15, 2009

— 1:00 am

Diversas interpretaciones históricas e ideológicas han circulado esta semana por los medios para ubicar a Felipe Calderón como el presidente más anti norteamericano que ha habido en más de una generación. Las lecturas no dejan claro, sin embargo, si esa postura de Calderón, primero ante el presidente George Bush, y ahora ante el nuevo jefe de la Casa Blanca, Barack Obama, es buena o es mala. Tampoco exploran si anteriores presidentes, por definición más pro norteamericanos que Calderón, tuvieron un resultado que justificara esa posición.

¿Qué sucedió en el pasado?

Gustavo Díaz Ordaz fue un pro norteamericano y anticomunista, cuando esas líneas marcaban los años gélidos de la Guerra Fría. Díaz Ordaz tenía varios confidentes. Uno de los más cercanos, Winston Scott, el jefe de la CIA en México, lo procuró desde que era secretario de Gobernación y lo convirtió en un “activo” para la agencia de espionaje. Pero cuando Díaz Ordaz alentó una ley contra las trasnacionales que afectaba a empresas de Estados Unidos, la misma CIA le montó una operación de desestabilización por 1967 para debilitarlo y obligarlo a reformarla, lo que finalmente no sucedió.

Luis Echeverría, que como secretario de Gobernación en el sexenio de Díaz Ordaz era el enlace oficial de Scott, también fue seducido por el legendario espía. Le sirvió expulsando a casi dos decenas de diplomáticos soviéticos del país, y frenando a cubanos y europeos del Este. Pero cuando apoyó el ingreso de China a la ONU, el presidente Richard Nixon lo amenazó por teléfono si continuaba con el respaldo. Echeverría, en un gesto típico, se la jugó con China. Nixon no tomó ninguna represalia, pero menos de dos meses después de haber dejado la Presidencia, The Washington Post publicó cómo y por cuánto tiempo, Echeverría había cobrado en la nómina de la CIA.

José López Portillo, que después del desastre económico de Echeverría llegó mejor arropado con los estadounidenses, pronto vio su suerte. James Schlesinger, el secretario de Energía, negoció con majaderías y los pies sobre la mesa el acuerdo de gas natural, y luego no le gustó a Washington el respaldo a la guerrilla salvadoreña. Menos aún que legalizara a la izquierda, y en vísperas del trámite legislativo sucedieron una serie de atentados y un trágico secuestro atribuido a la guerrilla, que dejó sembrada la sospecha del verdadero origen, por la analogía italianas donde cada vez que se acercaba un pacto entre comunistas y democristianos, algo terrible sucedía que lo frustraba -como el secuestro y asesinato de Aldo Moro- estando siempre la mano de la CIA detrás.

Miguel de la Madrid sufrió por Centroamérica.  Un emisario de Ronald Reagan llegó a México para avisarle que la invasión a Nicaragua sería cuestión de días. De la Madrid ordenó una ofensiva diplomática que lo evitara, aceleró a Contadora, por lo que el secretario de Estado, George Shultz, trató a gritos y manotazos al canciller Bernardo Sepúlveda, sin lograrlo intimidarlo. Pero se la cobraron. En vísperas de una visita de Estado a Washington, el columnista Jack Anderson publicó en The Washington Post y otros 400 periódicos sobre una supuesta fortuna de origen ilegal del presidente en Suiza, de 250 millones de dólares.

Carlos Salinas decía que del cómo se tratara a Estados Unidos, resultaría en otro tipo de relación bilateral. Así lo hizo, y estableció una estrechísima relación -hasta la fecha con George Bush padre-, y amarró con Bill Clinton el Tratado de Libre Comercio. Pero cuando el PRI ayudó con camisetas y lápices al Frente Sandinista de Liberación Nacional, el embajador John D. Negroponte le protestó al superasesor presidencial, José Córdoba, y el jefe de la CIA, Morton Palmer, hizo lo mismo con el secretario de Gobernación Fernando Gutiérrez Barrios. Acto seguido, le filtraron a The New York Times una información magnificada para desprestigiar al gobierno salinista.

Ernesto Zedillo entró con una crisis financiera y acudió por la ayuda de Clinton. Por razones de seguridad nacional, lo respaldó y le recetó el Consenso de Washington. Zedillo no tuvo mayor problema en seguir el libreto, y en agradecimiento posterior, lo colocaron en más de 10 consejos de administración, avalaron su entrada a la ONU, y le dieron el respaldo para un cargo de relevancia que le ofreció la Universidad de Yale. Vicente Fox, que parecía que tendría otro derrotero con su par George Bush hijo, vio su naufragio el 11 de septiembre de 2001, cuando se olvidaron por completo de la empatía de los vaqueros, le enviaron sin avisarle decenas de agentes tras los atentados terroristas y luego difundieron que uno de sus principales miembros del gabinete, protegía al cártel de drogas más violento.

Calderón inicia la relación con un nuevo presidente después de ignorar a Bush. Sus principales preocupaciones son la corresponsabilidad en la guerra contra los cárteles, un tema que ya se convirtió en trasnacional, y la crisis financiera, que es global. Dadas las circunstancias, su posición frente a Obama es la mejor que haya tenido presidente mexicano alguno en muchos años. Por primera vez, los problemas de alta prioridad para México son los mismos de Estados Unidos. En este sentido, que sea el más anti norteamericano de todos quienes le antecedieron por más de una generación, viene siendo irrelevante. Así como los estadounidenses no tienen amigos sino intereses, también los mexicanos debemos ver a los estadounidenses no en función de amigos, sino de nuestros intereses. Después de todo, lo que más nos duele hoy, también les duele a ellos. Aprovechemos la coyuntura.

rriva@ejecentral.com.mx

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— 1:00 am

Diversas interpretaciones históricas e ideológicas han circulado esta semana por los medios para ubicar a Felipe Calderón como el presidente más anti norteamericano que ha habido en más de una generación. Las lecturas no dejan claro, sin embargo, si esa postura de Calderón, primero ante el presidente George Bush, y ahora ante el nuevo jefe de la Casa Blanca, Barack Obama, es buena o es mala. Tampoco exploran si anteriores presidentes, por definición más pro norteamericanos que Calderón, tuvieron un resultado que justificara esa posición.

¿Qué sucedió en el pasado?

Gustavo Díaz Ordaz fue un pro norteamericano y anticomunista, cuando esas líneas marcaban los años gélidos de la Guerra Fría. Díaz Ordaz tenía varios confidentes. Uno de los más cercanos, Winston Scott, el jefe de la CIA en México, lo procuró desde que era secretario de Gobernación y lo convirtió en un “activo” para la agencia de espionaje. Pero cuando Díaz Ordaz alentó una ley contra las trasnacionales que afectaba a empresas de Estados Unidos, la misma CIA le montó una operación de desestabilización por 1967 para debilitarlo y obligarlo a reformarla, lo que finalmente no sucedió.

Luis Echeverría, que como secretario de Gobernación en el sexenio de Díaz Ordaz era el enlace oficial de Scott, también fue seducido por el legendario espía. Le sirvió expulsando a casi dos decenas de diplomáticos soviéticos del país, y frenando a cubanos y europeos del Este. Pero cuando apoyó el ingreso de China a la ONU, el presidente Richard Nixon lo amenazó por teléfono si continuaba con el respaldo. Echeverría, en un gesto típico, se la jugó con China. Nixon no tomó ninguna represalia, pero menos de dos meses después de haber dejado la Presidencia, The Washington Post publicó cómo y por cuánto tiempo, Echeverría había cobrado en la nómina de la CIA.

José López Portillo, que después del desastre económico de Echeverría llegó mejor arropado con los estadounidenses, pronto vio su suerte. James Schlesinger, el secretario de Energía, negoció con majaderías y los pies sobre la mesa el acuerdo de gas natural, y luego no le gustó a Washington el respaldo a la guerrilla salvadoreña. Menos aún que legalizara a la izquierda, y en vísperas del trámite legislativo sucedieron una serie de atentados y un trágico secuestro atribuido a la guerrilla, que dejó sembrada la sospecha del verdadero origen, por la analogía italianas donde cada vez que se acercaba un pacto entre comunistas y democristianos, algo terrible sucedía que lo frustraba -como el secuestro y asesinato de Aldo Moro- estando siempre la mano de la CIA detrás.

Miguel de la Madrid sufrió por Centroamérica.  Un emisario de Ronald Reagan llegó a México para avisarle que la invasión a Nicaragua sería cuestión de días. De la Madrid ordenó una ofensiva diplomática que lo evitara, aceleró a Contadora, por lo que el secretario de Estado, George Shultz, trató a gritos y manotazos al canciller Bernardo Sepúlveda, sin lograrlo intimidarlo. Pero se la cobraron. En vísperas de una visita de Estado a Washington, el columnista Jack Anderson publicó en The Washington Post y otros 400 periódicos sobre una supuesta fortuna de origen ilegal del presidente en Suiza, de 250 millones de dólares.

Carlos Salinas decía que del cómo se tratara a Estados Unidos, resultaría en otro tipo de relación bilateral. Así lo hizo, y estableció una estrechísima relación -hasta la fecha con George Bush padre-, y amarró con Bill Clinton el Tratado de Libre Comercio. Pero cuando el PRI ayudó con camisetas y lápices al Frente Sandinista de Liberación Nacional, el embajador John D. Negroponte le protestó al superasesor José Córdoba presidencial, y el jefe de la CIA, Morton Palmer, hizo lo mismo con el secretario de Gobernación Fernando Gutiérrez Barrios. Acto seguido, le filtraron a The New York Times una información magnificada para desprestigiar al gobierno salinista.

Ernesto Zedillo entró con una crisis financiera y acudió por la ayuda de Clinton. Por razones de seguridad nacional, lo respaldó y le recetó el Consenso de Washington. Zedillo no tuvo mayor problema en seguir el libreto, y en agradecimiento posterior, lo colocaron en más de 10 consejos de administración, avalaron su entrada a la ONU, y le dieron el respaldo para un cargo de relevancia que le ofreció la Universidad de Yale. Vicente Fox, que parecía que tendría otro derrotero con su par George Bush hijo, vio su naufragio el 11 de septiembre de 2001, cuando se olvidaron por completo de la empatía de los vaqueros, le enviaron sin avisarle decenas de agentes tras los atentados terroristas y luego difundieron que uno de sus principales miembros del gabinete, protegía al cártel de drogas más violento.  

Calderón inicia la relación con un nuevo presidente después de ignorar a Bush. Sus principales preocupaciones son la corresponsabilidad en la guerra contra los cárteles, un tema que ya se convirtió en trasnacional, y la crisis financiera, que es global. Dadas las circunstancias, su posición frente a Obama es la mejor que haya tenido presidente mexicano alguno en muchos años. Por primera vez, los problemas de alta prioridad para México son los mismos de Estados Unidos. En este sentido, que sea el más anti norteamericano de todos quienes le antecedieron por más de una generación, viene siendo irrelevante. Así como los estadounidenses no tienen amigos sino intereses, también los mexicanos debemos ver a los estadounidenses no en función de amigos, sino de nuestros intereses. Después de todo, lo que más nos duele hoy, también les duele a ellos. Aprovechemos la coyuntura.

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