En Amores con Eugenia

Dulce Patria, una instantánea y una amenaza

August 21, 2010

— 2:13 pm

Por Sonia Hernández y Gerardo Jiménez
Yo, Sonia Hernández, confieso que peco por lo menos una vez a la semana con un hombre llamado Gerardo Jiménez. Nuestro pecado es el mismo que cometieron Adán y Eva en El Paraíso: comer por el puro placer de conocer el sabor aun estando satisfechos. En otras palabras: la gula.
Vamos a restaurantes y escribimos una reseñas que publicamos en nuestro blog El Pecado. La última fue sobre el nuevo restaurante Dulce Patria de la chef Martha Ortiz.
Como suele ocurrir en Internet, un patán anónimo nos amenazó con acabar con nuestra incipiente carrera de críticos gastronómicos. Juzguen ustedes si la cosa es para tanto:
<< Ya con la celebración del bicentenario encima, la chef Martha Ortiz abrió su nuevo restaurante Dulce Patria, en Polanco, no muy lejos de donde se ubicó el legendario Águila y Sol.
El inicio de operación fue el lunes 9 de agosto, con varios meses de retraso sobre la fecha inicialmente prevista y aún de manera informal, tal y como notamos nada más entrar y notar el contraste de la esplendorosa fachada con el interior, bonito, pero todavía inacabado.
La mayor parte de los comensales esa segunda noche de actividad del restaurante, eran invitados o conocidos de la chef propietaria, quien toda la noche estuvo atenta del servicio, yendo de mesa en mesa preocupándose porque todo estuviera bien y haciendo plática. Sólo estaba funcionando el salón de la planta baja, que tenía 16 mesas, todas ocupadas en la mayor parte por políticos y actores. Los únicos desconocidos éramos ‘los pecadores’ que nos dedicamos a tomar fotos y pusimos nervioso a todo el personal y, sobre todo a la chef que no dejaba de rondar la mesa.
La carta es provisional y muchos de los platos son recuperados del Águila y Sol. EL capitán nos comentó que esa es la propuesta básica, que será mucho más completa cuando se haga la apertura oficial. A pesar de que la oferta era reducida, tenía variedad y al mismo tiempo homogeneidad.
Tratándose de un lugar que aún no está terminado, resulta difícil hacer una crítica que refleje una realidad en evolución, pues más que una instantánea, haría falta una película. Por eso pensamos regresar cuando ya todo esté a punto para poder tener una visión más objetiva.
En seguida el capitán nos recomendó la peculiar coctelería del lugar. Sonia aceptó una margarita de tuna roja ($98) que estaba buena pero sobretodo era bonita, escarchada con azúcar dorada y una flor.
Gerardo pidió un coctel de granada con tequila ($98) y una gelatina que jamás percibió porque se quedó pegada a la copa.
De entradas, las probamos todas, que tampoco eran tantas, pero la oferta del capitán de darnos medias órdenes nos facilitó la decisión. Comenzamos con un guacamole ($46 media orden) mexicano que no tenía nada de extraordinario más que unos totopos de varias formas y distintos tipos de maíz, además traía granos de granada.
También nos llevaron una tarta de huauzontle ($50 la pieza) que más bien era como un quiche con bastante queso que escondía el sabor del ingrediente principal. Se presentaba con dos ramitas de la misma planta, mal escaldadas porque estaban amargas, y una salsa de chile guajillo a la canela que acompañaba bastante bien el platillo.
Después probamos los rehiletes ($50 la pieza) hechos de pasta filo rellenos de chilorio en una cama de cebolla y col morada con lechuga romana, que estaban secos y les hacía falta una salsa que mejorara la textura y atenuara lo salado del chilorio.
Siguió el ceviche vampiro ($137) de esmedregal, del que pedimos la orden completa. Llevaba mango, cebolla morada, cilantro y una salsa hecha a base de sangrita. Nos gustó bastante y eso que Gerardo no es fanático de lo crudo, pero sí amante del buen ceviche acapulqueño.
Ya estaban listos para servirnos el plato fuerte, cuando tuvimos que recordarles que nos faltaban las quesadillas multicolor (surtidas -$96-), presentadas muy monas encima de un mini anafre de peltre y con una cucharita del mismo material para la salsa verde. Había de queso con epazote, flor de calabaza con piñón y de machaca. Sólo eran quesadillas, pero lo que mejoró todo fue la salsa que tenía un toque de hierbabuena.
Las entradas nos recordaron a las del Paxia, donde la idea es buna pero la realización se queda por abajo del concepto original. Los platos principales pertenecían a una liga mayor.
Gerardo ordenó pato al mole negro ($238) que según el capitán era una de las especialidades. La presentación era buena, la cocción y textura eran adecuadas y los sabores del mole y del pato se complementaban perfectamente entre sí y con el plátano que acompañaba.
Sonia se decidió por el mole de olla ($185) por recomendación del capitán, y le gustó, pero no era nada excepcional y la presentación, aunque estaba muy bonita, era poco funcional, pues en el mismo plato había otros platitos con la cebolla, el cilantro y los limones, lo que hacía un poco incómodo el proceso.
Los fuertes los maridamos con un vino de las bodegas Pigeoan de nombre Leonora ($971), una mezcla de cabernet y merlot, de buen cuerpo, tanicidad media y barrica especiada. Buen maridaje por lo condimentado del mole negro y el de olla.
En los postres se cayó la progresión que había ido en crescendo, con unas entradas más bien simples, unos platos fuertes sólidos y un cierre dulce que se vino abajo y no fue el cierre apoteósico con broche de oro que se espera para finalizar una buena cena.
Primero nos enviaron una supuesta cortesía (por la que finalmente cobraron $95) de pan de elote con salsa mística de manzanilla con una aureola de caramelo adornada con flores de manzanilla cristalizadas. Estaba bueno, pero no que cobraran por algo que presumieron como obsequio de la casa.
Aparte, Sonia pidió La flor más bella del ejido ($99), que era una copa con una gelatina de curado de fresa, capullos de biznaga, y xoconostle en almíbar. Le gustó mucho más la presentación que el sabor pues tenía excesiva acidez y no se percibían bien los sabores de las gelatinas.
Gerardo pidió una la feria de nieves ($88), que originalmente en la carta era de sorbetes y helados, pero sólo pidió que le llevaran los primeros que eran sendas bolas de chocolate, mango y guanábana y que estaban buenos, aunque el mango menos.
Lo más destacable de los platos fue la presentación que llegaba a ser espectacular en algunos casos, aunque la chef se valió de un recurso no muy aprobado en la cocina profesional: utilizar elementos que no son comestibles o que no están implicados en el sabor del plato, como hojas de maíz pintadas, ramas de jamaica, entre otros.
Pero por otro lado se observaba un buen trabajo, ya que cada platillo tenía una vajilla específica y detalles muy coquetos, como por ejemplo en los dulces, estos sí de cortesía, que nos llevaron al final. El servicio fue la mejor parte porque estuvieron muy pendientes de nosotros, nos recomendaron varias cosas y acertaron en casi todo. Especialmente los capitanes, que hicieron muy bien su trabajo.
La decoración, es mexicana obviamente. Pero con la elegancia de una hacienda, colores vibrantes y muchos dorados. Tanto en la entrada, como en los platos base y en las mismas mesas, a manera de luz interior, se refleja una flor que pareciera el logo del lugar por su frecuente aparición. Los colores cálidos y una ambientación relajante, sin minimizar las percepciones de la comida, son el conjunto perfecto.
Tendremos que regresar después de que se haga la inauguración oficial y el lugar alcance su ‘velocidad de crucero’ para hacer la crítica de la película completa. Por ahora les dejamos esta instantánea.>>

Adiós desde un IPhone chino

June 19, 2010

— 9:57 pm

El viernes en la mañana me pasó algo extraordinario que quiero compartir con ustedes.

Hace un mes más o menos una amiga me compró un IPhone chino en Tepito, que es una imitación del IPhone pero con más gadgets.

La madrugada de este 18 de junio sonó de un modo extraño dos veces y se iluminó intensamente a las 5:50 a.m. hora de México. Como no era algún timbre que correspondiera con uno de los que tengo programados ni para llamadas ni para mensajes y además me había acostado tarde, no le hice caso. A las 5:54 volvió a sonar muy fuerte otras dos veces y me decidí ir a ver qué era. Al levantarme me sorprendió la gran luminosidad que salía del teléfono y alumbraba todo el cuarto.

Estaba aún oscuro y es natural que una fuente de luz resalte, pero esto era algo fuera de lo común. No entendía que pasaba y sólo me pasó por la cabeza la afición de los chinos al exceso de luminosidad, cosa que pude comprobar hace casi dos años Shangai.

Me acerqué a ver el teléfono y no había mensajes ni llamadas perdidas.

Como me tenía que despertar a las 6 a.m. y quería saber cuánto tiempo más podía dormir, me fijé exactamente en la hora. Tenía aún cinco minutos antes de que sonara el despertador.

Olvidé rápidamente el incidente alistándome para ir a recoger a mis hijos y llevarlos a la escuela.

Una hora después recibí un mensaje de mi sobrino Luis Francisco que me decía que su mamá, mi hermana Carola, había muerto en el Trafalgar Memorial Hospital de Oakville, cerca de Ontario, Canadá, a las 6:50 a.m. Aquí en México es una hora menos.

Mi interpretación personal de lo que sucedió es que mi hermana, tan bondadosa como siempre, se quiso despedir de mí, ya que yo no lo hice de ella (salvo por la amable intervención de hija su hija Carola que le dio un beso de mi parte).

Y me parece estupendo que haya escogido el IPhone chino para despedirse cuando podría haberlo hecho desde el IPhone original o desde el Blackberry, que también estaban encendidos. Es algo  perfectamente coherente con su curiosidad de toda la vida por los aparatos de última tecnología.

Lo que quiero decir con todo esto es que mi hermana fue una mujer maravillosa que incluso al dejar este mundo para ir a otro donde seguramente está mejor, me dio una lección de vida.

Los gays tienen la vara alta

April 27, 2010

— 5:15 pm

Mi amiga Eva está en busca del trago perfecto en el lugar ideal. A veces yo la acompaño en esa aventura. Así fue que hace un par de semanas fuimos a un antro gay muy famoso en la colonia Cuauhtémoc.

La verdad que ni el lugar era ideal ni el trago perfecto. Es más, pensamos que las bebidas estaban adulteradas y a los dos nos dolía el hígado al día siguiente y nos enfermamos del estómago.

Ahora que los representantes de la Asamblea del D.F. discuten sobre si van a permitir o no que los antros y centros nocturnos abran hasta las cinco de la madrugada me vino a la memoria esa salida, porque en ese lugar estuvimos casi hasta casi las cinco de la mañana y no parecía que fueran a cerrar pronto.

Así que de facto si hay lugares que abren hasta que les da la gana.

Unos días antes habíamos ido a cenar al restaurante Nobu, del famoso chef japonés, en Bosques de las Lomas. Es un lugar elegante y caro ubicado en un centro comercial de lo más chic y en donde hay gran cantidad de antros. Tantos que es difícil llegar y dejar el coche en el valet parking. Pues bien, a las dos de la mañana es todavía más difícil recoger el auto, porque los juniors acuden en masa a recoger los suyos luego de que los echaron de los centros nocturnos. Estamos hablando de lugares que mueven mucho dinero y a los que acude gente poderosa, pero a los que se les aplica la normatividad a rajatabla.

Pocos días después de nuestra correría en el antro gay de la Cuauhtémoc fuimos al Artic Bar, en la Condesa, en donde hay una cámara frigorífica con una barra, asientos y estatuas de hielo, todo a quince grados bajo cero. De ahí nos echaron a las dos de la madrugada.

Al salir vimos un conocido bar after hours y preguntamos a qué hora cerraban y nos dijeron que a las 6 de la mañana, así que pagamos el cover y decidimos entrar. No pasó ni media copa cuando nos corrieron con el pretexto de que les habían dado el pitazo de que iba a haber una redada. Reclamamos y, tras una acalorada discusión, nos regresaron lo que habíamos pagado de entrada.

El caso es que antes de que los honorables representantes dedicaran días a debatir sobre si los antros pueden abrir después de las dos de la madrugada y hasta las cinco de la mañana, ya existen lugares que lo hacen y tienen informantes que les avisan cuándo van a tener lugar operativos para que cierren y santas pascuas.

Y además está en antro gay que, como tiene la vara alta, cierra a la hora que se le pega la gana.

¿Por qué mejor los diputaretes y funcionarillos  no abren los ojos y cierran sus bolsillos? Porque se les acabaría el negocio. ¡Nada más!

El paladar y la identidad nacional

March 1, 2010

— 9:49 am

El pasado lunes por la noche fui con Eva a una conferencia degustación en la Escuela de Gastronomía mexicana. El tema de la charla era muy sugestivo: De la Revolución a los electrodomésticos.

La degustación como tal no entró al tema de los electrodomésticos y presentó más bien una serie de platos del tiempo de la revolución, cuando quienes participaban en la bola “comían lo que encontraban a su paso o lo que les entregaban pequeñas poblaciones simpatizantes  con la causa”, según explicó Edmundo Escamilla, quien estuvo a cargo de la charla.

La comida era sencilla, muchas veces consumida en el mismo frente de batalla. El campo no estaba cultivado, lo que sumado a los constantes cambios de gobierno en los que se desconocía la moneda del anterior creaba grandes problemas de desabasto.

Pero así, sencilla y todo, estaba sabrosa, por lo menos la que cenamos esa noche, acompañada de pulque curado de fresa. Una bebida que a Eva le encanta y que ha ido desapareciendo de los hábitos de consumo nacionales. Yo la probé hace no mucho, precisamente gracias a Eva que literalmente me arrastró una tarde a una pulquería cerca del Mercado de San Juan. El curado era bueno y refrescante, servido en jarritos de barro.

De entrada nos ofrecieron unos esquites en cazuelita también de barro, calientes, y unos quelites fríos en una hoja de maíz morado. Ambos deliciosos. Los dos platillos tenían un aspecto coqueto y entrañable, pese a que se emulaba la comida casera en tiempos de austeridad.

La sopa fue de tortitas de arroz (acompañada de tortillas de quintoniles –flor de quelite) y, según explicó el Jefe de cocina Yuri de Gortari, se trataba de un platillo “de reciclado”, pues se hacía con arroz “frío”, es decir, “del día anterior”. En opinión de Eva la sopa sabía demasiado a huevo, por el rebozado, con lo que estoy totalmente de acuerdo.

El plato principal fue sin duda la estrella de la noche: Pollo en huerto, también conocido como “el platillo de los 30 ingredientes” y que según explicó Yuri fue tomado del recetario Josefina Velásquez de León, y sólo se cambió la gallina que originalmente llevaba por pollo, más afín al paladar contemporáneo.

Pollo en huerto (el platillo de los 30 ingredientes)

Entre los 30 ingredientes del plato estaban la piña, la pera, el plátano macho, chile jalapeño en conserva, aceitunas, alcaparras, chícharos, almendras, pasas, manzana, tomillo, laurel, ejote, cebolla, jitomate y muchos más.

La presentación era muy sencilla, pero el sabor era excelente. Los 30 ingredientes, cada uno con su adecuado grado de cocción, texturas, aromas, sabores y colores, aportaban al platillo para dar un gran resultado.

Los postres, también tomados del recetario de Velásquez de León, fueron dos flanes a elegir: uno de piña y otro de piñón. Eva prefirió el segundo y yo el primero, pero nos convidamos. Ambos estaba correctos.

La cena terminó con una taza de chocolate Mayordomo con leche.

La conferencia-degustación fue la continuación del ciclo iniciado el año pasado en el Castillo de Chapultepec bajo el título Rumbo al Bicentenario.

De la charla, lo más interesante fue el planteamiento de que la identidad nacional se forjó antes que México surgiera como país y se gestó precisamente en el paladar, como un aglutinador de preferencias culinarias, de compartir una visión del mundo en la comida.

De acuerdo con Edmundo, la identidad mexicana se forjó muy rápidamente en la gastronomía y cuando se logró la independencia ya había una rica gastronomía bien afincada en lo prehispánico.

Tras la independencia la tendencia se invierte y “queremos copiar a Europa en donde Francia impone la moda”. De este modo, “empezamos a ser un remedo de Francia y vamos a ser un país dividido entre el México profundo y el imaginario”, expuso Edmundo.

Luego, tras la Primera Guerra Mundial surgen los electrodomésticos, pero a México no llegan realmente hasta después de Segunda Guerra Mundial. Por ejemplo, Cocinas Mabe empieza en 1940. Hay otras marcas que ya no existen, como estufas Dragón. Junto con los aparatos eléctricos llega la cocina preparada a las cocinas mexicanas. También los hombres comienzan a asomarse a las estufas de sus casas.

Por esa época, el empresario Antonio Ruiz Galindo saca un eslogan que dice: “Para sacar a este país adelante compra mexicano”. Un consejo que bien podríamos aplicar hoy en día.

Una cena a ciegas

February 2, 2010

— 2:00 am

cordonblueEl jueves pasado fui a una cena a ciegas al restaurante Cordon Blue Casa de Francia. Aclaro: era una CENA a ciegas y NO una CITA a ciegas. Tampoco era una de esas cenas en las que si no te gusta, te vistes y te vas.

Se trataba de una experiencia gastronómica sensorial, principalmente. O sea, una cena en la oscuridad total, servida por meseros ciegos, con la doble finalidad de potenciar los otros sentidos (olfato, gusto, tacto, oído) y de comprender mejor el mundo en el que se desarrollan los invidentes.

Como se me ocurrió publicarlo previamente en mi perfil de Facebook, recibí todo tipo de buenos augurios y recomendaciones, pues la mayoría de la gente pensó que se trataba de otra cosa. Por eso mejor hacer la aclaración.

Lo cierto es que la vivencia fue increíble. Todo el restaurante fue adaptado para que no pasara ni el más mínimo haz de luz. En la entrada te esperaba tu mesero para conducirte a tu mesa. Te apoyabas en su hombro y te guiaba por el laberinto de oscuridad, después de presentarse (se llamaba Adolfo) y de preguntar tu nombre y el de tu acompañante. ¡Servicio más personalizado, imposible!

Mi acompañante era Eva, a quien doy las gracias por haberme pedido que fuera con ella y abrirme ese nuevo umbral de experiencia.

Ya sentado me dediqué a explorar con el tacto todo lo que me rodeaba (me refiero exclusivamente a lo que estaba en la mesa, para evitar malentendidos). Había un plato grande, con la entrada ya servida, y dos juegos de cubiertos, el exterior para la ensalada y el interior para el segundo plato que sería un pescado, a juzgar por la característica forma del cuchillo. También descubrí dos copas que olfateé y probé: una tenía agua y la otra vino tinto.

La cena consistió de tres tiempos: entrada, que era una ensalada de lechuga con higos y un aderezo exquisito, servida sobre un hojaldre. No tuve problemas para manejar los cubiertos guiándome por el tacto y la intuición. Cortaba sin problemas los pedazos. ¡El problema es que ninguno llegaba a mi boca! Todo se me caía en el camino. Por fortuna me preocupé por comer encima del plato y no hubo mermas ni desperdicios. Obstinado como soy, me tardé una eternidad en acabar la ensalada. Eva, más práctica, se olvidó de los cubiertos y se dedicó a lo que íbamos: a utilizar todos los sentidos. Comió con las manos, ejercitando el sentido del tacto.

No tuve mucha oportunidad de adivinar los ingredientes de lo que probaba, pues Eva iba los iba cantando uno tras otro con celeridad.

Aprovechando que nadie veía me concedí un capricho de otro modo impensable en un restaurante así: lamí el plato, porque el aderezo estaba rico.

El plato principal era, efectivamente, un pescado. Yo pensé en un huachinango cuando Eva ya anunciaba “es un pez blanco”. Tenía frutas. Ella aventuró que era manzana con miel y yo añadí que tenía acitrón. Sólo le atinamos a la piña que sí era inconfundible. En realidad se trataba de atún fresco con frutas rostizadas: papaya, melón y piña. También tenía una ramita de romero que esa sí era inconfundible, sobre todo si casi te la tragas, como fue mi caso.

En este tiempo decidí pasar a medias de la artillería ligera a la infantería y mientras con una mano sostenía el tenedor con el trozo de pescado que había logrado enganchar, con la mano izquierda buscaba las frutas para poder combinar los sabores. No pude terminar el platillo a pesar de que era excelente, porque era muy abundante, 300 gramos de atún, más aparte las frutas.

En ese momento decidí cometer otra falta de urbanidad escudado en la penumbra. Me limpié la mano con el mantel, pues la servilleta se había caído al suelo.

El vino siempre fue el mismo, un chileno mezcla de cabernet con merlot de cuyo nombre no puedo acordarme aunque quiera. Adolfo, nuestro mesero de cabecera, se encargaba eficientemente de cambiar las copas vacías por otras llenas, pues la operación de llenarlas en la mesa supongo era muy riesgosa dadas las circunstancias. Eso de cambiarlas es un decir, pues lo cierto es que cuando encendieron las luces, descubrimos que sobre la mesa estaban todas las copas que habíamos vaciado, evidenciando nuestra capacidad para libar en un tiempo limitado.

El postre, un mouse de baileys estaba delicioso. A mí me pareció muy grande, pero se trataba de una ilusión óptica por el exceso de oscuridad. De pronto pensé, “que sabroso, pero ya no puedo más” y al iluminarse el recinto me di cuenta de que había “limpiado” el plato.

Entre plato y plato Adolfo y los otros meseros nos iban contando de su vida. Algunos eran invidentes de nacimiento y otros habían perdido la vista en accidentes o al ser asaltados. Unos carecían totalmente de visión y otros conservaban un 10 o un 15 por ciento de esa capacidad, como Adolfo que tan sólo llevaba cinco años de haber perdido la vista tras un choque automovilístico.

Por cierto que el regreso del mundo de las tinieblas al de la claridad fue bastante brusco, pues encendieron las luces sin decir agua va y nos dejaron literalmente ciegos, o de perdida como burros lampareados. En fin, detalles de organización que tendrán que ir perfeccionando, como el hecho de citarnos a las ocho de la noche, diciendo que a esa hora se apaga la luz y después ya no se puede entrar y lo cierto es que los que fuimos puntuales tuvimos que esperar una hora y cuarto a que llegaran los impuntuales para poder acceder al restaurante. Mientras, esperamos a la intemperie sobre la terraza, eso sí muy bien atendidos, pero sin que compensara la tediosa antesala.

Tras la cena hubo una subasta de fotografías tomadas por nuestros anfitriones ciegos. Yo compré una foto realizada por Adolfo, de un paisaje en el estado de Querétaro, en donde sale un toro pastando, que según Eva es una vaquita.

Luego vinieron los discursos y las explicaciones. Así supimos que lo recaudado en la cena se destinaría a una beca para capacitar como meseros a los ciegos que fueron nuestros anfitriones esa noche, pues más que servirnos, nos acogieron y nos guiaron en el mundo de oscuridad en el que ellos viven permanentemente y al que nosotros tan sólo hicimos una breve visita.

Como colofón de una excelente noche, Eva llamó al Chef Ejecutivo de Le Cordon Blue Casa de Francia, Miguel Ángel Quezada, quien no se limitó a saludarnos, sino que se sentó con nosotros a la mesa y se quedó hablando con nosotros (o sea con Eva) hasta las dos de la madrugada. Y así se cumplió una tradición que se repite prácticamente cada vez que salimos por la noche: cerramos en lugar y fuimos con mucho los últimos en salir.

Una micro república entre dos coca colas

January 4, 2010

— 1:38 am

doscocas

En esta ciudad basta con sacar un par de botellas de Coca Cola rellenas de agua y plantarlas sobre la calle para fundar una micro república y hacerse dueño de un pedazo de la vialidad.

Es muy común, lo vemos con los franeleros que colocan huacales y cubetas o latas vacías de pintura para delimitar su territorio donde practican la extorsión a los automovilistas para no rallarles el coche.

Lo curioso de este caso es que se trata de unos vecinos de la Colonia Portales de la Ciudad de México que reservan un lugar frente a su casa para un coche que no existe.

He pasado por ahí diversos días a diferentes horas del la mañana tarde y noche y nunca he visto un auto estacionado en la micro república de las dos botellas de Coca Cola.

Una amiga (ex amiga para ser exactos) que vive por a zona me aseguraba hace unos días que a veces sí estacionan ahí un Malibú rojo.

La moraleja de esta historia no está en que alguien aparte un lugar para las visitas en la calle frente a su casa, sino que los vecinos que sí tienen coche no digan nada y asuman ese espacio público como si fuera propiedad privada.

Es un microcosmos que refleja la situación ya no de la ciudad, sino de todo el país. Como no hay autoridad y la impunidad es total, cada quien define su propio territorio como los machos testarenosos en el mundo de los animales irracionales. Y la gente o se rebela y enfrenta al machín de las coca colas o se aguanta y resigna, como en el San Garabato de los ‘Supermachos’. En este caso lo segundo es lo que ocurre, porque el lugar del auto virtual es respetado religiosamente, como si fuera el establo de una vaca sagrada en la India.

Si se ve bien, esta es una manifestación tan clara de un Estado fallido como los asesinatos entre los narcos y sus desafíos al gobierno, o a lo que queda de él.

¡Feliz 2010! ¡Y qué viva México en el bicentenario!

El embaucador de las empanadas

December 19, 2009

— 9:50 am

Por las escuelas de más postín del sur de la Ciudad de México se mueve un hombre joven y apuesto vendiendo empanadas argentinas como pretexto para conquistar a señoras atractivas.

Recién casado en junio pasado, el galán de los bocadillos del Cono Sur no parece estar dispuesto a asumir riesgos extras y se inclina más bien por las señoras hermosas y que estén divorciadas o separadas, para evitar tener que lidiar con un marido celoso. Al menos así se deduce del caso documentado que conozco y cuya protagonista me autorizó a contar, omitiendo obviamente aspectos que pudieran identificarla.

Barney, como llamaré al embaucador de los panecillos australes por su capacidad para ganarse la simpatía de los niños como camino para llegar al corazón de sus madres (y de ahí hasta un poco más abajo), tiene un negocio establecido en un local comercial y varias unidades con empleados que visitan los colegios para vender las empanadas. Sin embargo, él prefiere la acción sobre el terreno.

Así, a partir de la observación y de ganarse la confianza de personal de la escuela y otros vendedores que ofician de informantes va seleccionando a la “afortunada” de sus querencias. El siguiente paso es acercarse a ellas con una actitud tímida y enternecedora.

Primero se hace el desamparado encantador, asegura que a sus 31 años es un hombre soltero y sin compromiso y que lleva tiempo observándola sin haberse, hasta ahora, atrevido a dirigirle la palabra. Mientras, aprovecha para sacar información vital: es casada, tiene novio, vive sola… Luego les pide su teléfono y el mecanismo se pone en marcha.

Barney se ha inventado a sí mismo como personaje y en su vida virtual afirma tener un departamento en Polanco y otro en Cuernavaca. Apostándole que casi nadie le dirá que sí tan pronto, invita a la dama a visitar su morada chilanga y a pasar el fin de semana en la ciudad de la eterna primavera.

Pese a las invitaciones es él quien acaba por ir al domicilio de sus víctimas-cómplices (nadie es nunca completamente inocente ni totalmente malvado) a quienes va minando la voluntad con sus embustes encantadores, como los líderes de las sectas se apoderan poco a poco de la voluntad de sus seguidores.

El problema comienza cuando ya habiéndose cogido confianza, la dama que le entregó el corazón al dinosauro morado le acepta la invitación a Cuernavaca. Entonces surgen los pretextos como los hongos en época de lluvias: lesiones, accidentes, viajes inesperados… impiden siempre la realización de la supuesta invitación.

Afortunadamente, mi amiga además de guapa es inteligente y desconfió del galán del verbo fácil y la empanada caliente. Con oportuna celeridad se puso a averiguar quién es realmente el tal Barney y así descubrió que está casado, con quién y cuándo, dónde vive (que no es en Polanco sino en una colonia de medio pelo) y hasta encontró su página en Facebook donde sale abrazando a su flamante esposa en la foto de su muro.

Como buen macho, el tal Barney de las empanadas tiene su talón de Aquiles: lo que tiene de dominador y posesivo lo tiene de celoso. Así que mi amiga en lugar de hacerle una escena y recriminarle cual Magdalena enjugada en lágrimas, lo que hizo fue enloquecerlo en un juego perverso entre la seducción y el desdén, a partir de un despliegue explosivo de sensualidad e inteligencia. Pero a la larga jugar con un macho egoísta y testosteronoso puede ser un peligro.

Así que ya están advertidas lectoras del sur de Defe. Si se encuentran a un argentino encantador que vende empanadas guarden su distancia. No sea que en lugar de empanada les dé la enchilada completa.

Un cruce de caminos

December 14, 2009

— 12:20 am

amores2En Amores con Eugenia es un lugar de la Ciudad de México. Es el cruce de dos vialidades de la Colonia del Valle, la esquina donde se encuentran las calles de Amores y Eugenia.
También fue una revista mensual que circuló primero por la Colonia del Valle y después por toda la delegación Benito Juárez de diciembre de 1998 a diciembre de 2000 y de la que fui fundador y editor.
En esa revista busqué publicar crónicas urbanas que llevaran de lo particular a lo universal, en donde lo cotidiano trascendiera los localismos sin abandonar sus peculiaridades. No sé si lo logré. En cualquier caso, pretendo retomar ese mismo espíritu en este blog, aunque ahora abarcando toda la ciudad. De ahí su extraño nombre.
Espero que les guste y que pongan sus comentarios, desde reconocimientos hasta mentadas de madre.