Saben que llegan tarde a la cita en San Lázaro, que los panistas “ya están en la cancha, ya conocen el terreno, ya repartieron juego…, mientras nosotros entrenamos”. Tal vez por ello mismo, muchos de los 237 diputados electos por el PRI llegaron con paso apresurado -siete no acudieron– a “elegir” a su coordinador parlamentario, al único inscrito en la contienda: Francisco Rojas Gutiérrez.
-Hay que recuperar tiempo, vamos un poco retardados-, reconocía el chiapaneco Sami David.
El flamante coordinador del sector popular sonreía como en sus mejores tiempos, respondía a las preguntas de los reporteros:
-No queremos que nos perciba como una vuelta al pasado-, exponía.
-¿Y Francisco Rojas no es precisamente símbolo del pasado salinista?
-Nooo, no creo-, respondía Sami, mientras los periodistas bromeaban entre ellos y se preguntaban: ¿pues qué entenderán los priistas por pasado?
La prisa los embargaba. Emilio Chuayffet ni siquiera se detuvo a comentar algo. Apresuró el paso escudado por ¡toda la bancada mexiquense! Vaya, parecía de película la entrada que hicieron a la explanada del PRI, y más con los lentes oscuros de gángster que portaba Manuel Cadena. Fue, sin duda, lo más aparatoso y risible de la tarde-noche en la plenaria del PRI.
-¡Parece un Fidel Velázquez chiquito!-, soltaba un cenecista.
-Es tal cual dibujaban los caricaturistas a los priistas en los cuarentas-, apuntaba un reportero.
Tras ellos asomó Oscar Levin Coppel. Entusiasmado con la idea de ser el presidente de la Comisión de Hacienda, pedía a los periodistas: “¡Deséenme suerte…, pónganme en sus oraciones!” y apresuraba el paso hacia el auditorio.
Del otro lado avanzaban los neoloneses Rogelio Cerda y Marcela Guerra. Un cenecista se le cruza a Rogelio y le dice:
-Disculpe, ¿usted es cenecista?
Elegante como pocos, el ex secretario de Gobierno de Nuevo León sonrió y repuso con buen humor:
-No hijo…, yo, en donde se termina el pavimento se me acaba el entusiasmo.
Más allá, el ex gobernador de Colima, Fernando Moreno Peña sonreía como si él hubiese ganado de nuevo la gubernatura. Pero no, sólo acompañaba a su esposa, Hilda Ceballo, quien logró una curul en esta LXI legislatura, pero él parecía y actuaba como la figura central. Los reflectores le entusiasmaban… A ellos los periodistas los bautizaron como “los Clinton de Colima”.
Unos pasos más atrás, el oaxaqueño Eviel Pérez Magaña declaraba: “En Oaxaca queremos respeto. Venimos con una actitud positiva, pero igualmente vamos a demandar espacios que nos ganamos los oaxaqueños”.
-¿Qué espacios?
-La Sur-Sureste-, respondería sin dudar.
-¿Van a votar por Rojas o van a dejar la boleta en blanco?
-Vamos a votar por Rojas-, nos diría.
Pero en realidad, no hubo necesidad de cruzar boleta alguna, pues ante la declinación de César Augusto Santiago (e incluso su ausencia en la plenaria) -dado que consideró que “luego de evaluar los hechos recientes ocurridos entre los diputados electos, no están dadas las condiciones para inscribir mi candidatura”– hubo un acuerdo para elegir a Francisco Rojas por unanimidad. Y así se hizo.
No hubo votación, pues. Sólo el discurso de Rojas ante sus compañeros, ante el rostro serio de Beatriz Paredes y el arribo apresurado de César Duarte (en representación de la legislatura priista saliente, ya que Emilio Gamboa no apareció por ahí) bajo un enorme logotipo del PRI en el que además se leía: “Declaratoria y elección”. Concluido su discurso -cuyo inicio subrayó la necesidad de la unidad interna–, el grito de “¡unidad!” saltó de entre los asistentes, pero no hubo coro.
Había más bien premura por saltar a la cancha ya, de una vez. Y, sobre todo, ver cómo iba a quedar el reparto de Comisiones.
Hora y media duró el acto. Todo él, a puertas cerradas. Poco después, Rojas ofrecería unas palabras. Insistiría en la importancia de unidad, en lograr resultados, en decir no al discurso general, y en la necesidad de retomar la bandera de la justicia social.
No hubo, de hecho, conferencia de prensa. Sólo unas breves palabras para los periodistas y punto. Francisco Rojas -seguramente también consciente de lo tardío de su elección– también traía prisa y se fue a paso de galope.

Martha, te felicito por estas crónicas tan sabrosas y reveladoras de los usos y costumbres de nuestra clase política.
Jorge
Comment by Jorge Buendia — August 26, 2009 @ 5:17 pm