Sucedió en el patio del antiguo Palacio del Ayuntamiento. Y el bello discurso corrió a cargo de Jacobo Zabludovsky.
El motivo fue la entrega del Diploma de Honor Bi-centenario que recibieron, de manos de Marcelo Ebrard, catorce personajes que han “propuesto, defendido, modificado, recordado, inventado”, nuestra ciudad.
José Iturriaga, Salvador Orozco Camacho, Guillermo Tovar y de Teresa, Carmen Beatriz López Portillo, Pedro Bocker, Amador Bernal, Julián Pablo Fernández, Luis Ávila Blancas, Tito Briz Garizurieta, José Herrera Padilla, Elda Lucía Guisar de Arias, Rafael Guillén Rioja y Guadalupe Gómez Collada y Jacobo Zabludovsky, fueron los galardonados.
En nombre de todos ellos habló el periodista. Sus palabras, lo verán ustedes mismos, dibujaron un fresco intenso y multicolor de lo que fue y es –en mucho casos apenas si algo queda de ella– nuestra ciudad, ésta que algunos llaman hoy en día, con amor-odio: chilangolandia.
Pero no digo más, los dejo con Jacobo:
Se nos premia hoy no por ser los héroes de mil batallas, sino los vencedores de mil derrotas, los que tuvimos y tenemos la calle por campo, campo de combate, la voluntad como trinchera y hacemos del trabajo diario una disciplina casi mística, leales al oficio y a la rutina.
Somos los de la esquina, somos los de aquí a la vuelta, los que vivimos en el estanquillo y la peluquería, los del pantalón de los domingos y las medias suelas, los que vestimos las piñatas y cargamos los peregrinos; somos los de junto, los de la accesoria, los del cuarto de servicio, los que esperan el pan caliente y van por la leche con sus botellas. Los que compran el carbón para el anafre y la leña los sábados para el baño; comerciamos con sombrero, zapatos y ropa usada que vendan; los que ocultan la “bolita” bajo la cáscara de nuez; los que trabajan atrasito de la raya si se juntan 20 quintos.
Somos los de la “grasa, joven”, los de la tintorería con plancha de vapor, los del mole en el zaguán los domingos; somos del Peralvillo-Viga y las planillas a tres por 25; los del tranvía a Tacubaya para bajar en las rejas de Chapultepec; los de las angas del Politiama; somos los que vieron a Cantinflas en el Polis y al “Chango” Casanova sirviendo helados en La Lagunilla, antes de que lo noqueara Joey Conde.
Somos los que veíamos salir de la vecindad vestido de luces al puntillero del toreo; los que oyeron cantar a Lucha Reyes; los que vieron llegar a los refugiados; los que usaron los últimos huaraches de llanta.
Somos los que le dábamos “cran” a los coches; los que comíamos los tacos del Charro después de la corrida; los de las gelatinas rosa y los de las tortas de Armando; los que alguna vez ascendimos al Prendes.
Los que pudimos invitar a la vecina a la galería del Cine Mundial. Somos los de las matinés de la Alameda y los del cumpleaños en el Taquito; los que estrenamos las licuadoras en los portales del Zócalo, los que ayudábamos a tender la ropa en la azotea, los que despertábamos con el silbato de la fábrica de San Antonio Abad, los que aplaudíamos a los bomberos en el desfile; los que esperábamos al de las paletas.
Somos los del concurso del yoyo, los que gastábamos nuestro domingo en una canica, los del trompo del tornillo, los del tacón cubano, campeones de danzón, los que preparábamos los 10 centavos del portero por abrirnos tarde.
Los que rodeábamos al ciego que tocaba ocho instrumentos al mismo tiempo, los del libro usado y la biblioteca enfrente, los del Tío Polito y la inauguración de Bellas Artes.
Somos los que salimos a leer la noche en la que pusieron luz en la esquina, los que nos alegramos con la feria frente a San Miguel, los que bajábamos el volumen del radio cuando había velorio.
Somos los que presumimos el calcetín eterno, somos el que vio llorar a su mamá el Día de las Madres. Somos amigos del que vendía camotes asados. Somos los que aprendimos que un kilo tenía mil gramos. Somos los que vimos a Manolete y los jueves taurinos. Somos los que rescatamos un vecino el día del temblor.
Somos amigos del “Tecolote”, del Gendarme, del “Azul”. Somos los que conocimos a Santa y sus veladoras, los que a media noche atravesamos sin temor La Candelaria de los Patos, los que comíamos tamales de charal tatemado, los que vimos nevar un día, los que llevamos serenata con el Trío Bucaneros, de los que esperamos al Cuatro Vientos que nunca llegó.
Somos los que respiramos copal el Día de Muertos, los que vimos el incendio del circo, los que cantamos el Himno, la Marsellesa y la Internacional en la escuela, los que íbamos al Árbol de Oro por las galletas de animalitos, los del curado de piñón en una cacariza, los que imitamos al ventrílocuo, los que bombardeábamos con “flig” a las cucarachas y colgamos del foco la tira de papel atrapamoscas.
Los que llevamos cada año la lista de útiles al Lápiz del Águila, el que sopló vidrio en carretones, el que se fue de pinta a los llanos de Balbuena, el que vio pelear a Nacho “El Jitomatero” sólo contra todos los de la porra del sol.
Somos los que rompimos el cochinito para pagar la expropiación petrolera, los que vimos abrir 20 de Noviembre y ensanchar Pino Suárez y San Juan. Somos el niño ese domingo en la Alameda. Somos la que compra un retrato de percal para una falda, el del radio con “ojo mágico”, el corbatón que saca a los presos pobres, Pedro Rendón, candidato vitalicio a la presidencia y el que vende los anillos de plata alemana y las gotas para el dolor de callos y de muelas, los que sabemos que meneando despacito no se hace bolas el engrudo.
Somos servidores y servidos, sacerdotes que oficiamos en esas parroquias llamadas talleres, tiendas, oficinas, consultorios, cajones de bolero.
Somos los vecinos de la calle del Indio Triste, de la buena muerte, de la machicuepa y del callejón del Cuervo, donde nació Agustín, en el Centro Histórico, en una casa azul, como ojera de mujer.
Vimos a los zopilotes comerse la basura a la hora de la merienda, pisamos la huella del que se quedó sin pies porque se los quemaron; la llorona nos enseñó el falsete. Don Juan Manuel sabía que estamos curados de espanto y le dio miedo preguntarnos la hora.
Invertimos en Bonos del Ahorro Nacional que duplicaba nuestro dinero en 10 años; compramos en abonos el comedor de Lerdo Chiquito, los que sabíamos que al amanecer en Indianilla un “tostón” alcanzaba si el caldo iba sin pollo.
Somos céntrico, un estado de ánimo, un orgullo que tiene su premio cada día y no requiere otro. Pero siempre es grato recibir un diploma, testimonio del reconocimiento a un trabajo modesto, hecho honradez y dignidad.
Gracias por no hacernos esperar otros 200 años. Muchas gracias.”
Los aplausos estallaron en el Antiguo Palacio del Ayuntamiento. Recuerdos y lágrimas entre los asistentes. Pinceladas de una ciudad que queda en el recuerdo y que algunos intentan recuperar.