Sin duda, uno de los grandes de la cocina mexicana contemporánea es el chef Enrique Olvera, quien por medio de sus creaciones nos ha invitado a replantearnos los sabores, texturas y contrastes de la cocina tradicional de nuestras tierras.
Así, por ejemplo, juega a deconstruir platillos consagrados, como es el caso de su mole de olla. El original es una sopa de carne y verduras, sin embargo la versión de Olvera se sirve seca, con los ingredientes separados.
Este juego gastronómico de encontrar por separado todos los ingredientes de un platillo y combinarlos, sólo hasta el momento en que entran en contacto con la boca, puede ser toda una aventura que desate nuestra curiosidad. Si tan solo por un momento pudiéramos hacer lo mismo con las empresas, descomponerlas en sus ingredientes, analizarlas y luego, al momento de salir al mercado, juntar sus componentes, seguramente tendríamos una visión más clara de lo que nos corresponde hacer como empresarios para hacer de la experiencia empresarial, una experiencia tan sabrosa como la cocina de Olvera.
El gran problema al deconstruir la empresa para analizarla es que lo queremos hacer desde la perspectiva de las teorías que surgieran en la Revolución Industrial, y no nos damos cuenta que hacer esto hoy es como jugar a los rompecabezas infantiles, queriendo que una pieza circular embone en un espacio triangular y viceversa.
Queremos pensar todavía hoy que una empresa depende de recursos materiales (visibles y tangibles), recursos humanos (organizados piramidalmente), nóminas y planes de crecimiento, jornadas con horarios definidos, y una serie de elementos que parecen claros, porque nos aterra la idea de no poder dimensionar correctamente nuestra empresa.
En contraste a este modelo tradicional de empresa, hoy vemos proyectos (que nos negamos a llamar empresas) altamente competitivos, globales y rentables, que no tienen necesariamente un lugar fijo, que no tienen personal de planta, que no cuentan con recursos materiales, donde el trabajo no se distribuye piramidalmente, todos trabajan a la hora que quieren, y por si fuera poco, venden y ganan dinero como demonios.
¿Cuales son los ingredientes de las empresas modernas? No son tan claros, no son tangibles. El principal ingrediente es la información y el flujo de la misma. Las estructuras de personal han dejado de ser piramidales, y se han convertido en redes, pero redes que cambian de forma según se necesite. ¿Recursos materiales? Es posible que mientras menos, mejor.
¿Podrías imaginar abrir una empresa en México sin tener una sola persona en nómina?
Imagina que quieres vender cualquier producto. Buscas a un inventor y le ofreces un porcentaje de las ventas por permitirte explotar su creación (algo así como el 10% de las ventas). Este inventor puede ser mexicano o extranjero. Su invento lo puedes mandar a maquilar a oriente, y hacer uso de alguna agencia local que te sirva de enlace para supervisar la producción y el embarque.
Mediante un agente aduanal haces llegar al país la mercancía y la depositas con un operador logístico que te cobre por guardar y mover la mercancía. Contactas algunos distribuidores mayoristas y, sobre pedido, le solicitas al operador que les entregue mercancía. Y por otro lado contratas un despacho que desarrolle toda tu campaña de marketing.
Todo esto desde tu Blackberry, en cualquier parte del mundo, apoyándote en asistentes virtuales ubicados en Argentina para todas aquellas tareas que te quitan mucho tiempo, como checar y contestar correos, dar seguimiento a actividades rutinarias, buscar contactos, redactar oficios, hacer presentaciones o cualquier cosa que te parezca.
¿De que tamaño es la empresa? ¿Donde opera? ¿A que se dedica? Que importa, lo que importa es que eres emprendedor.
Si tan solo los dueños de Editorial Novaro hubieran visto esto a tiempo, seguramente hoy seguiríamos leyendo a Archie.
