Cuenta la leyenda que en la hermosa Ciudad de México comenzaron a surgir grupos de jóvenes que, un poco inconformes con su situación, y otro poco (o más bien mucho) inconcientes y ociosos, comenzaron a graffitear paredes sin importar las características de estas.
Lo mismo pintaban cortinas de comercios, anuncios espectaculares, que paredes de cantera de monumentos coloniales. Las cortinas se repintaban, los espectaculares pronto se sustituían, pero los monumentos históricos eran verdaderamente dañados por estos vándalos sin arraigo ni escrúpulos, ya que la pintura no podía ser removida de este tipo de superficies. Como tampoco se removía de superficies menos antiguas, como las paredes rugosas o los acabados en concreto sin pintura.
En esta situación de deterioro patrimonial se encontraba la ciudad, cuando un joven emprendedor decidió ir a buscar una solución al norte del Río Bravo. Ahí encontró una empresa que durante años había desarrollado tecnología especializada para acabar con el graffiti. Aprendió el negocio, adquirió la tecnología, y con apoyo de su familia comenzaron una nueva aventura en defensa del patrimonio nacional a la que tuvieron a bien llamar “Quita Graffiti” (¿así o más claro el nombre?”).
Como todo proyecto que inicia, la energía inicial de “Quita Graffiti” era completamente positiva. Un producto innovador, un mercado necesitado de él, un equipo de trabajo bien conformado. En el equipo, aquel joven que armó el concepto de la empresa y que aprendió los menesteres del negocio, tomó la labor de venta, mientras su padre, un experimentado ingeniero en retiro, optó por controlar la operación de la misma.
Lo que siguió es de todos esperado. En cuanto lugar ofrecían sus servicios, deseaban todos conocer la verdadera eficacia del sistema, y como promoción inicial hicieron algunos trabajos parciales para tener un álbum fotográfico de los resultados, siguiendo el tradicional modelo de “Antes” y “Después”.
Dependencias de gobierno, instituciones religiosas, centros educativos, empresas y casas particulares fueron recuperando su arquitectura original. Y “Quita Graffiti” ofreció garantías a sus clientes, comprometiéndose a retirar la pintura si los graffiteros hacían de las suyas en los primeros meses de realizado el servicio.
El ejercicio fue, además, sociológicamente concluyente, ya que los graffiteros dejaron de pintar las bardas que eran limpiadas, y se dedicaron a pintar solamente en aquellas que nadie tomaba medidas. Con lo que la garantía ofrecida se volvió un fuerte argumento de venta sin ser un impacto financiero importante para la empresa.
Todo marchaba de maravilla. Tanto que no podía seguir así, claro está, pues no puede haber éxito sin su buena dosis de drama. Y entonces los dos socios, padre e hijo, por motivos que no es necesario ahondar en este relato, que más incluían la pasión que la cabeza fría, decidieron separarse en el negocio. Y como la inversión en la compra de todo el equipo era del padre, pues al hijo se le liquidó para que siguiera su camino.
Claro está que el tamaño de la inversión no permitió al hijo reiniciar una empresa por su cuenta, por lo que buscó insistentemente una nueva actividad para salir adelante en lo económico. Pero no corrió con suerte, y se tuvo que dedicar a vagar y a mendigar por un buen rato, algunas veces durmiendo en las banquetas, otras veces robando algunas bolsas en el mercado a las señoras distraídas (esto está un poco exagerado, claro, pero hay que agregar un poco de drama para que la historia funcione).
Un buen día encontró una lámpara, la frotó y salió de ahí un genio, que le concedió el deseo de llevárselo a trabajar con él. Cuando este emprendedor hubo conocido el camino, el genio desapareció para siempre de su vida, dejándole el camino marcado en su futuro profesional. Aunque él hubiera preferido un poco menos de éxito con tal de seguir compartiendo muy buenos momentos con el genio.
Pero bueno, ya me desvié un poco del tema. “Quita Graffiti” quedó en manos del padre, quien sacó adelante todos los contratos que ya estaban en marcha y logró cerrar algunas otras ventas. La empresa se volvió altamente eficiente en términos de operación, ajustando tiempos, logística, requerimientos de mano de obra y más.
Pero sorpresivamente las ventas comenzaron a caer, y el negocio, por muy eficiente que era, no podía sostenerse así. El padre intentó más de una vez salir a buscar nuevos clientes, pero nunca corrió con suerte.
Cada vez eran menos las ventas y los gastos no se cubrían, hasta que un buen día, cansado el padre de no poder reactivar el ritmo anterior de operación, dejó abandonada su maquinaria en un terreno, a merced del polvo y del abandono, y del negocio no se habló nunca más en la familia.
Moraleja: Si quieres emprender tienes que aprender a vender. La ineficiencia en los negocios se cubre con ventas grandes, pero la eficiencia extrema de nada sirve si a la cuenta no entra el vital flujo de efectivo. Y una vez que estés vendiendo puedes dejar de hacer muchas cosas, pero siempre deberás vender, vender y vender.
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Nunca mendigué, no mames, ni dormì en ninguna banqueta (casi) pero por lo demas esta bien, lo del genio es verdad, pero mas verdad es que hay que vender, vender, vender; hasta uno mismo se tiene que vender, es mas,aunque no lo creas con el mismo genio yo me tenia que vender, y hasta hoy vendo “mi imagen” pero vendo.
No importa que tan pequeña sea la operacion, mientras este cubierta por la venta… aunque recuerda la paella; ahi nos comio la venta, la demanda. Un abrazo y tengo que darte una recomendación, pero lo hare por telefono, un abrazo y cuidate.
Comment by Alejandro Valdovinos — September 29, 2009 @ 6:29 pm
Èsta historia es conmovedora, aquì vuelve a funcionar que màs vale una sociedad con alguien fuera de la familia a estar involucrados los sentimientos, yo creo que a ambos les pegò el rompimiento generando conflictos internos que impidieron continuar con ese interesante y necesario servicio.
Comment by Dora Robles. — September 30, 2009 @ 12:14 pm
Yo tuve una “empresa” con mi padre, lo que generò muchas diferencias lo atribuyo a que somos de diferentes generaciones y formas de ver no sòlo la vida, sino los negocios.
Finalmente decidimos romper con la sociedad por el bienestar y la uniòn de la familia, pero el aprendizaje que a mi me dejo su experiencia lo llevò a cabo en mi actual empresa obvio sin su supervisiòn y voy viento en popa.
¡¡¡ Gracias padre !!! esas experiencias tuyas me han ayudado a salir adelante.
(Creo que lo que no funcionò en el negocio fueron los roles de padre-hijo y no de socios)
Comment by Daniel Domìnguez. — October 2, 2009 @ 12:20 pm
Lo que no funcionó fué comprender los roles de cada uno en la empresa. El vendedor y el operativo. Cada uno pudo considerar que su trabajo era más importante, cuando la realidad es que eran complementarios.
En el momento del rompimiento la empresa siguió operando, pero dejó de vender y desapareció.
Esto sucede entre familia, entre amigos y entre desconocidos. Se logra más juntos que por separado.
Comment by Carlos Aliaga — October 5, 2009 @ 11:51 am