Luis Donaldo Colosio nunca se fue. Lo revela la reacción a la muerte de su padre, don Luis Colosio Fernández, lo muestra la cantidad tan impresionante de condolencias que surgieron apenas se conoció la noticia, lo indica las innumerables notas y declaraciones sobre el hombre que una y otra vez demandó justicia por la muerte de su hijo.
Han sido tantas las demostraciones por la partida de don Luis Colosio que pareciera que Luis Donaldo Colosio, el candidato presidencial del PRI en 1994, hubiera muerto otra vez.
No nos debiera extrañar. A fin de cuentas fue su padre –fallecido este fin de semana cuando estaba por cumplir 87 años de edad– quien mantuvo siempre presente el recuerdo de su hijo, el que demandó justicia una y otra vez ante distintos mandatarios, el que nunca creyó la versión del asesino solitario.
Al enterarme el sábado de su muerte me fue inevitable volver a aquel 23 de marzo de 1994 y recordar a Luis Donaldo; revivir aquellos momentos trágicos –al final del mitin en Lomas Taurinas, en Tijuana–en que se encamina sin saberlo hacia las balas.
Sí, con la muerte de su padre, veía morir de nuevo a Luis Donaldo. Imagen desgarradora que se grabó para siempre en quienes compartimos aquellos últimos momentos –en vivo o por televisión—con el sonorense que aspiraba por un México más justo.
Padre e hijo se reunirán de nuevo en Magdalena de Kino. Juntos reposarán sus restos, junto con los de Diana Laura, la esposa de Donaldo. Y en el imaginario colectivo, será de nueva cuenta — aunque lleve otro nombre, otro rostros y otros huesos–, el funeral de Luis Donaldo.
Seguramente don Luis Colosio Fernández lo agradezca. Durante los casi 16 años que sobrevivió a la muerte de su hijo, hizo todo lo posible porque no se olvidaran de él. Incluso, en uno de los aniversarios luctuosos reconocería que a lo mejor algunos lo considerarían un “viejo necio en busca de lo imposible” (por insistir en el recuerdo y por reclamar justicia).
Esa vez –23 de marzo de 2001–, en el séptimo aniversario luctuoso, don Luis Colosio insistió:
“¿Por qué he de olvidar los anhelos de mi hijo adorado de una patria de libertad y justicia para los mexicanos?
“¿Por qué he de ocultar mi coraje e impotencia, ante la sordera de los hombres que indignamente ostentaron el poder, sirviéndose de las leyes para la injusticia?
“Cómo olvidar a mi hijo, cómo olvidar al hombre que recogió en su corazón y en su palabra, la voz de los necesitados; aquella palabra expresada el seis de marzo, que tal vez fue su sentencia de muerte.
“¿Por qué he de olvidar al hombre que tuvo la sensibilidad de ver el sufrimiento de nuestros hermanos indígenas; de conmoverse con su diario caminar en busca de su supervivencia o la justicia para sus razones?
“Cómo olvidar al ciudadano humanista, que jamás confundió el interés de su pueblo con su deseo personal; cómo olvidar al padre de Donaldo y Marianita, cómo olvidar al esposo de mi hija Diana Laura; cómo olvidar a mi amigo, a mi hermano.
“¿Por qué tengo que olvidar al hombre que tuvo la osadía de vivir como hombre?
“De ninguna manera, frente a quienes pudieran pensar que soy un pobre viejo necio, se levanta la actitud de un pueblo que ha sabido cumplirle a Colosio.”
Eso pensaba don Luis. Con ello vivió hasta el final. Y sí, dentro del pueblo, hay muchos, muchísimos que recuerdan –que recordamos– a Luis Donaldo Colosio. Muchos también que seguimos en espera de que se le haga justicia. Quizás algún día.
