En alguno de mis proyectos de empresa se me ocurrió la grandiosa idea de hacer una alianza con una persona experta en ventas. Sin ser socios yo le vendía a él a un precio y él revendía mis servicios a los clientes finales, ganando la diferencia.
Una magnífica idea, en teoría. En la práctica fue este ejercicio el primero que me hizo darme cuenta que la venta no puede estar en manos de otro. Podemos tercerizar lo que sea, pero si queremos tener éxito, tarde o temprano habremos de enfrentarnos a vender, por más pavor que nos genere la idea.
Este simpático aliado, por supuesto, hizo siempre de las suyas. Vendía cuando quería, y cuando cobraba no me pagaba. Y mientras tanto yo tenía que hacer frente a la renta, la nómina y una buena cantidad de gastos fijos, que no se cubrían con los ingresos.
Pero no hay mal que dure cien años. Un buen día me armé de valor e inicié un proceso de cobranza que terminó en proceso judicial. Y ese tema en particular es materia de otro escrito.
El asunto es que de pronto ten{ia yo una empresa sin ventas y un pavor de salir a vender. Conseguí un directorio de las empresas del gremio de mis clientes (en la cámara del gremio) y lo repasé tantas veces hasta que me lo sabía de memoria, pero sin atreverme a hacer nada.
Y aquí viene lo divertido. Lo platiqué con una amiga, que siempre ha dicho que no es vendedora, y me dio la mejor lección de ventas que haya recibido en mi vida.
Me sugirió escribir una carta de presentación personalizada para cada una de las personas en esa base de datos y enviarla por mensajería en sobre cerrado, no por correo electrónico, ya que muchas de esas cuentas de correo son manejadas por los asistentes y no por los tomadores de decisiones.
En sobre cerrado, porque en la mayoría de los casos la correspondencia en papel si llega a las manos de la persona indicada.
La carta básicamente solicitaba tener una reunión para platicar de nuestros servicios. La respuesta automática fue bajísima. Pocos llamaron al recibir la carta, pero eso era ya un avance muy superior a lo que había obtenido de la parálisis en la que me encontraba.
A esto siguieron llamadas telefónicas de seguimiento para cada uno de los destinatarios. Y el método lo fui afinando poco a poco. Al principio encontraba cualquier pretexto para no hacer las llamadas del día, pero conforme fui logrando algunas citas el miedo se disipaba y el proceso se perfeccionaba.
Algunas veces llamaba antes de las nueve de la mañana, otras después de las seis de la tarde, horario en el que los jefes siguen trabajando pero las asistentes ya se retiraron, de manera que me brincaba un nivel de censura, porque brincar a una secretaria no es cosa fácil.
Cuando esto no era posible, solicitaba el nombre de la persona que me atendía, de manera que al siguiente intento le saludaba sencillamente por su nombre, como si ya nos conociéramos de mucho tiempo. Eso me hizo cómplice de muchas de ellas para lograr alcanzar al jefe.
La fórmula era sencilla, llamar diez veces a cada contacto, hasta lograr una cita o una negativa- Mientras no hubiera cita o una aclaración de desinterés por mis servicios las llamadas continuaban. Y las citas se concretaban.
Mismo procedimiento apliqué al seguimiento de las cotizaciones. Una vez que enviaba la cotización solicitada realizaba mis respectivas diez llamadas, hasta obtener una respuesta positiva o negativa. Si la respuesta era evasiva, la llamada se reprogramaba.
Me di cuenta entonces que el proceso de ventas no es otra cosa que eso, un proceso, completamente mecánico y repetitivo, pero absolutamente eficiente. Nada más equivocado y peligroso que referirse a las ventas como un arte. Uno de cada diez contactos de esa lista que tenía en mis manos terminó siendo un cliente, por supuesto, después de una carta, diez llamadas para una cita, una presentación, una cotización y diez llamadas para cerrar la venta. Un proceso absolutamente frío y calculado que siempre dio la impresión a mis prospectos de ser un servicio de ventas a la medida de cada uno de ellos.
