Conducta Antideportiva

Colombia 94-México 2010: Dos Mundiales misma violencia

May 19, 2010

— 12:00 am

México enfrenta, pero no afronta la violenta situación por la cual transita sin rumbo alguno. El secuestro de Diego Fernández de Cevallos (o debemos decir supuesto secuestro) ha dilapidado la de por sí nula inteligencia del gobierno y del Estado mexicano para manejar el contexto en el cual se vive. Ante esta situación, los discursos no valen y las acciones que se emprenden son directamente proporcionales a lo que se dice: es decir, hay torpeza, inacción, miedo inoperancia y poca idea. Narcotráfico, violencia de género, política, eclesiástica y religiosa, mediática, social y agréguele lo que quiera, es el escenario en cual “funciona” este país, donde nadie se escucha entre sí y todos quieren imponer su propio dialogo con la nada, donde el acuerdo es letra muerta y las diferencias saludan rampantes a un pueblo que es víctima de sí mismo por permitir este tipo de atrocidades por parte de las instituciones. El narcotráfico tiene voceros políticos, infiltra gente sin sospecha y si antecedentes penales, lava dinero legalizando sus patrimonios y maneja niveles de violencia invisibles en los círculos de las clases acomodadas, como en las esferas educativas, empresariales, eclesiásticas y bursátiles.

En este contexto, se desenvuelve el deporte y el futbol mexicano. Se habla de un proceso similar al que vivió Colombia entre los años 80 y 90 cuando el narco penetró la conciencia del Estado comprando jueces, matando policías y candidatos presidenciales, infiltrando senadores, diputados, gobernadores, curas y donde estuvo a punto de llegar a la silla presidencial. El deporte y el futbol colombiano fueron víctimas insoslayables de este proceso de descomposición de la sociedad colombiana y del que Andrés Escobar el defensa de la selección colombiana en el Mundial de Estados Unidos 94, no escapó vivo. Tampoco lo hicieron el América de Calí que vivió una época de terrorífica ilusión cuando los hermanos Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela, utilizaron a lo “Diablos Rojos” como carne de cañón para lavar dinero y de paso “ganar dinero extra” con la compraventa de jugadores. Como calca de lo anterior, el Atlético Nacional de Medellín, uno de los grandes amores del súper capo Pablo Escobar Gaviria,  ganó la Copa Libertadores en 1989 en un contexto lleno de violencia donde ser sicario en Colombia era lo mejor que le podía pasar a muchos jóvenes que además eran integrantes de la barra del cuadro verdiblanco el cual recibió carretadas de dinero (inversiones llamaban sus dirigentes). A todo lo anterior, hay que sumar la paramilitarización, guerrilla y un Estado absolutamente secuestrado por el miedo, la corrupción y la falta de hue…de acciones, para frenar el tsunami de violencia que arrasaba con el país.

¿Y México? Hace tan sólo un par de días, el Dr. Edgardo Buscaglia se cansó de repetir y advertir lo que siempre ha dicho: “Que el estado mexicano ha sido incapaz de penetrar el aparato financiero de la mafia del narcotráfico, que no ha sido capaz de modificar sus aparatos de inteligencia policiaca y militar para mirar a su interior y ver si no hay infiltrados de la mafias en el mismo gobierno, que se ha cegado y ensordecido ante lo que pasó en Italia, Colombia y Rusia en términos de la violenta y silenciosa mancillación que sufrieron esos estados y que los llevaron a tomar acciones desde la sociedad civil para resolver los problemas”, etc. En este sentido y ante lo que está sucediendo con Diego Fernández de Cevallos y la supuesta captura de Ignacio Coronel Villareal, lugarteniente de Joaquín “El Chapo” Guzmán, la selección mexicana de futbol mexicano cobra una relevancia desmesurada. Tal como sucedió con la selección Colombia en el Mundial del 94, donde la esperanza del pueblo cafetero, alimentada justamente por el desazón y la propia espiral de violencia que vivía, se supeditaba a una gran actuación del equipo luego de haber goleado en una eliminatoria histórica a Argentina y después de haber tenido una muy buena actuación en Italia 90, llegando a octavos de final. Hoy esa misma fotografía pasa por México. Un pueblo atormentado por la inacción de sus estructuras gubernamentales ante la escalada de violencia, quiere ver a su selección nacional tener un papel destacado en el Mundial de Sudáfrica, confiando en la historia reciente donde se ha llegado a octavos de final en los últimos cuatro mundiales en los que ha participado desde 1994 y tratando de superar el absurdo mito de el “quinto partido”, que para variar los incapaces medios deportivos han acuñado para alimentar dicha esperanza y que más bien ha servido para ponerle un límite mental al equipo nacional.

A Sudáfrica 2010 se llega con todo en contra, con pronósticos tan desastrosos como el que el equipo mexicano es el peor del grupo A, con declaraciones totalitarias de los periodistas franceses como a aquella de que México es un país cuyo nacionalismo no está en los botines de sus jugadores sino en sus medios de mentiritas, con dudas en el ataque (una norma de comportamiento histórico pero no una norma en sí) y con la incertidumbre de enfrentar al anfitrión en la misma inauguración. Pero lo que es cierto es que la carga de violencia simbólica que se llevan los jugadores es terrible. Les cargan una esperanza que se basa en la desazón, en la pobreza, en un estado inexistente, enmedio de un secuestro de un “prominente” político, de la negación presidencial de que el país no presentan condiciones similares a las de Colombia e Italia en los años 80 y 90, de la falta de acuerdos de sus políticos, de absurdas elecciones estatales y de una sociedad civil que no reacciona ante lo que la lapida y la lastima. Eso se lleva el equipo mexicano. ¿Podrá más el futbol que esta carga de violencia simbólica que se llevan en sus botines, maletas y en su propio desempeño? ¿Y sino? ¿Qué la nación se los demande?

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