Lo últimos escándalos en el deporte han suscitado una serie de repercusiones que van más allá de lo “moral” para convertirse en un discurso hipócrita por parte de los medios que más allá de dar risa, da para el análisis del comportamiento que tiene el periodismo deportivo ante las “notas” que generan esos “pobres” e “incautos” deportistas que dan de qué hablar cuando su vida privada se ve trastocada por la prensa. Y es que la construcción de la realidad va en función de un negocio mediático, que termina avasallando al ejercicio periodístico.
Pierre de Coubertain y Jules Rimet impulsaron el mito del deportista ejemplar tanto en su vida privada como pública. Santificación que las oligarquías del deporte, conservadores sumarios, han impulsado sin preguntarse el daño que causan al deportista-producto, cuando este osa pasar por encima de las “buenas costumbres”. Víctima de la era de entretenimiento, el hiperconsumo y la hipercompetencia, ese generador de ilusiones, también tiene vida, deseos y aspiraciones. A diferencia de los “simples mortales” el deportista-producto no sólo compite con sus pares por la gloria, sino que es parte de una ambiciosa e irracional moral que lo inocula bajo el pretexto de que “es un héroe”. Es en este contexto que el deportista se presiona y antepone su deseo a su imagen, su mundo exterior se desvanece y el que prevalece es su mundo interior, por eso no nos extrañe que Marion Jones, Tiger Woods, Ben Roethlisberger, George Best, Lyle Alzado, Jesús Corona, Paul Gascoigne, entre muchísimos nombres hayan caído en la ignominia del escándalo y se hable de ellos en los medios que por supuesto poseen una “moral a prueba de todo”.
Un deportista no puede ser ejemplo para la sociedad porque como todas las personas es un sujeto arrinconado por su cosa, como diría Jaques Lacan y como todo sujeto quiere superar el duelo de una insoportable división: la fama y él mismo, es autocomplaciente. Acude, como todo sujeto a su real yo, es decir a su goce y hace lo que cualquier ser humano: consume sexo, alcohol, drogas, juega con su conducta y en este sentido se expresa así mismo, tal como hace cualquier persona.
La moral (no sé si la empresa mediática conozca la definición de moral, la verdad no creo) va en dos vías, una la que impone la agenda de medios; la otra imponen las instituciones en el poder: la iglesia, el estado y por supuesto los organismos transgubernamentales como la FIFA y el COI y sus subordinados las federaciones y las ligas profesionales que rigen al deporte. Estas vías parecen encontrarse y entenderse cuando algún deportista rutilante, trasgrede el orden establecido por esa moral obscena e impuesta por dichos organismo que no hace más que destrozar al deportista, socavando sus derechos humanos y exhibiéndolo como si fuera una bruja del siglo XVII.
Por otro lado el deportista, acepta su papel de víctima y “pide perdón”, porque hay una moral que se lo exige y porque también existe un enorme desconocimiento de la ley, de sus propios derechos humanos y de su derecho a la privacidad. De esta forma los depredadores, léase las grandes marcas ligadas al deporte, que también dieron un gran zarpazo a la víctima y junto a los carroñeros de la verdad (o sea los medios de comunicación) se sienten tranquilos y pueden seguir depredando a esa figura que “entro al redil” por la gracia divina de las buenas costumbres y un “buen arreglo económico”.
El deportista no tiene salida, es víctima de su propio éxito y protagonismo: de las oligarquías del deporte, de las marcas y de los medios. Todo va en función del interés y de una moral oligárquica y mediática rapaz y depredadora que lo usa, lo encumbra y luego, según la doble moral dominante, lo acaba y lo destruye.
