Crónica de Política

Gran despedida para Genaro Góngora

December 1, 2009

— 12:00 am

Recibió una gran despedida. Tan digna y emotiva como su figura misma. Salpicada de anécdotas, proverbios, citas, calaveras, recuerdos, largos aplausos.., por parte de los ministros con los que compartió años de trabajo en la Suprema Corte. Y él, Genaro Góngora Pimentel, dijo adiós con lágrimas en los ojos, la voz entrecortada y una llamada de atención sobre el camino por el que transita nuestro país:

“No es necesario tener una bolita de cristal para avizorar sobre el alto riesgo social que corre nuestro país. Creo que la paz duradera no se logra con confrontaciones o cobro de facturas políticas ni tampoco con falsos triunfalismos”.

Se iba uno de los hombres de mayor peso en el más alto tribunal. Un hombre, como diría Olga Sánchez Cordero, que “deja una silla que debiera tener un número permanente, pues así de indeleble es tu huella en lo institucional y en lo personal”. Una silla que pronto otro ocupará y que, ¡ojalá! –deseaban sus pares—, tuviese al menos la ironía del chihuahuense.

Sesión solemne. Sala llena. Por ahí, los ex ministros Juventino Castro y Juan Díaz Romero; su gran amigo Ulises Schimdt, consejeros de la Judicatura federal, magistrados, jueces, compañeros, amigos.

A las 13:13 sonó el martillazo que dio inicio al homenaje de despedida para don Genaro Góngora. Él, con los lentes calzados en el puente de la nariz, una sonrisa nerviosa, ojos empañados de lágrimas, su pelo blanco y el moño rojo de la corbata sobresaliendo apenas a la altura del cuello de la negra toga. Un enorme aplauso –todos de pie—lo recibió en el recinto. Otro más largo aún lo despediría un par de horas después.

Fue uno de sus principales antagonistas en las sesiones –aparte de Mariano Azuela, ya también retiro–, Salvador Aguirre Anguiano, quien abrió las palabras de homenaje que cada uno de los ministros otorgaría: “Nuestras interpretaciones (de la ley) han llegado al debate, su verbo es vigoroso, a veces de cáustico sentido del humor…, eso ha hecho estimar mi relación con él.”

Pero, subrayaría el jalisciense, “mi afectuosa relación ha sido posible porque él ha sido dotado por la casi olvidad cortesía… Las buenas maneras del ministro Góngora, aún siendo provocador, perturbador” siempre estuvieron por encima. “Es ante educado y un amigo”.

José Ramón Cossío apuntaría hacia el estilo de Góngora en las sesiones, hacia el “reto” que significaba en el debate : “Le gusta abrir las sesiones y fijar de inmediato posición…; trata de lograr que su posición termine prevaleciendo. Es un constructor de mayorías… Le gusta ser un disidente. Lo voy a extrañar.”

Margarita Luna Ramos tocaría partes humanas de quien fuese Presidente de la Suprema Corte de 1999 a 2002. Los elogios apuntaron hacia distintos rumbos: No es hombre de conformidades. Seriedad y profundidad de estudio mostraban sus dictámenes. Gran sentido del humor y simpático, disfrutaba del debate. Forma cortés pero contundente para interrumpir. Derroche de cultura e ingenio. Temple socrático. Es un seductor de auditorios…

La ministra recordó las veces que la gente le hacía notar su parecido al papa Benedicto VXI, y Góngora Pimentel entonces, de buena gana, “repartía bendiciones, perdonaba pecados y otorgaba nombramientos cardenalicios…”

Las risas escapan en medio de la solemnidad de la SCJN. Y reirían aún más cuando contó que cada vez que desayunaban todos los ministros juntos, los martes por la mañana, Genaro Góngora Pimentel se ponía de pie y tarareaba el himno de Estados Unidos.

Olga Sánchez Cordero le agradecería el haber podido compartir su irónica e inteligente personalidad, el haber participado de: “ironías, proverbios y contar diariamente con tu humor y filosofía”. Pero además, subrayaría, el haber consolidado en la Suprema Corte “la transición aterciopelada” que inició Aguinaco:

“Fuiste agitador…, sacudiste viejos dogmas. Dirigiste magistralmente, por nota. Sólo un gran capitán como tú pudo llevar la embarcación a buen puerto. Sólo personas como tú forjan las instituciones… Sembraste alegría todos los días. Ahora, dejas en nosotros una tristeza que no puede llorar y que sonríe.”

Juan Silva Meza hizo énfasis en su “pasión”. Su pasión por la estridencia, por el poder judicial, por la academia, por la independencia personal, por la libertad, por la historia, por la escritura, por la imaginación…, su pasión por la verdad –su verdad–, por la rebeldía –motor de cambios de paradigma–, por la vida –pero no por cualquier vida–, por la caballerosidad y por la dignidad.

El propio Presidente de la Corte, Guillermo Ortiz Mayagoitia, honraría la despedida de Góngora, después de 37 años de carrera judicial y 15 en la Suprema Corte, con algunas anécdotas, como aquella de las clásicas notas vene que solía incorporar Góngora en sus dictámenes, y que entre los ministros más bien llamaban vene notas…

Era, pues, todo un homenaje al hombre, a su forma de ser, a su caballerosidad, a su ingenio y a su talento; y era también un homenaje a su profesionalismo, a su dignidad, a su capacidad y a sus creencias.

Góngora Pimentel cerraría el homenaje con un agradecimiento propio a todos aquellos que le acompañaron algún momento y a quien laboran en el poder judicial. Muchos se preguntarán, diría, cuál es mi estado de ánimo, si me siento satisfecho: “Bueno, primero, además de ministro soy una persona de carne y hueso por lo que no puedo negar que la voz pueda llegar a quebrarse al dar estas palabras, porque los extrañaré…”

“Mi estado de ánimo es de tristeza, pero paradójicamente, también siento una gran felicidad… Seguiré como maestro de Amparo en la Universidad Nacional Autónoma de México. Escribiré mis memorias… ¡y los trataré bien!”, soltó, arrancando las carcajadas de sus compañeros.

Estoy muy satisfecho, feliz porque pudimos construir un poder judicial ¡digno! –y aquí subrayó con el tono de voz–; satisfecho de haber dialogado el derecho con mis pares…

Después vendría su mensaje político, su preocupación por la situación tan difícil por la que atraviesa el país, y por la manera en que se interpretan las leyes: El juzgador –insistiría por enésima vez, como muchos otros días en esta sala—“debe conservar su independencia e imparcialidad y eso no se logra sigue el texto de la ley al pie de la letra.”

El camino recorrido, finalizaría don Genaro, “me enseñó que el juez virtuoso debe comenzar por la prudencia, pues sin ésta no puede legar la justicia; y sin fortaleza y templanza, no se logra detener los vientos que intentan desplazar a la justicia.”

Los aplausos reventaron en el salón de sesiones de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. El auditorio entero de pie, rindió así homenaje a uno de sus más grandes ministros.

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