Por las escuelas de más postín del sur de la Ciudad de México se mueve un hombre joven y apuesto vendiendo empanadas argentinas como pretexto para conquistar a señoras atractivas.
Recién casado en junio pasado, el galán de los bocadillos del Cono Sur no parece estar dispuesto a asumir riesgos extras y se inclina más bien por las señoras hermosas y que estén divorciadas o separadas, para evitar tener que lidiar con un marido celoso. Al menos así se deduce del caso documentado que conozco y cuya protagonista me autorizó a contar, omitiendo obviamente aspectos que pudieran identificarla.
Barney, como llamaré al embaucador de los panecillos australes por su capacidad para ganarse la simpatía de los niños como camino para llegar al corazón de sus madres (y de ahí hasta un poco más abajo), tiene un negocio establecido en un local comercial y varias unidades con empleados que visitan los colegios para vender las empanadas. Sin embargo, él prefiere la acción sobre el terreno.
Así, a partir de la observación y de ganarse la confianza de personal de la escuela y otros vendedores que ofician de informantes va seleccionando a la “afortunada” de sus querencias. El siguiente paso es acercarse a ellas con una actitud tímida y enternecedora.
Primero se hace el desamparado encantador, asegura que a sus 31 años es un hombre soltero y sin compromiso y que lleva tiempo observándola sin haberse, hasta ahora, atrevido a dirigirle la palabra. Mientras, aprovecha para sacar información vital: es casada, tiene novio, vive sola… Luego les pide su teléfono y el mecanismo se pone en marcha.
Barney se ha inventado a sí mismo como personaje y en su vida virtual afirma tener un departamento en Polanco y otro en Cuernavaca. Apostándole que casi nadie le dirá que sí tan pronto, invita a la dama a visitar su morada chilanga y a pasar el fin de semana en la ciudad de la eterna primavera.
Pese a las invitaciones es él quien acaba por ir al domicilio de sus víctimas-cómplices (nadie es nunca completamente inocente ni totalmente malvado) a quienes va minando la voluntad con sus embustes encantadores, como los líderes de las sectas se apoderan poco a poco de la voluntad de sus seguidores.
El problema comienza cuando ya habiéndose cogido confianza, la dama que le entregó el corazón al dinosauro morado le acepta la invitación a Cuernavaca. Entonces surgen los pretextos como los hongos en época de lluvias: lesiones, accidentes, viajes inesperados… impiden siempre la realización de la supuesta invitación.
Afortunadamente, mi amiga además de guapa es inteligente y desconfió del galán del verbo fácil y la empanada caliente. Con oportuna celeridad se puso a averiguar quién es realmente el tal Barney y así descubrió que está casado, con quién y cuándo, dónde vive (que no es en Polanco sino en una colonia de medio pelo) y hasta encontró su página en Facebook donde sale abrazando a su flamante esposa en la foto de su muro.
Como buen macho, el tal Barney de las empanadas tiene su talón de Aquiles: lo que tiene de dominador y posesivo lo tiene de celoso. Así que mi amiga en lugar de hacerle una escena y recriminarle cual Magdalena enjugada en lágrimas, lo que hizo fue enloquecerlo en un juego perverso entre la seducción y el desdén, a partir de un despliegue explosivo de sensualidad e inteligencia. Pero a la larga jugar con un macho egoísta y testosteronoso puede ser un peligro.
Así que ya están advertidas lectoras del sur de Defe. Si se encuentran a un argentino encantador que vende empanadas guarden su distancia. No sea que en lugar de empanada les dé la enchilada completa.
En Amores con Eugenia es un lugar de la Ciudad de México. Es el cruce de dos vialidades de la Colonia del Valle, la esquina donde se encuentran las calles de Amores y Eugenia.
